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Cuando Hollywood se fue a la guerra

EL PAÍS EL PAÍS 01/06/2014 Toni García
El coronel Frank Capra, a la derecha, examina unos rollos de película junto al capitán Roy Boulting en 1944. © IWM El coronel Frank Capra, a la derecha, examina unos rollos de película junto al capitán Roy Boulting en 1944.

En 1945 George Stevens, director de películas como Raíces profundas, Un lugar en el sol o Gigante, y considerado uno de los grandes cineastas estadounidenses de la historia, se encontraba en Europa, documentando los esfuerzos bélicos de los aliados a lo largo y ancho del continente para desballestar el Tercer Reich. A principios de abril de aquel año el realizador acompañaba a los soldados que liberaron lo que parecía ser una suerte de prisión en Dachau, a pocos kilómetros de Múnich. Stevens no sabía que aquel campo de concentración cambiaría para siempre su vida y la de los voluntarios que le acompañaban.

“Nunca volvió a ser el mismo. Si vas al Archivo Nacional de Washington y ves ese metraje, un montón de horas donde aparecen montañas de cadáveres, prisioneros esqueléticos, humo que sale de las entrañas de la tierra… Todos los cámaras del equipo de Stevens dejaron de filmar: algunos se pusieron a ayudar, otros simplemente se rompieron. Él fue el único que siguió grabando hasta que casi no se tenía en pie”. Lo cuenta Mark Harris, desde Los Ángeles. Este veterano periodista acaba de publicar el libro Five came back (Penguin Press/Canongate), un impresionante relato que cuenta, a través de la historia de cinco legendarios directores, el impacto que la Segunda Guerra Mundial tuvo en Hollywood.

“John Ford, Frank Capra, John Huston, William Wyler y el propio Stevens son fundamentales para entender como la postura de Hollywood hacia el conflicto viró desde la presunta neutralidad hasta una implicación total”, cuenta Harris. El más activo de todos estos cineastas fue Ford. El mítico director de El hombre tranquilo, Las uvas de la ira o Centauros del desierto, fue el primero en las colinas de Los Ángeles en reclamar el apoyo del mundo del espectáculo para los republicanos que luchaban en España en innumerables actos, públicos y privados, para después convertirse en la voz de la razón cuando algunos en los grandes estudios hollywoodienses insistían en que la II Guerra Mundial en ciernes era tan solo un conflicto interno europeo. “Ford era un convencido y de hecho lo dejó todo para alistarse en la Marina y ayudar a su manera a documentar lo que estaba pasando. También fue el primero en introducir metraje real de combate en una película [La batalla de Midway, en 1942] y el que más y mejor entendió la importancia de su trabajo para concienciar al público estadounidense de lo que estaba pasando”, dice Harris, cuyo exhaustivo trabajo ha recibido las alabanzas de la crítica anglosajona.

De todos los que dedicaron su tiempo (y, muchas veces, su dinero) para llevar la guerra a las marquesinas de los teatros y convencer a los estadounidenses de que aquello era una causa noble, el caso más curioso es el de Frank Capra. El director de Qué bello es vivir o Arsénico por compasión era conocido en Hollywood por sus veleidades ideológicas. En 1935, en un viaje a Roma, alabó a Mussolini (se decía que el realizador tenía una foto del caudillo italiano en su mesilla de noche) y era harto conocida su aversión a los sindicatos y a cualquier cosa que oliera a izquierda.

De hecho, Mussolini, gran admirador de Capra, le ofreció a éste un millón de dólares si rodaba su biografía. Afortunadamente, Harry Cohn, el presidente de Columbia le quitó la idea de la cabeza al realizador: “Soy judío, ese tipo está aliado con Hitler”, dijo Cohn para zanjar el asunto. Sin embargo, Capra cambió cuando conoció a Franklin D. Roosevelt, el presidente de los Estados Unidos al que detestaba. La cercanía y la claridad de ideas de éste, junto al hecho de que los desmanes de los alemanes en Europa empezaban a ser preocupantes, convencieron al director de que había que hacer algo y rápido. “No ha habido cosa más confusa en la historia del cine que la ideología de Frank Capra [risas]. ¿Un anarquista? Es posible, yo creo que era un hombre que funcionaba por impulsos. Pero si algo está claro es que Why we fight [la serie de documentales propagandísticos impulsada por Capra] fue un instrumento imprescindible para acabar con cualquier reticencia que la sociedad del país pudiera tener contra la entrada de EE UU en la guerra".

Wyler, director de clásicos como Ben-Hur, se implicó en el conflicto de una forma mucho más humana, seguramente a causa de la cantidad de amigos que tenía en Reino Unido o la propia Alemania. Su retrato de los tripulantes del bombardero Memphis Belle o su metraje de la invasión de Italia son algunas de las piezas más conocidas del género bélico. “Se tomaba muy en serio su trabajo y la prueba de ello es que renunció a rodar un documental sobre los soldados de color porque el Alto Mando querría dulcificarlo y eso no entraba en sus planes”. El efecto que la guerra tuvo en Wyler se solidificó en su preciosa Los mejores años de nuestras vidas, drama sobre el retorno a casa de los soldados que vivía de los recuerdos del propio director.

Para Harris, “Houston fue —probablemente— el más arrojado de todos ellos, porque para él la cámara era como un escudo, creía que de algún modo le protegía”, pero el más relevante fue Stevens: “Volvió a casa, montó y editó lo que había rodado en Dachau y lo envío a los fiscales de Nuremberg: ese metraje fue decisivo para que en aquellos juicios los criminales fueran condenados y una de las pocas veces en los que los nazis apartaron los ojos de la pantalla. Creo que eso lo dice todo”.

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