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'Cuando se congela la democracia, como pasa en Egipto, el resultado es una dictadura como la de Franco'

El Mundo El Mundo 09/06/2014 FRANCISCO CARRIÓN

"Hemos vuelto al punto de partida. Ha triunfado la narrativa ultranacionalista y fascista", lamenta el politólogo y activista egipcio Amr Hamzawi. Este ex parlamentario de 46 años es una de las escasas voces liberales que han censurado el "haraquiri" que Egipto se practicó el pasado julio con un golpe de Estado que desató la revancha contra los islamistas y ha dejado una represión atroz. Una asonada que celebró este domingo un nuevo capítulo con la llegada a palacio de su urdidor, el ex jefe del ejército Abdelfatah al Sisi. "Uno de los mayores errores que cometimos durante estos tres años es haber ignorado las necesidades socioeconómicas de la gente.

La experiencia española demuestra que una transición democrática se vuelve imposible si no se ofrece prosperidad económica", explica a EL MUNDO Hamzawi desde su despacho en la elitista Universidad Americana de El Cairo.

Apartado de la vida política, su discurso crítico con Hermanos Musulmanes y militares y su defensa de los derechos humanos le han condenado al ostracismo. Presidente del partido liberal Egipto Libertad, Hamzawi ha asumido el alto precio de disentir en un clima de descarnada polarización política y odio. La justicia le ha prohibido abandonar el país y afronta un juicio por "insultar a la judicatura".

"Uno de los mayores errores que cometimos durante estos tres años es haber ignorado las necesidades socioeconómicas de la gente. La experiencia española demuestra que una transición democrática se vuelve imposible si no se ofrece prosperidad económica", explica a EL MUNDO Hamzawi desde su despacho de la elitista Universidad Americana de El Cairo. Apartado de la vida política, su discurso crítico con Hermanos Musulmanes y militares y su defensa de los derechos humanos le han condenado al ostracismo.

¿Hacia donde va Egipto? Hace tres años la renuncia de Mubarak alimentó la esperanzas de un régimen democrático respetuoso con los derechos humanos y las libertades y de sociedad tolerante y equilibrada que acabara con el legado del Estado policial. Tres años después, sin embargo, no solo no nos hemos movido hacia delante sino que hemos vuelto al punto de partida. No hay políticas democráticas; el Estado policial ha regresado; el respeto a los derechos humanos y las libertades, incluida la de expresión, no está garantizado y vivimos en una sociedad muy polarizada con una narrativa ultranacionalista y fascista, herencia del régimen militar. Y, entretanto, las condiciones socioeconómicas siguen deteriorándose. Ante tal involución, ¿cuál es la respuesta ciudadana? Los egipcios tienen que elegir entre renunciar a la política y los asuntos públicos, como ocurrió durante el régimen de Mubarak, o continuar la lucha como se hizo antes de 2011 para establecer una democracia, un Estado más justo y una sociedad más ponderada. Mi papel como académico y político es llamar a la sociedad a que no renuncia teniendo en cuenta que uno de los mayores errores que cometimos en los últimos tres años es haber ignorado las necesidades socieconómicas de la gente. La experiencia española demuestra que una transición se vuelve imposible si no se ofrece prosperidad económica. Es lo que favoreció la entonces Comunidad Económica Europa con la adhesión de España y Portugal. En ambas transiciones hubo intentos de involución, incluidos golpes militares, pero el ambiente regional era propicio a una transición democrática. En nuestro caso, desgraciadamente, el ambiente regional es contrario a la democracia. Los países vecinos prefieren apuntalar una autocracia en Egipto. ¿Quién está gobernando el país? Se suele afirmar que quien mueve los hilos es el "Estado profundo"... En ciencias políticas el concepto de "Estado profundo" sugiere una ilusión, algo que los ciudadanos no son capaces de percibir y que se sitúa más allá de las instituciones. No es un término que se pueda sostener intelectualmente. Quien realmente gobierna aquí es una red de poderes e intereses integrada por el estamento militar y el aparato de seguridad y financiada por una élite económica y mediática. ¿La misma telaraña que hizo y deshizo en la era Mubarak? Así es. Con algunas variaciones. Han surgido nuevas jugadores y ha cambiado el equilibrio de poder porque el estamento militar desempeña ahora un papel central que no tuvo en los últimos años de Mubarak. Es un regreso muy evidente para todo el mundo. Es cierto que tenemos una parte considerable de la sociedad que es analfabeta y pobre pero creo que hay muchos egipcios que saben descifrar el circo político y mediático y sus intereses independientemente de que lo apoyen. Es una realidad que enlaza con la larga tradición de desconfianza que los egipcios han tenido hacia sus gobernantes. La mayoría de los llamados "políticos liberales" respaldaron la asonada y ni siquiera la han cuestionado después de meses de represión... Es una de las experiencias más impactantes que he vivido. He dedicado tiempo con partidos y políticos que decían estar comprometidos con una democracia de valores liberales o con la creación de una izquierda democrática. Sin embargo, he terminado viendo como esas personas y organismos se convierten básicamente en defensores de la injerencia del ejército en política y son capaces de medir las violaciones de derechos humanos con un doble rasero. Hasta el punto de justificar el hostigamiento contra los islamistas y cerrar los ojos cuando ese acoso se aproxima a su círculo. ¿De dónde procede esta postura tan chocante? Siendo sincero, muchos de los que aseguran estar comprometidos con la democracia son en realidad fascistas. Les gusta la autocracia y no les importan lo más mínimo los derechos humanos. Algunos son ultranacionalistas que consideran que hay una conspiración contra Egipto y que odian a cualquiera que, dentro o fuera del país, disiente de sus posiciones. Pero insisten en que habrá democracia tras "erradicar" a los Hermanos Musulmanes... Es una idea absolutamente antidemocrática. No se puede decir que se congela la democracia hasta que se erradique a "los chicos malos". La democracia nunca ha funcionado así. Ese discurso tiene un final dramático en cualquier lugar del mundo. El resultado lo conocemos. Se llama Hitler, Mussolini, Franco o los dictadores latinoamericanos. Todos llegaron al poder con el argumento de que congelarían temporalmente la democracia y luego hubo décadas e incluso siglos de autocracia. Sus partidarios simplifican la política. Para ellos, solo hay líderes y masas. Desprecian a los partidos, las organizaciones no gubernamentales y la libertad de expresión. En la Historia de la humanidad, cuando no se tienen en cuenta todos estos elementos el experimento termina en un fiasco o en un fiasco dictatorial. ¿La represión forzará la reforma de los Hermanos Musulmanes? Primero, las experiencias previas en Egipto de erradicar movimientos no han surtido efecto. Es mucho más saludable para cualquier proceso, incluirlos que excluirlos e impedir así que se radicalicen y recurran a la violencia. Pero, hasta la fecha, no he visto ningún atisbo de autocrítica en el seno de la Hermandad. Es cierto que cuando hay una represión como la actual es más difícil llevar a cabo esa reflexión. Cometieron muchos errores desde 2011 hasta 2013 y perdieron muy rápidamente a potenciales aliados democráticos. Ignoraron el imperio de la ley, los derechos humanos y las aspiraciones de construir un estado democrático mediante el consenso. Querían gobernar a través de las urnas pero usando métodos e instrumentos similares a los de la dictadura de Mubarak. Creo que necesitan considerar asuntos que han desdeñado: separar el partido del movimiento religioso y aclarar su compromiso con la nación egipcia. El primero llevó a muchos a no saber quien gobernaba el país -si Mursi o el guía espiritual- y es un paso que los partidos democristianos europeos dieron hace más de un siglo. Y el segundo no digo que sea cierto sino que existe esa percepción social. No lograrán avanzar si siguen obviando la autocrítica y actuando con el piloto puesto. Y a pesar de todo, ¿queda alguna esperanza de que otro Egipto es posible? Sí. Hay sectores de la sociedad que buscan una alternativa porque no están contentos con lo que se les ofrece. Esa es una razón para la esperanza. Y hay al menos otras dos: el ambiente actual de represión no es sostenible a largo plazo y Egipto no es un país fácil de gobernar. Tienes una población de 90 millones en una delicada situación social y económica. Necesitas establecer una estabilidad política y la única manera de conseguirlo es a través del consenso democrático y del equilibrio entre las soluciones de seguridad y las soluciones políticas, sociales y económicas. Nadie niega que nos enfrentamos a ataques terroristas en el Sinaí pero tenemos que combinar las soluciones de seguridad con las políticas y económicas. La única manera de progresar es abrir otra vez espacios para la competición política.

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