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Conspiraciones, autismo y bulos: por qué Trump apoya a los antivacunas

Logotipo de El Confidencial El Confidencial 12/01/2017 R. Pérez

La habilidad de Donald Trump para elegir para cada cargo a quien más revuelo vaya a causar volvía a quedar patente en la madrugada del lunes, cuando señalaba a Robert F. Kennedy Jr, sobrino del asesinado presidente John F. Kennedy y conocido escéptico de las vacunas, para presidir una nueva comisión que estará encargada de investigar precisamente la seguridad y la eficacia de las vacunas. Tras elegir a un escéptico del cambio climático para presidir la Agencia de Protección Ambiental, parece difícil no pensar que el presidente electo tiene un plan para sacar de quicio a los científicos del mundo.

Este nombramiento, que todavía no ha sido confirmado, promete reavivar una polémica que nunca ha desaparecido del todo: la que cuestiona la vacunación infantil señalando que es una práctica insegura por sus efectos secundarios y que el número de vacunas es excesivo, respondiendo únicamente a la avaricia de las compañías farmacéuticas que las comercializan.

Este movimiento antivacunas es más numeroso en los países anglosajones que en España, aunque también ha llegado a nuestro país, donde en 2015 costó la vida a un niño afectado de difteria, enfermedad de la que no había sido vacunado.

© Proporcionado por El Confidencial

1. ¿Qué hay en una vacuna?

Cuando un bebé nace, su cuerpo se topa de pronto con un montón de novedades, entre ellas una gran cantidad de sustancias y organismos microscópicos que pueden afectar a su salud. De muchos de ellos puede defenderse gracias a los anticuerpos que le ha pasado la madre durante el embarazo, pero este sistema inmune heredado solo dura un determinado periodo de tiempo, y tras ello el niño debe desarrollar el suyo propio para sobrevivir. Aquí es donde entran en juego las vacunas.

Cuando una persona se encuentra con un patógeno, no hay forma de saber si su reacción será grave, leve o inexistente. Las vacunas suponen una forma parcial o debilitada del patógeno, y sirven para que ese encuentro, idealmente el primero que vive el niño, sea controlado, despertando así a su sistema inmune evitando las consecuencias de la enfermedad. El cuerpo aprende a combatir la infección, y además la recuerda, de forma que podrán combatirla de nuevo si vuelve a aparecer en el futuro.

(Foto: Reuters) © Proporcionado por El Confidencial (Foto: Reuters)

Los antígenos que contienen las vacunas, esos patógenos debilitados, se cultivan en el laboratorio y se mezclan con conservantes, estabilizantes y otras sustancias, y son testadas en amplios estudios clínicos antes de ser incluidas en los calendarios de vacunación infantil. Además, se analiza la interacción entre distintas vacunas y en qué edad son más efectivas.

2. ¿Tienen efectos secundarios?

Como cualquier medicamento, las vacunas pueden causar reacciones inversas que son difíciles de predecir y evitar porque cada persona es distinta: desde variaciones genéticas hasta la exposición a unos u otros estímulos ambientales contribuyen a esa reacción. Pero cualquier científico, pediatra y sociedad médica seria y digna de confianza ha repetido hasta la saciedad que las ventajas de las vacunas sobrepasan de largo sus riesgos (aquí lo dice la Academia Australiana de Ciencias, aquí la OMS, aquí el Departamento de Salud estadounidense, aquí el Ministerio de Salud español, aquí la Asociación Española de Pediatría...).

Según las evidencias científicas, en la abrumadora mayoría de los casos los efectos secundarios de las vacunas son muy leves: hinchazón, enrojecimiento y un pequeño bulto en el lugar de la inyección. Son señales de que el sistema inmunitario está interaccionando con la vacuna y no suelen durar más de un par de días.

Otro efecto secundario más serio, aunque mucho menos común (ocurre en menos de un caso por cada millón) es una reacción alérgica que se trata con medicamentos antihistamínicos comunes o, en los casos más graves, administrando epinefrina.

Con algunas vacunas en concreto se pueden presentar otros efectos secundarios poco comunes. Por ejemplo, tras recibir la primera dosis de la triple vírica, un niño tiene algo menos de una posibilidad entre 3.000 de padecer una fiebre que desemboque en convulsiones. Estas convulsiones no causan daños neurológicos permanentes ni prolongados, y existen estudios que concluyen que estos ataques relacionados con la triple vírica son menos comunes que los que causa el propio sarampión, una de las enfermedades de las que protege esta vacuna.

3. ¿Es el autismo uno de esos efectos?

(Foto: Reuters) © Externa (Foto: Reuters)

El bulo que relaciona las vacunas con el autismo lleva años dando vueltas y no termina de desaparecer. Hay varias causas para ello. La principal fue un estudio científico publicado en 1998 en la revista 'The Lancet' por el ex cirujano e investigador británico Andrew Wakefield que aseguraba haber encontrado una relación entre la administración de la vacuna de la triple vírica y el autismo. Según sus resultados, el virus atenuado del sarampión que incluye la vacuna infectaba al intestino, causando su inflamación y disminuyendo la absorción de los nutrientes necesarios para un desarrollo cerebral normal, causando la aparición de patologías como el autismo.

Tras su publicación, varios equipos independientes trataron de reproducir sus hallazgos sin éxito. Un reportaje del periodista Brian Deer revelaba los conflictos de intereses económicos de Wakefield y sus intenciones de lucrarse a partir de esos resultados (iba a asesorar a una empresa que demandaría a los fabricantes de la vacuna). El estudio terminó siendo retirado, Wakefield desprestigiado y sus resultados descartados.

A pesar de ello, la supuesta relación entre vacunas y autismo sigue siendo temida por muchos padres que temen causar a sus hijos un perjuicio al vacunarles. Además del falso mito, otro de los motivos es que esta vacuna se administra normalmente entre los 15 meses y los dos años, el mismo periodo en el que los niños con trastornos del espectro autista manifiestan sus síntomas. Esto, unido a que se desconoce en último término qué causa esta patología, y que internet es el caldo de cultivo perfecto para la desinformación, ha impedido que este bulo sea desterrado para siempre.

4. ¿Por qué es polémico Robert F. Kennedy?

Donald Trump. © EFE Donald Trump.

El el pasado, Donald Trump publicó sus dudas sobre la seguridad de las vacunas y su relación con el autismo en varios mensajes de Twitter con su peculiar estilo.

"Un niño pequeño sano va al médico, es inyectado con una dosis masiva de muchas vacunas, no se encuentra bien y cambia. AUTISMO. ¡Muchos casos así!

Ahora, ha elegido (una elección aun sin confirmar definitivamente) para presidir una comisión que investigará este delicado asunto a alguien que lleva años haciendo campaña para cuestionar la seguridad de las vacunas sin apoyarse en datos científicos.

Su implicación en este debate se hizo relevante en 2005, cuando publicó un artículo en varias revistas (Slate y Rolling Stone) en el que aseguraba que existe una conspiración masiva en torno al timerosal, un conservante basado en el mercurio que dejó de utilizarse en prácticamente todas las vacunas infantiles en 2001, y su relación con el autismo. "Nuestras autoridades han permitido conscientemente que la industria farmacéutica envenenase a una generación entera de niños americanos. Estas acciones constituyen uno de los mayores escándalos en la historia de la medicina americana", aseguraba en su artículo.

En su texto, Kennedy hablaba de una conspiración masiva, mantenida durante décadas, en la que estarían implicados científicos, miembros de la administración pública, compañías y organizaciones sin ánimo de lucro para ocultar los efectos del timerosal. A su vez, ignoraba varios estudios relevantes publicados al respecto por el Instituto de Medicina de Estados Unidos y por el Centro de Control y Prevención de Enfermedades. El texto tuvo que ser rectificado posteriormente y finalmente retirado por Slate (no así por Rolling Stone). Todavía puede leerse en la web del propio Kennedy.

5. ¿Qué podrá hacer Trump (y qué no)?

© Rex

A falta de que se confirme la formación de ese comité sobre la seguridad de las vacunas y su relación con el autismo, y el posible liderazgo de Kennedy en ese comité, estas son las competencias que tendrá (y que no tendrá) Donald Trump cuando asuma el cargo de presidente.

- Trump no tendrá autoridad directa sobre los calendarios de vacunación. Las recomendaciones sobre qué vacunas reciben los niños estadounidenses y cuándo provienen de un panel de científicos, el Comité de Asesoramiento en Prácticas de Inmunización, que depende del Centro de Control y Prevención de Enfermedades. Es un panel distinto del que presidiría Kennedy, y Trump no tiene competencias para imponer recomendaciones que no estén basadas en evidencias científicas.

- Trump tampoco podrá decidir qué vacunas son obligatorias para escolarizar a los niños. En algunos estados de EEUU, los niños deben haber recibido las vacunas oportunas para acudir a la escuela. Esas normas dependen del gobierno de cada estado y Donald Trump no tendrá competencias sobre ellas.

- Trump podrá utilizar su cargo para extender y aumentar la corriente antivacunas. Esta es de todas la posibilidad más dañina: desde uno de los puestos con mayor visibilidad del mundo (si no el que más), Trump podría sembrar dudas en miles de padres tanto en EEUU como fuera, que podrían dejar de vacunar a sus hijos por unos supuestos riesgos que o bien no existen o bien son mucho menores que los beneficios que aportan las vacunas. Esto no solo podría en peligro la salud de esos niños, sino también la de otros que, por edad o por problemas de salud, no pueden ser vacunados y dependen del llamado efecto rebaño para evitar enfermedades que, gracias a los avances de la ciencia y la medicina, ningún niño tendría que sufrir hoy en día.

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