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Club de intercambio

Logotipo de El Mundo El Mundo 27/09/2017 EMILIA LANDALUCE

En los muchos perfiles que se han publicado de Artur Mas, se suele resaltar por estelar el precioso -el preciso por burocrático- instante en el que empezó a hablar catalán con su mujer Helena Rakosnik (antes lo hacían en castellano).

Seguro que el estructuralismo ha desarrollado alguna teoría para explicar cómo afectó el uso de otra lengua (sin segundas) a la intimidad del matrimonio del ex presidente de la Generalidad y por ende, a Cataluña. Uno se pregunta esas cosas. ¿Qué cambia cuando uno se deja de llamar Arturo y Marilén? Ay Arturo, perdón Artur.

El nacionalismo, como cualquier fanatismo, es un filtro (y hay filtros exquisitos) que empobrece la vida. Y también el sexo.

Un catalán me comentaba como los muchachitos nacionalistas se deleitaban más con las strippers catalanoparlantes. "Collons ets la dona perfecta". Y así.

Hace unos días hablaba con unas amigas catalanas sobre la posibilidad de ir a uno de los clubes de intercambio que, me cuentan, están de moda en la ciudad condal. Aunque solo sea para tomarse una copa y ver cómo los habituales se están tomando lo del prusés. Por cierto, dicen que el Oops! es incluso más elegantoso que el Training. Precisamente los dos locales deben de ser de los pocos muebles (o meublés) que se salvaron de ese Titánic en el que, según Félix de Azúa, se convirtió Barcelona tras la llegada del nacionalismo. ["Ya no es aquel escandaloso, matizaje de chavas y salta-taulells cuya mejor expresión es la poesía de Jaime Gil de Biedma, Goytisolo, Marsé, el sonido del Dúo Dinámico y la ginebra Giró..."].

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Sin embargo, hay que reconocer que en este caso, los catalanes siguen por delante. Los clubes de Madrid son cutres, lúgubres y huelen a colchoneta nueva pero es de prever que también los intercambios de pareja (como todo en Cataluña) se hayan visto afectados por la deriva indepe. Cuando uno permite que el nacionalismo se infiltre hasta en lo más íntimo es inevitable dejar la política fuera de la cama.

Espero que haya algún avezado empresario madrileño que recoja este guante. Ya estoy viendo el Oops! en Madrid...

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