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Contra el columnismo

Logotipo de El Mundo El Mundo 25/09/2017 JORGE BUSTOS

A mi amigo Garabito le han montado un escrache precioso por no guardar debida reverencia a la perspectiva de género a la hora de avanzar el cartel de un congreso de columnistas. Lo cierto es que, como hace todos los años, llamó a varias mujeres columnistas de justa fama pero, o no podían confirmarle aún su presencia o declinaron la invitación porque no deseaban coincidir con según qué nombres. Algunas adujeron razones que Garabito es demasiado caballero para hacer públicas, según reclamaría la moda actual, que es una temporada de transparencias que no cesa. Pero tal como rasea la inteligencia cuando zumba en formación de enjambre, tampoco merece la pena. Así que Garabito, pese a no haber cumplido los 30, ya acumula secretos valiosos de un oficio cuya facilidad para la miseria resulta perfectamente transversal. Ellos y ellas, de derechas y de izquierdas.

© Proporcionado por elmundo.es

De las vanidades perpetuamente ofendidas de un oficio que se sostiene sobre la firma propia uno ya reúne la íntima experiencia que le devuelve el espejo desde sus más tiernas publicaciones. Uno es columnista, y uno es por ello seguramente insoportable. No tanto por macho como por abajofirmante. Por eso sospecho que indigna menos la falta de paridad que la irrelevancia, mitigada por la ilusión de una causa civil. Sobre el despreciable espécimen del feminista predador -ese sujeto que primero clama al cielo herido de Beauvoir y luego manda el privado juguetón a la primera que dijo me gusta-, otros escribirán mejor que yo.

Un jefe de Opinión aprende a sobrevivir entre columnistas como un misionero entre caníbales. Pero sobre todo aprende la superioridad del género del editorial, que ha de ser casi todo lo contrario de la columna: responsable, colectivo, lógico. Y no se firma. He descubierto que escribir editoriales -mejor aún: ¡coescribirlos!- fortalece la personalidad porque poda el ego. Debe de ser la única cuota de socialismo que beneficia al espíritu. A este país le sobran columnistas y le faltan editorialistas. Pero claro, necesitaba esta columna para decirlo.

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