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Cuando Barcelona hizo boom

La Vanguardia La Vanguardia 18/06/2014 R. Saladrigas/J.A. Masoliver Ródenas/L. Moix

EL BOOM DE BARCELONA
por Robert Saladrigas

Como todos los relatos, este tiene un arranque y un final. El autor, Xavi Ayén, sitúa el inicio del llamado boom -la palabra me sigue mordiendo el oído- en una tarde otoñal de 1967 en que el colombiano Gabriel García Márquez, con su esposa, sus dos hijos y ejemplares recién impresos de la novela Cien años de soledad, llegó a Barcelona en auto y ocupó un apartamento de Sant Gervasi. El 12 de febrero de 1976, en un parque de México D.F. hubo una trifulca entre García Márquez y su hasta entonces amigo y colega Mario Vargas Llosa. La puñada que el creador de La casa verde propinó al colombiano puso el definitivo punto final al movimiento del boom que tuvo Barcelona por escenario. Según Ayén, cuando muere el dictador en noviembre de 1975 ya no quedan narradores latinoamericano en Barcelona. El movimiento que ciertamente cambió la faz de la literatura escrita en lengua española -y no sólo española- había germinado y extinguido en apenas una década.

Me apresuro a decir que Aquellos años del boom es un gran libro, una de esas cosas que sólo suceden una vez en la vida. De pronto, hace ya algunos años, el joven periodista Xavi Ayén se tropezó con un tema atractivo sobre el que muchos creían -creíamos- saber algo, incluso de primera mano, y eran pocos los que poseían auténtica información. Ayén aceptó el reto. Antes que nada se vio forzado a definir qué fue aquel boom que -en sus propias palabras- "el día que llegó a mi ciudad yo todavía no había nacido". En efecto, él nació en 1969. No me resisto a reproducir los términos que utiliza para diseñar el contenido y la ambición de su obra: "El boom, aunque algunos aún nieguen su existencia, no es cualquier cosa, sino muchas. Una amalgama apasionada y vital en la que todo se mezcla: es un estallido de buena literatura, un círculo cerrado de profundas amistades, un fenómeno internacional de multiplicación del lectores, una comunidad de intereses e ideales, un fecundo debate político y literario, salpicado de dramas personales y destellos de alegría y felicidad". ¿Cómo explicarlo mejor y con menos palabras que, sin embargo, anuncian los ocho centenares de páginas rebosantes de información que siguen a esa nota introductoria?

Durante los últimos años, Ayén ha llevado a cabo una ingente, escrupulosa, sistemática e indesmayable indagación en los múltiples frentes que abarca su estudio. El resultado es apabullante. Pensando en la ardua tarea de consultar documentos, revisar bibliografías, reseñar obras, entrevistar a los protagonistas, recabar testimonios directos, cotejar información, establecer teorías, aventurar interpretaciones, en fin, aplicar el rigor que exige el estudio de un complejo movimiento -por llamarlo de alguna manera- que nadie había abarcado en su globalidad, pensándolo mientras me dejaba llevar aguas abajo por la lectura, imaginaba que Ayén, ahondando en las vidas y los textos de quienes llevaron la narrativa latinoamericana a lo más alto de su expresividad, magnetismo y capacidad de seducción, venía a ser lo mismo que la primera vez que uno pisa las ruinas del castillo de Duino, viejo feudo de la familia Thurn und Taxis, y en la terraza con vistas al mar Adriático percibe físicamente un escalofrío al recordar que allí, en aquel espacio de culto, un fosilizado Rainer Maria Rilke extrajo de lo más profundo de sí el ángel de unas Elegías que nacieron ya inmortales.

Territorio virgen
Tal vez en algún momento Ayén experimentara el vértigo de transitar por un territorio virgen, extenso, con vocación de intemporalidad. Ayén proyecta su valioso texto en varias pantallas a la vez. He aquí, según él, las primeras figuras que casi sin darse cuenta crearon ese "algo que llamaremos boom": Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, José Donoso, Jorge Edwards, Sergio Pitol, Nélida Piñon, Mauricio Wacquez... Hay que contar con la presencia capital de Julio Cortázar, pese a que no vivió en Barcelona ni pertenecía -si no recuerdo mal- a la cuadra de Carmen Balcells, la Mamá Grande que acogía al grupo de autores que durante aquellos años hicieron de la ciudad su centro de creación e irradiación. Xavi Ayén lee a todos ellos, les hace recordar, cuenta cómo gestaron sus obras, procura documentar todo cuanto le dicen, extiende sus pesquisas a los autores de la América hispana que estuvieron en Barcelona antes de la guerra, atraídos por su cosmopolitismo y el hechizo Mediterráneo: así el venezolano Rómulo Gallegos, el argentino Domingo Sarmiento, el nicaragüense Rubén Darío, el guatemalteco Miguel Ángel Asturias, el chileno Pablo Neruda... Por supuesto, están los que no podían faltar junto al admirado Julio Cortázar: Alejo Carpentier, Ernesto Sábato, Juan Rulfo, Carlos Fuentes, Onetti, y luego aquellas luminarias que aparecieron en la estela de prestigio del boom, del interés que despertó en Europa y su incidencia en los mercados, gente de la talla de Manuel Puig, Oscar Collazos, Cristina Peri Rossi, el trágico y ahora tímidamente repescado Néstor Sánchez...

¿Qué más decir? Se me ocurren un par de observaciones. Aquellos años del boom, cuyo subtítulo reza "García Márquez, Vargas Llosa y el grupo de amigos que lo cambiaron todo", enunciado que sin duda es una más que explícita declaración de intenciones, conforma un volumen que resulta ser, como la propia naturaleza del boom, un rostro constituido por varios semblantes. Por encima de todo es un libro de gran periodismo ¿cultural? ¿literario? ¿Qué más da? Gran periodismo a lo Gay Talese. También un tratado (por fortuna, no académico) sobre literatura latinoamericana contemporánea; un variopinto anecdotario en torno a los creadores, agentes, editores, a sus aciertos y sus errores, al fin y al cabo humanos. Y un libro de historia sobre la memoria de Barcelona, puesto que hoy el boom pertenece simplemente al pasado. Así que se lee vorazmente como lo que en realidad es: el exhaustivo, ameno e imprescindible relato de un prodigio literario sobre el que ahora mismo parece que está ya todo dicho. O casi.

TRAS LAS HUELLAS DE CERVANTES
por J.A. Masoliver Ródenas

Pocos fenómenos literarios han provocado tantos estudios, polémicas, entusiasmos, rechazos y contradicciones como el llamado boom de la literatura latinoamericana: cuándo empezó, quiénes lo integraron, qué autores pueden considerarse sus predecesores y quiénes sus sucesores, qué ciudades han sido los centros aglutinadores, si es realmente el realismo mágico la estética que les identifica o si no se trata más que de una oportunista operación de marketing.

Xavi Ayén (Barcelona, 1969), con una extraordinaria visión totalizadora, da respuesta a cada uno de estos interrogantes en torno a un movimiento que no es, en realidad, un movimiento. Para ello ha consultado importantes archivos y, sobre todo, ha acudido al testimonio de los distintos protagonistas (Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes, Julio Cortázar, Guillermo Cabrera Infante, José Donoso, Sergio Pitol y, en menor medida, Jorge Edwards) y a todo lo que gira en torno a ellos: las editoriales, especialmente Sudamericana, con la destacada presencia de Antoni López Llausá y Francisco Porrúa, y Seix Barral, con el admirado y denostado Carlos Barral al frente. Y, a cierta distancia, Jorge Herralde, Esther Tusquets, Mario Muchnik o la deslumbrante Beatriz de Moura. En este baile de personajes hay que añadir a críticos, periodistas, ensayistas y estudiosos como Ángel Rama, Emir Rodríguez Monegal, Josep Maria Castellet, Joaquín Marco, Julio Ortega, Saúl Yurkiévich, Jordi Gracia, Joan de Sagarra o Sergio Vila-Sanjuán; a aquellos que han publicado biografías o estudios sobre el grupo o sobre autores concretos, casi todos reseñados por mí en su momento, como es el caso de Plinio Apuleyo Mendoza, Dasso Saldívar, Óscar Collazos, Robert Saladrigas o Gerald Martin.

Escuchamos las voces de personas muy cercanas al grupo, cineastas, novelistas o activistas de la cultura, como Álvaro Mutis, Armas Marcelo, Ana María Moix, Rosa Regàs, Salvador Clotas, Ricardo Muñoz Suay y su mujer Nieves Arrazola, Pere Gimferrer o Juan y Luis Goytisolo, así como a los amigos y familiares de los escritores. Y, en el centro absoluto de esta fiesta llena de abrazos, disidencias y el histórico puñetazo que, junto al caso Padilla, marcará el final del boom, está -sentada en su trono hoy convertido en silla de ruedas y flanqueada por sus protegidos y protectores Vargas Llosa y García Márquez- Carmen Balcells. La agente literaria por excelencia, admirada y temida a partes iguales, "es determinante, desde luego, para convertir Barcelona en capital de la mejor literatura latinoamericana". Porque Ayén se centra en una Barcelona convertida en capital del libro que nos remite al homenaje que le rinde Cervantes en el Quijote. Sin embargo, no se limita a Barcelona, sino que, siguiendo a cada uno de los escritores, nos lleva a lugares donde coincidieron, como París, México, Londres y, por supuesto, La Habana, además de Calafell, feudo del capitán Barral, y Cadaqués, refugio de la gauche divine tan cercana a sus amigos latinoamericanos.

Testigos y lectores
Hay tal agitación en este libro, que se lee como una obra de ficción, a pesar de que se apoya en una minuciosa investigación, para convertirse así en una obra imprescindible para entender y vivir el boom. Hay que añadir que, en este afán de totalidad, se dirige a un número muy amplio de lectores: a sus contemporáneos y a los que, como el propio Ayén, nacieron después; si bien, hay que decirlo, se tiene la sensación de que fue testigo de todo lo que está contando. Uno de estos lectores soy yo, que lo vi nacer desde Londres. Allí me inicié en la literatura latinoamericana gracias a Jean Franco y a sus discípulos del Kings College -donde Vargas Llosa estuvo de profesor invitado- Jason Wilson y William Rowe. El poeta Antonio Cisneros vivió un tiempo en mi casa y con él y otros amigos discutíamos apasionadamente la recientemente publicada Conversación en La Catedral. Y tuve una excelente relación con, entre otros, Vargas Llosa, Cabrera Infante y el aquí casi ausente Augusto Monterroso. Yo estuve entre los finalistas del premio Biblioteca Breve 1970, que por suerte para mí, no se llegó conceder, pues los verdaderos finalistas eran nada menos que Donoso y Bryce Echenique. Tras publicar en Londres un largo artículo titulado Los cien engaños de soledad, mi primera reseña en La Vanguardia, el 5 de noviembre de 1970, estaba dedicada a Relato de un náufrago. Pero, con buen criterio, Ayén no está haciendo crítica literaria. Este aspecto está cubierto ya por Joaquín Marco y Jordi Gracia en La llegada de los bárbaros (2004), donde además de los estudios introductorios se recogen las reseñas de los críticos más destacados y que muestran el temprano interés que el boom y la literatura latinoamericana en general despertaron en España.

Rigor e indiscreciones
Por haberlo vivido tan de cerca, creo que Ayén no ha destacado lo suficiente el papel de Londres en el boom, del mismo modo que apenas si menciona a los poetas. Pero es más fácil notar los vacíos en un libro de ochocientas páginas que en uno de trescientas. Como contemporáneo del boom y por mi cercanía a muchos de los protagonistas, he leído, con una pasión que no me permito como crítico, estas páginas que me han llevado a un tiempo mágico e irrepetible y en el que me había iniciado a principios de los sesenta con los Beatles (a los que traduje para Emecé) o los Rolling Stones, a los que vi actuar en el concierto en Hyde Park en homenaje al fallecido miembro del grupo Brian Jones. Son estos aires renovadores cantados por Bob Dylan en The times they are a-changin'. Estaba preparado, pues, para un festín que sigue vivo aunque la mayoría de sus participantes ya no estén con nosotros.

Pero también como crítico este libro me ha entusiasmado. Por lo que tiene de riguroso estudio y por las indiscreciones propias del buen periodista. Entre ellas, la brillante reconstrucción de los hechos que llevaron al famoso y bien merecido puñetazo de Vargas Llosa a García Márquez con el que se cierran aquellos años del boom y Aquellos años del boom.

EL MÉTODO AYEN
por Llàtzer Moix

La mayoría de los periodistas culturales se inician en el oficio llevados por su afición a la lectura, el cine o el teatro, y se contentan con ejercer de transmisores entre los creadores y el público. Algunos, no todos, tienen buena pluma y capacidad de análisis, que aportan un valor añadido. Pero son pocos los que pueden reivindicar con pleno derecho el título de periodista cultural. Es decir, de periodista capaz de generar información nueva y relevante en el ámbito de la cultura. Xavi Ayén es uno de ellos. Y no uno más, sino uno de los mejores -por no decir el mejor- de su generación. Lo ha probado reportaje a reportaje, entrevista a entrevista, en especial desde que en el año 2000 se incorporó a la sección de Cultura de La Vanguardia. Y lo confirma ahora, con nota sobresaliente, en su monumental obra sobre el boom de la literatura latinoamericana.

La carrera de Ayén (Barcelona, 1969) viene de lejos. Se inició en una urbanización cercana a Moià donde sus padres veraneaban. Ellos fueron sus primeros lectores, puesto que para ellos confeccionaba un periódico manuscrito, donde informaba sobre vecinos que perdían al gato o se conectaban ilegalmente a la red eléctrica. Luego, en el Institut Sants-Les Corts, fundó y dirigió un periódico impreso en ciclostil que evaluaba la labor de los profesores (y fue censurado y clausurado en el número tres). Mientras estudiaba periodismo en la UAB -donde el profesor Iván Tubau, teórico del periodismo cultural, ya le auguró un brillante futuro-, dirigió las revistas Catalunya Campus y Nou Campus, de hasta 15.000 ejemplares. Las vacaciones las dedicaba entonces al becariado en el Diari de Tarragona, donde informaba sobre las bacanales de los turistas alemanes o ponía en un brete a políticos como Obiols, Roca o Duran al preguntarles por el sector de la avellana. Luego dirigió la revista juvenil Vang, primer suplemento en catalán de La Vanguardia e ingresó en la sección de Cierre del diario, desde la que saltaría a la de Cultura, donde por fortuna sigue. Y digo por fortuna porque sus conocimientos, su capacidad de trabajo, su fiabilidad y su estilo son irreemplazables.

Xavi Ayén es un tímido peligroso. Las fuentes con las que trata no siempre advierten a tiempo que le mueve el afán de saciar la curiosidad que la realidad produce en sus congéneres. Parece apocado y de buen conformar. Pero su pasión por contar lo que sucede le permite penetrar en las ciudadelas donde se guardan las informaciones más jugosas. "El periodista -dice Ayén- tiene la obligación de ver más allá de lo que se le muestra. También en el ámbito cultural. Existe un prejuicio positivo frente a escritores, dramaturgos y demás creadores, y eso a veces posterga las visiones críticas". Críticas o, simplemente, más humanizadas. "Mitificamos a los autores, les tratamos como a dioses -añade-. Yo admiro mucho la obra de algunos, pero prefiero presentarlos como humanos, para acercarlos al lector. Quiero que la cultura interese también fuera del mundillo cultural".

Para lograr entrar en esas ciudadelas fortificadas a veces con egos enormes o adulaciones desmedidas, Ayén dice seguir el método de un amigo suyo, vendedor de embutidos: "tratar a los clientes, en mi caso, a las fuentes, con deferencia, interesándose por los suyos, dedicándoles todo el tiempo posible, sin pedir nada a cambio. Pasan los días, dice mi amigo, y de repente las ventas empiezan a llegar solas. O las noticias, que luego uno publica o no, respetando los límites acordados, sin traicionar confianzas".

Esta ocasional contención no debilita el vigor de la prosa de Ayén. Porque, además de rebosar información, suele estar escrita con esmero, humor y alguna oblicua maldad, que no tiene por objeto ofender sino, como se apuntó ya, recordar a la figura de turno su condición terrenal y, así, acrecentar su empatía con el lector. Es el método Ayén, que tan buenas lecturas reporta a sus seguidores. "Es un método sencillo -dice-. Antes de escribir me pregunto qué es lo que le explicaría a un amigo, qué título me atraería a mí, qué hecho llamativo debo situar al inicio de mi nota para atrapar la atención del lector, qué paradojas captarán su interés, cómo lograré mantener una sonrisa en sus labios mientras me lee...".

Con curiosidad indesmayable, buenas fuentes, experiencia y una escritura muy cuidada, Ayén se ha labrado una carrera brillante en el periodismo cultural. Su mejor día quizás fue aquel del 2005 en que Gabriel García Márquez, en la última entrevista que concedió antes de que la enfermedad nublara su memoria, le reveló que había dejado ya de escribir. Trescientos medios, de The New York Times a Al Yazira, pasando por la CNN o Le Monde, reprodujeron la noticia. Pero antes hubo otras informaciones distintivas, de vario orden, gracias a la habilidad de Ayén para hallar un nuevo ángulo a sus historias, o a sus dotes de sabueso. Porque cuando un académico publica un libro sobre Maquiavelo, Ayén no le pregunta por el autor florentino, sino por lo que Maquiavelo pensaría del GAL o de cualquier otro tema a la sazón de actualidad. Porque cuando Ayén habla de premios literarios no se refiere a lo que ganan los premiados, sino a las agentes que los representan y así, de paso, se entera de quien controla de veras ese sector. Porque cuando se le encargó el perfil de una -se creía que bien conocida- poeta recién fallecida, glosó debidamente su obra y acabó enterándose incluso de quién era el padre de su hija (algo que no sabía ni esta y que propició que dicho padre, diputado por más señas, se encontrara con las maletas hechas en el rellano de su casa). Porque su olfato puede convertir la entrevista con el autor de un libro de título misógino en un tema de debate nacional en el que acaba terciando Felipe González. Y porque el secreto mejor guardado de las letras latinoamericanas, el motivo por el que Vargas Llosa le pegó un puñetazo en el ojo a su amigo García Márquez, queda meridianamente expuesto en su Aquellos años del boom, junto a una ingente cantidad de información que bien podría convertirlo en la obra definitiva sobre aquella corriente.

Dicho libro -antes hubo otros, como Memòries d'un espectador, del que fue coautor con Carles Sentís, o Rebeldía de Nobel, con Kim Manresa- es hasta la fecha el opus magnum de Xavi Ayén. Es decir, el fruto de una pesquisa cimentada en las mejores fuentes, construida con el mejor periodismo cultural y acabada con rigor y con la chispa propia del autor. En suma, la aparición de este libro es una excelente noticia en el campo profesional que Xavi Ayén rastrea y domina desde hace años.

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