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Confesión y silencio entre corruptos

EL PAÍS EL PAÍS 01/06/2014 Andreu Manresa
La inevitable conexión solidaria, el respeto entre reos, es su religión, la protección mafiosa. © TOLO RAMON La inevitable conexión solidaria, el respeto entre reos, es su religión, la protección mafiosa.

Entre corruptos, aun después de las traiciones en autodefensa, siempre se guardan espacios de silencio y blindaje. Se odian para siempre y se acusan para salvarse, pero van a medias. Esclavos de tantos secretos, socios cómplices de muchos negocios furtivos, procuran mantener oculto aquel capital que se quiere proteger. Esos reos tienen su iceberg, la masa de su existencia criminal no desvelada. Esperan no cargar con nuevas penas y a ser libres para gozar de su tesoro, los réditos secretos de su biografía total. Los delincuentes mantienen capítulos inéditos de su acción criminal.

El argumento de su historia de supervivencia está en callar y ocultar ese pasado no destapado, en blindar los fondos y bienes preservados. Existe un capital creado y no intervenido en manos de personas leales, las guardianas y administradoras de ese patrimonio. En todos los golpes y favores desde el poder corrupto hubo socios beneficiarios, los que motivaron y compartieron los actos desviados de autoridad. Es un negocio mutuo en un delito cruzado.

La inevitable conexión solidaria, el respeto entre reos, es su religión, la protección mafiosa. Los presos y los imputados —y los que viven libres en su clandestinidad absoluta— buscan salvar lo que queda fuera de los sumarios, sociedades y bancos, lo que existe a recaudo en manos de otros. El resentimiento se omite para no romper la cadena solidaria de escudos y mandantes. Los que ganaron mucho dinero recuerdan quién mecía la cuna que multiplicó el capital, quién era el padrino.

Desde la cárcel se mandan emisarios directos a esa gente que ampara a la familia y tiene a recaudo el cofre del tesoro. El preso subsiste entre el rencor por su fracaso y la esperanza de una futura libertad.

Nada será igual ya para los corruptos encarcelados. Extramuros, ningún expreso come o cierra los ojos en la cama sin retornar a los momentos duros de su existencia de condenado. La historia de Baleares comenzó a cambiar por la acción de los fiscales y jueces implacables, que casi siempre refrenda el Tribunal Supremo. Los pactos de arrepentidos, confesión, delación, de colaboración con la justicia, ayudaron a desentrañar, en parte, los actos mafiosos desde la política y alrededores.

Las confesiones, las narraciones de coimputados, son por su naturaleza parciales. Hay excepciones peliculeras. Los reos que acusan a otros, al reconocer sus delitos y desvelar quiénes eran coautores o cómplices, nunca son jefes ni capos, son secundarios.

En su estrategia de autoprotección, quien explica lo que pasó omite hechos, protagonistas y por norma no identifica bienes ni da nombres de los hombres de paja.

Uno que pasará años preso, poco antes de ingresar, fue visto con fajos de billetes en un despacho abierto al público, con un cliente-testaferro-socio, mientras consumaban la compra de un inmueble millonario.

Poner a buen recaudo el botín de los cohechos y negocios sucios es la obsesión de todo corrupto. El empeño de la autoridad está en destaparlo todo, pero pocas veces se descubre dónde habita el dinero.

En el mundo hueco y crujir metálico de la cárcel hay quienes repasan los porqués de su existencia abreviada. Resumen su vida y buscan otros culpables de sus penas y sus condenas.

Esos reclusos que fueron mandamases en la política quieren ver en las palabras y actos de otros la causa y razón de su desgracia. Su versión ideal está hecha de espacios en blanco y pactos rotos.

Dos alcaldes de los 90, de sus territorios turísticos, del norte y el oeste mallorquín, señalaban la mesa de sus despachos como lápida de los negocios sucios que rechazaron. “Si hablara esa madera”, decían. “Nunca fue una mesa de juego”.

En la tumba de los secretos no habitan testigos, grabadoras, notas, llamadas de teléfono o mensajes. Por ello el maremoto sinfín de la corrupción fue tan impune.

Se exigía el sigilo, el lenguaje de gestos y sobrentendidos, un trazo invisible, indetectable, sin palabras o cifras de compromiso en documentos, cheques o transferencias.

La carga de prueba en la confesión de arrepentidos, la realidad explicada por coimputados derriba muros y ha quedado consagrada con fuerza del acero por el Supremo, dos veces en cuatro días.

La lealtad y la fidelidad entre delincuentes son el enlace que imanta afectos y meras relaciones comerciales. No caducan, no impera el olvido. Solo entre amigos políticos se impone el cerco del vacío.

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