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Crónica de la intemperie

EL PAÍS EL PAÍS 30/05/2014 Carlos Boyero
Ingrid García-Jonsson, en un fotograma de 'Hermosa juventud'. © Proporcionado por ElPais Ingrid García-Jonsson, en un fotograma de 'Hermosa juventud'.

En la España de 2002, presunta tierra de la abundancia y de los inagotables ríos de leche y miel, el director Fernando León habló con lenguaje poderoso y resultado estremecedor de aquellos que habiendo perdido su trabajo pasan los lunes al sol, se buscan como pueden no ya la vida sino la supervivencia, bebiendo sin pausas para espantar al miedo, tirándose por la ventana, tiñéndose el pelo e intentando patéticamente disfrazar su edad para encontrar un curro, aprovechando la indemnización para montar un pequeño negocio que les permita seguir tirando, temiendo en su angustiosa condición de parados que el amor desfallezca, llegue el abandono y el naufragio sea absoluto, pidiendo en vano un crédito, rompiendo farolas a pedradas, haciendo piña en su desdicha, riéndose a veces de su desconsuelo.

La edad de los protagonistas de Los lunes al sol estaba entre los treinta y los cincuenta y tantos años, sabían lo que era una nómina y cobrar todos los meses, durante una larga época de su existencia habían dispuesto de trabajo, eran victimas de la reconversión industrial; el monstruo engendrado por los canallas legalizados y que se iba a cebar a perpetuidad con los débiles todavía no había estallado, faltaban seis años, el esplendor parecía eterno.

HERMOSA JUVENTUD

Dirección: Jaime Rosales.

Intérpretes: Ingrid García-Jonsson, Carlos Rodríguez, Inma Nieto, Fernando Barona, Juanma Calderón.

Género: drama. España, 2014.

Duración: 102 minutos.

Jaime Rosales sitúa Hermosa juventud en el desolador aquí y ahora, en barrios deprimidos, pero no se centra en la gente que perdió su trabajo, sino en los jóvenes que nunca han tenido uno continuado y están llegando a la mosqueante sospecha o a la desesperada certidumbre de que jamás dispondrán de un contrato digno, ni siquiera indigno. Es una pareja de poco más de veinte años, enamorada, de clase baja, sin aspiraciones excesivas, viviendo en las casas maternas y comiendo de ellas, depositando en las tiendas currículos que nadie va a mirar, trabajando por 10 euros el día que hay suerte y por 300 cuando se prestan a protagonizar un video de porno casero, a mirar el cielo tumbados en los parques, haciendo botellón, compartiendo con los amigos una desesperanza similar, fallando sus precauciones y engendrando una niña, malviviendo sin dinero, sin nada que hacer, sin sueños, con una tristeza asfixiante y contagiable.

Tanto ellos como su entorno van justitos de inteligencia, son gente muy normal, no le piden a la vida nada especial, solo conseguir un trabajo que les permita llevar una existencia que no esté marcada por la angustia y la carencia de lo elemental. Lo tienen crudo. Como todos los nacidos para perder. Emigrar tal vez sea la única salida. Pero también fuera la supervivencia puede estar asociada a la sordidez.

El cine de Jaime Rosales, del cual desconecté radicalmente ante la incomprensión y el aburrimiento que me provocaron sus dos anteriores películas Tiro en la cabeza y Sueño y silencio, recupera con Hermosa juventud su capacidad para perturbar, para hacer crónicas originales y veraces de gente acorralada. Rosales utiliza con originalidad en un par de ocasiones el uso exhaustivo que hacen las personas jóvenes de las nuevas tecnologías para narrarnos lo que ha ocurrido con sus vidas en el paso del tiempo. Los actores jóvenes rebosan naturalidad, los diálogos y las situaciones son creíbles, nada resulta gratuito o suena a impostura. Es una buena y necesaria película.

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