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Cuando 17 años no son nada...

El Mundo El Mundo 01/06/2014 MARISA CRUZ

Que la Historia es cíclica y que el hombre tropieza dos veces en la misma piedra son dos máximas grabadas en el ADN del PSOE. Y hay más, por ejemplo: que su ecosistema favorito es el del lío, que hay especialistas en lucha con navaja, que los estatutos siempre ofrecen vericuetos y que para prosperar hay que montar un gallinero fiel, alimentarlo y mimarlo. Ah, y que el aparato, el viejo aparato, nunca se ha llegado a desmontar y se autoengrasa con una facilidad y una rapidez asombrosas.

Hace exactamente 17 años, los socialistas vivieron una bronca similar a la que padecen en la actualidad. Fue en el XXXIV Congreso, cuando Felipe González subió a la tribuna del madrileño Palacio de Exposiciones y Congresos del Paseo de La Castellana y soltó la bomba de neutrones: anunció su dimisión como secretario general.

Aquello fue la locura. Inmediatamente se activaron los conciliábulos, las reuniones, las llamadas telefónicas, los contactos discretos, el dejarse ver de unos y el ocultarse de otros. El «pase de modelos», que dice Bono. Todo en cuestión de horas. González habló a mediodía y, a lo largo de toda la tarde, el caos campó a sus anchas. Familias, corrientes, grupos, renovadores, guerristas... Todas las tribus de la selva entraban en liza.

El líder se iba dejando testamento: su heredero, Joaquín Almunia. Y claro, no llovía a gusto de todos. Alfonso Guerra abandonó el congreso por el garaje, en un mutis dramático y visible. Su gesto puso de manifiesto que la batalla era inevitable.

Bien entrada la tarde, llegó el episodio de exigir voz para la militancia. Se intuía que era clamar en el desierto, pero entraba en el juego. El gran hall del palacio, repleto de periodistas y delegados en corrillos, enmudeció ante la irrupción de uno de los barones -aquello sí que eran barones- con más predicamento en el partido. Era Juan Carlos Rodríguez Ibarra, rodeado de los suyos, coreando a voz en cuello: «¡Que voten las bases!, ¡que voten las bases!».

Ni que decir tiene que las bases no votaron, pero quedó bien. El aparato, de acero, no lo consintió. Ya de madrugada, el entonces secretario de Organización, Cipriá Ciscar, anunciaba la lista de la nueva Ejecutiva encabezada por Almunia como secretario general. Comenzaba una etapa de declive.

Y un dato más para ejercitar el recuerdo: fue en aquel congreso en el que los socialistas decidieron incluir en su método el sistema de primarias para designar al candidato a la Presidencia del Gobierno.

Las primarias para nombrar al número uno del cartel electoral en generales sólo se han activado una vez: en el choque Almunia-Borrell. Ganó sorpresivamente el último y lo hizo en contra del establishment socialista. Al vencedor le acabaron buscando las vueltas y no duró más de un año.

Posdata: cada cual que cambie el nombre de los protagonistas y los sustituya a su gusto por el de Díaz, Rubalcaba, Madina e incluso Chacón.

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