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Crimea: una península con mala estrella

Logotipo de La Vanguardia La Vanguardia 29/09/2017
Panorámica de las obras del puente que se está constuyendo en el estrecho de mar que separa Crimea y Rusia © Image LaVanguardia.com Panorámica de las obras del puente que se está constuyendo en el estrecho de mar que separa Crimea y Rusia

La guerra de Crimea (1854-1856) fue una contienda inútil, absurda e innecesaria. La montaron los ineptos y ociosos oficiales -muchos de ellos aristócratas- de los Ejércitos de las naciones beligerantes, que enviaron sin el menor rubor a docenas de miles de soldados a morir atrozmente, lejos de sus hogares. Por varias razones, se la puede considerar la primera guerra realmente moderna.

Sin ir más lejos, fue la primera guerra fotografiada, aunque de forma aún primitiva, a diferencia de la Guerra de Sucesión en Estados Unidos (1861-1865). Además, gracias al telégrafo, alumbró el primer corresponsal de guerra, ya que éste podía relatar, con toda su crudeza, casi a tiempo real, lo que estaba sucediendo en el frente. Su pluma resultó ser más destructiva que cualquier cañón.

Los lectores del Times no sólo se desayunaban con las estremecedoras crónicas que William Howard Russell enviaba a diario relatando sin cortapisas el horror que estaba presenciando en Crimea, sino que podían leer una novedosa sección que reproducía las cartas que los soldados enviaban a casa denunciando, en muchos casos poco antes de morir, la flagrante incompetencia de sus superiores. No había censura de ningún tipo.

Las nuevas crónicas

Gracias al telégrafo, el conflicto bélico en el mar Negro entre 1854 y 1856 alumbró el primer corresponsal de guerra, ya que éste podía relatar, con toda su crudeza, casi a tiempo real, lo que estaba sucediendo en el frente

En el mes de marzo de 1854, el zar Nicolás I se enteró ¡en el Times! de que el primer ministro, lord Aberdeen, había lanzado un ultimátum a Moscú a fin de que detuviese el avance de sus ejércitos por las tierras en la orilla norte del mar Negro cuya soberanía obraba en el haber del tambaleante Imperio otomano. Ni que decir tiene que el zar no le hizo ni puñetero caso.

Para no ser menos, Napoleón III envió a Crimea 310.000 soldados franceses a luchar con los británicos contra los rusos. Antes de firmar en 1856 el trato de paz en París, del que nadie salió beneficiado, habían muerto 20.813 soldados británicos, entre ellos los de la famosa Carga de la Caballería Ligera, el 80% de ellos víctimas de alguna enfermedad o plaga. Los franceses, por su parte, sufrieron casi 100.000 bajas.

Sólo en la defensa de Sebastopol perdieron los rusos 127.000 vidas. Asimismo, perecieron incontables miles de otomanos de muy diversa procedencia. Todos -tantos los unos, como los otros- víctimas de los engreídos e incompetentes patrioteros al mando.

Semejante carnicería dio pie, en cada uno de los países beligerantes, a un programa de reorganización militar que pasaba por la expulsión de sus filas de los numerosos oficiales irremediablemente zoquetes. Por lo demás, esta primera y única ocasión en la que las crónicas de guerra llegaban a diario a los lectores sin pasar por filtro alguno asustó sobremanera a los gobernantes, que se apresuraron a tomar medidas para que el experimento no se repitiese.

El azote de las trincheras

Semejante carnicería dio pie, en cada uno de los países beligerantes, a un programa de reorganización militar que pasaba por la expulsión de sus filas de los numerosos oficiales irremediablemente zoquetes

Había nacido la crónica de guerra moderna siempre tan proclive a acabar en algo parecido a las que relata con malicia Evelyn Waugh en ¡Noticia bomba’. La veracidad de una crónica es lo de menos: lo que cuenta es el mensaje. Ahora, los tuits han reemplazado aquellos reportajes y cartas del Times pero prevalecen las posverdades. En lugar de información, propaganda. “Apocalipse Now” (1979), la película de Francis Ford Coppola, muestra cómo la guerra de Vietnam no fue sino una puesta al día de la de Crimea. Y ahí están las de Afganistán, Irak, Siria y tantas otras. Todas ellas absurdas, inútiles e innecesarias.

A lo largo de su convulsa historia la península de Crimea siempre ha tenido muchos novios que por desgracia suya han resultado ser unos maltratadores patológicos. Ha cambiado de manos tantas veces que los crimeos viven en un continuo estado de mareo.

Vaivén en el mapa

A lo largo de su convulsa historia la península de Crimea siempre ha tenido muchos novios que por desgracia suya han resultado ser unos maltratadores patológicos

Del 4 al 11 de febrero de 1945 se reunieron en el poblado portuario crimeo de Yalta Stalin, Roosevelt y Churchill. En esa conferencia repartieron esos tres ancianos estadistas nada menos que Europa; o más bien lo que quedaría de ella una vez acabada las hostilidades y levantado el telón de acero. Pese a tratarse de una tierra sagrada para los rusos, Nikita Jruschov, en 1954 y en un inesperado alarde de generosidad o locura, “regaló” la península de Crimea a la República de Ucrania. Por supuesto, no fue el fin de la historia de la codiciada península.

En los últimos tiempos las crisis de todo tipo se multiplican en Ucrania –y, por tanto, Crimea-. Escandalosos casos de corrupción y fundadas sospechas de fraude electoral en las elecciones generales en Ucrania desencadenaron la Revolución Naranja (noviembre 2004 - enero 2005), que se caracterizó por una serie de violentos actos de desobediencia civil y huelgas.

El futuro de la nación –incluyendo Crimea- se debatía entre eurófilos y rusófilos, como quedó patente en el 2013 durante las protesta en la plaza Maidán de Kiev. Se impusieron los primeros, aunque sin el apoyo mayoritario en los territorios orientales –incluyendo Crimea-, lindantes con Rusia.

El plebiscito decisivo

La ONU puso el grito en el cielo tras el tratado de adhesión de Crimea y Sebastopol a Rusia, y la contienda armada continúa entre Donestsk y Lugansk

El día 6 de marzo de 2014, se celebró en Crimea un referéndum que pedía a los crimeos eligiesen entre unirse a Rusia como estado federado o si preferían restaurar la Constitución de Crimea de 1992 (aprobada tras la caída del telón de acero) y el Estado de Crimea como parte de Ucrania. Ganó la primera opción con abrumadora mayoría.

El día 18, Rusia y Crimea firmaron el tratado de adhesión de la República de Crimea y Sebastopol a la Federación Rusa. La Asamblea de las Naciones Unidos puso el grito en el cielo. Ha habido esta semana denuncias de arrestos arbitrarios, torturas, la imposición de la ciudadanía y al menos una ejecución extrajudicial. Entretanto, el conflicto bélico sigue desarrollándose en Donestsk y Lugansk.

La historia tampoco acaba aquí. Putin no es eterno. Si algún día prospera Ucrania como miembro de la UE, quizá sería motivo suficiente para que los crimeos repensasen la decisión que tomaron en el “referéndum” de 2014. O tal vez no. Algunas repúblicas nacen con mala estrella.

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