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Crónica FIB 2016

Notodo Notodo 19/07/2016 Alan Queipo
Imagen principal del artículo "Crónica FIB 2016" © La Fábrica 2014 @ Imagen principal del artículo "Crónica FIB 2016"

Texto: Alan Queipo
(LEE LA OTRA PARTE DE LA CRÓNICA FIBER)

Los cabezas de cartel, mucha cabeza y poco cartel
No es que Muse, The Chemical Brothers o Major Lazer no merezcan estar ahí (como mínimo, los primeros dos lo merecen y de sobra: consiguieron arrastrar decenas de miles de personas prácticamente para verlos sólo a ellos), pero se esperaba más de unas marcas con una entidad de un calibre tan universal como la suya.

Lo de Muse fue un concierto de heavy metal moderno. Vale su poderío como power trío de descargas viscerales, pero su set, a medio camino entre la presentación del ñu-metalero Psycho, su enésimo intento frustrado por revivir a Queen a tiro de riffs pirotécnicos, sus momentos ‘chill’ y algunos clásicos para, entre chapa y chapa, calmar al personal con Plug in Baby, Starlight, Supermassive Black Hole o Time is Running Out, sonaron aburridos, algo impensable para un grupo como Muse. Y es que a pesar de la potencia de su directo y la precisión técnica de sus canciones, faltó alma y show, y sobró metal: apenas unas pantallas (muy por detrás de los visuales de Chemical Brothers o Disclosure) con imágenes robóticas, unos cuantos globos a mitad del show, unas serpentinas para un final 20 minutos antes de lo anunciado, la percepción de que la comunidad indie estaba viendo un directo de Helloween o Stratovarius y a casita. ¿Este es el grupo del millón de euros? No me jodas...

Lo de los Chemical Brothers fue lo más destacado después de lo de Kendrick Lamar (en lo que a cabezas de cartel se refiere), pero tiraron de efectismo y pantalla-dependencia en demasía: unos visuales megalómanos en una pantalla de led tridimensional parecían dejar en un segundo plano una música que sirvió como telón de fondo para la borrachera del personal: sacudieron un hit impepinable como Hey Boy Hey Girl al principio, dejaron para la traca final Galvanize… ¿y en el medio? Por momentos, sacarnos un tibio bostezo; en otros, una sonrisilla. No fue suficiente.

Afortunadamente para ellos, lo de Major Lazer fue peor. Digo más: fue lo peor de todo el festival. Si es que podemos llamar “concierto” a un directo que parecía más un soundsystem: un DJ que parecía pinchar directamente los tracks de Spotify para iniciar una especie de CLASE DE ZUMBA: nos hicieron agachar, saltar, levantar los brazos, quitarnos la camiseta, ponerse ellos la del F.C. Villarreal, pincharon temas de Tiesto, Justin Bieber, La Gasolina o El Taxi, tiraron de bailarinas pibones para menear el bullarengue a lo Nicki Minaj y, sí, también hubo humo, fuego y serpentinas a tope. Una hora larga de un show que parecía montado por José Luis Moreno o el director de Luar de la TVG. Si te lo tomabas como una fiesta en un karaoke, un cumpleaños con celebrities al que invitaron a 40.000 personas o una despedida de soltero, es la hostia; si te lo tomabas como un grupo que se lo estaba llevando muerto y lideraba una de las cuatro jornadas de uno de los festivales más importantes del mundo, igual era para vomitar. Nosotros nos secamos la barbilla al acabar.

Los más mejores
En una edición especialmente equilibrada en la propuesta musical, sin excesivos malos-directos (aunque algunos sí lo fueron) y en donde la paleta de opciones de “letra pequeña” resultaba especialmente alentadora en un cartel tan mixto como, por momentos, bizarro; ha sucedido lo esperable: a pesar de la pirotecnia de los cabezas de cartel, fue en la segunda, tercera o cuarta línea donde hemos encontrado los mejores directos.

Si hubiera que organizar un “podio grande”, un top 5, una retahíla breve de nombres cortos que se repartan el oro, la plata, el bronce, el platino y el cobre, el orden a la inversa hasta llegar al mejor sería: FIDLAR, Soulwax, Kendrick Lamar, Breakbot y Young Fathers.

Los quintos (no botellines, sino de puesto) tiraron de punk en plena solana dominguera para cerrar uno de los pogos más violentos en una de las descargas de visceralidad y rock a horcajadas más embrutecidas del festival: un directo en el que perfilaron un combinado de canciones de sus dos únicos discos y que, a pesar de ser un directo preparado para un ámbito nocturno y no para las húmedas y soleadas ocho de la tarde, dejó más que moratones: grandes esperanzas.

Lo de Soulwax fue un auténtico ejemplo de crossover entre la electrónica maquinera de trazas electro e industriales y la posibilidad de que una orquesta hacedora de beats puede hacer la mejor música de club. Su cuarto puesto hubiera ganado escaños en una mejor posición horaria, pero servir como uno de los artistas de la jornada de presentación (más centrada en la música electrónica) les valió darle un buen repaso a los dos líderes de esa jornada, que eran Skepta y Major Lazer.

En el podio central, sin lugar a dudas la propuesta (aunque no el show) que más brilló fue la de Kendrick Lamar: momentos de jazz-hop, de rap old school, solos ñu-metaleros, coros colectivos de hooligans, ramalazos de vanguardia, hits para retirar a Kanye West y la sensación de que estábamos ante el segundo gran show de músicas urbanas (después del que ofreció años ha Gorlillaz) de la historia del FIB. Aún a pesar de no depender de los momentos épicos, sino dar un show más bien articulado en ‘lo chill’ y en la música de corte más adulto, ver a Lamar mantener un domingo a penúltima hora a un público que no sabía por qué estaba allí levantando la mano (pero levantándola) fue uno de los ejercicios más punkis del festi.

Los primeros dos puestos fueron, a nuestro parecer, para dos tapados, dos rehabilitadores de las músicas negras. Por un lado, un Breakbot con una de las puestas en escena más sorpresivas del festival: si bien todos esperábamos una live session vulgar, el francés desplegó una magistral propuesta de neo-disco, con trazas electro-funk e ítalo que pusieron a bailar a un personal que minutos antes se había conformado con una sesión bailonga pero sosa de Disclosure.

Por otro, unos cuasi desconocidos Young Fathers que confundían hip-hop, tribalismo africano, trip-hop, quinquismo y la renaturalización en general de unas músicas negras que encontraban nueva vida en la rehabilitación del combo escocés, que puso el foco en la virulencia, la gestualidad exagerada, los ritmos folktrónicos enfurecidos y la sensación de estar viendo algo que no existía en nuestras cabezas hasta el momento justo en cuanto terminó su espectacular directo, que dejó tan agitado como extasiado al personal, que no era demasiado.

Mitad de tabla
Ni fu ni fa ni todo lo contrario. Momentos magistrales, momentos algo más planos, momentos de cenar y volver a cantar canciones suyas. Esa mitad de tabla que no ha colocado a estos nombres en el podio pero tampoco en la zona sucia del listado.

En la parte alta del tablero se ubicaban dos propuestas de electrónica y ritmos urbanos. Por un lado, unos Disclosure que se vengaron de su flojo show de hace algunos años en el madrileño Día de la Música, pero tampoco dieron un show para tirar cohetes: un directo cimentado en sus hits centrales y en los que apenas han sacado a escena a Brendan Reilly. No faltaron ninguno de sus hits y su sonido, entre el neohouse, el future r&b y el UK Garage no desentonó y nos mantuvo bailando, pero tampoco nos hizo dar saltos de alegría.

Algo similar al show de un Skepta que, capo del grime y de los nuevos ritmos urbanos (ya sabéis: trap, dubstep, hip-hop UK…), estuvo más preocupado en rajar de los adictos al teléfono que de ofrecer el que podría haber sido un concierto histórico. Aún estando por encima de los cabezas de cartel de su día (esa estafa llamada Major Lazer) gracias a su carisma de MC, los bajos gravitantes, los ritmos negroides y temazos como Shutdown, su retirada antes de tiempo y sus devaneos cual estrella por encima de la música nos dejó algo tiesos.

Massive Attack tuvieron que capear el temporal de ser el grupo que actuaba el domingo casi para el cierre, arrancando su show a las 2.30 de la madrugada: poco público para un gran directo que llevaba sin verse en Benicàssim desde 1999, y en el que aprovecharon para repetir un show que llevan años haciendo, pero con novedades que nos hacen pensar en que queda mucha liga aún: invitados como Azekel, Young Fathers o la clásica Deborah Miller y un discurso cargado de crítica hacia el Bréxit o la sobreinformación del siglo XXI. Siempre lo mismo, pero siempre bien.

Algo tendrá Mac DeMarco cuando a pesar de sonar como los discos que se compra tu abuela, tirando de delay, rebote y sonido trash de los años ’80, consigue erigirse como un curioso crooner a medio camino entre el garage y el AOR: incluso sus abrazos con okupas del escenario o el momento de solos de guitarra al mejor estilo heavy ochentero (con besos en los ombligos incluidos entre el bajista, su guitarrista y el propio Mac) brillaron en un repertorio muy equilibrado que servía como final de gira (lo repitió como tres veces).

Entre las propuestas rockeras, resaltaron especialmente unos The Kills que tuvieron que lidiar a la misma hora que el concierto más masivo de la edición (el de Muse), y lo hicieron con una Alison Mosshart erigiéndose un auténtico animal escénico y despiezando su garage and roll macarrónico a guitarrazos sin piedad. Una pena que la planicie y homogeneidad acabase comiéndose un show que, de haber brillado con una puesta en escena más espectacular, podría haberse comido a los niños crudos. Algo parecido a lo que le sucedió a unos Band of Skulls y unos Echo & the Bunnymen que, además de sucederles algo similar, la planicie en la que nos sumieron en sus conciertos hizo que la desconexión del personal fuese inevitable.

Una suerte diferente tuvieron Ramírez Exposure y Juventud Juché: los primeros, perdiendo la virginidad en un festival, prácticamente, capeando un horario complicado (las 19.30h.), pero aprovechándose del rodaje de una banda experimentada y que ha conseguido dar con un sonido singular en el circuito, tan cerca del indie-rock doméstico de los ’90 como del folk-rock maldito de los ’70; y los segundos, por fallos en el sonido que impedían que la virulencia expresiva del vocalista empate con la brutal descarga de post-punk y rock de frenopático que imprimieron en uno de los directos estatales más extenuantes y positivamente agresivos que pasaron por el festival.

La zona sucia
Quedó claro que el peor concierto del festival fue el de Major Lazer; pero hubo un serial de conciertos que, sin ser malos-malísimos, estuvieron por debajo de las expectativas. Como el de El Guincho, un artista que a pesar de la majestuosidad de sus discos, auténticas obras maestras de pop vanguardista, no está a la altura en unos directos en los que le cuesta mucho llevar sobre el escenario su avanzada propuesta: sus desafines y las adaptaciones algo parcas de sus piezas apenas encuentran puntos de conexión con el público cuando tira de hits (sobre todo los de su disco Pop Negro) o cuando se acerca a ritmos latinos.

Algo parca se quedó la propuesta de unos Chicano Bulls demasiado embutidos en su pose de rockstars malasañeras. Y es que resultó curioso verlos berrear juntos sobre el escenario, algo que Los Nastys y The Parrots (grupos que conforman este supergrupo) han hecho en infinidad de ocasiones, pero que en el FIB les costó empatar: quizá falta ensayo, rodaje y canciones que equilibren ambos repertorios en uno solo, y no ser una gran banda de versiones de sí mismos.

Si buscamos la palabra “coñazo” en el diccionario del fiber de este año, veremos las caras de Walking On Cars, Three Trapped Tigers y The Coral. Los primeros, la enésima banda que intenta tirar de pop melódico e indie épico: frustrante. Los segundos, más heavymetaleros que el viento, tenían una curiosa propuesta de math-rock o post-rock sintético, que se quedó en agua de borrajas, sonando a metal digital y a reversiones de Mogwai en su peor versión posible. Y los corales, un grupo más propio de otra generación, no supo (o no quiso o no pudo) conectar con el público con su folk-rock psicodélico, que soltaba un tufo demasiado pureta, desprovisto de esos puntos contemporáneos que sí posee su última placa.

En lo que a grupos nacionales refiere, Hidrogenesse, Fasenuova y Le Parody se mantuvieron despegados del contexto en el que se encontraban. Los primeros, con la batalla perdida a la hora del concierto de Jamie XX, por encima se dedicaron a tocar durante el grueso del tiempo canciones del flojísimo Roma, de recordar a Elizabeth Taylor y de pasar el trámite del concierto entre puntillas. Los segundos, con un escasísimo público a sus pies, nos sumieron en una planicie de música industrial sintética con complicaciones para epatar. Más complicado lo tuvo Sole Parody en un escenario con el sonido ondulando y, ante la escasa presencia de público, intentar explicar cómo se conecta la copla flamenca con la electrónica más narcótica: no era el momento ni el lugar, al parecer.

(LEE LA OTRA PARTE DE LA CRÓNICA FIBER)

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