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Dakar rojo en Maracaná

El Mundo El Mundo 17/06/2014 MIGUEL A. HERGUEDAS

Una ojeada al reloj de la camioneta y la aguja ya marca 8.000 kilómetros. Es el décimo día de trayecto, lejos quedan Santiago, las estribaciones nevadas de los Andes, el pelado sertao del Mato Grosso. Si afinas la nariz, puedes oler el mar en Itaborai, casi a las puertas de Río de Janeiro. Atrás dejaron las penalidades del camino. La pasión continúa casi intacta, sobre todo cuando se suspira de alivio con el recuerdo del gol de Beausejour ante Australia. Y todos llegan plagados de bagajes, aunque ninguno tan poderoso como la ilusión. Una caravana de 800 vehículos, coches, camiones, motos y furgonetas, con más de 3.200 hinchas chilenos a bordo está llegando a las puertas de Maracaná.

«Algunos han venido con apenas 15 euros en los bolsillos para gastos extra. Todo lo demás queda reservado para el combustible y el cuidado del coche», explica Alberto Schmidt, el tipo que el pasado octubre puso en marcha este particular Dakar de aliento a La Roja. La idea, nacida al abrigo del ámbito familiar, se le ha terminado por escapar de las manos. «Pensábamos que saldríamos unos 30 vehículos y mira ahora», prosigue Schmidt, asombrado aún por la repercusión de su iniciativa, favorecida por el efecto multiplicador de las redes sociales.

Cada mañana, Schmidt y sus más cercanos se ponen al frente de la expedición, que se autoproclama como la más numerosa de la Copa del Mundo, por delante de otras también multitudinarias organizadas desde Argentina. Una fila que serpentea al compás de las carreteras brasileñas, que a veces son ratonera y otras circuito de competición para suicidas. Uno de esos benditos disparates que de vez en cuando nos regala el fútbol.

«Hace dos días nos lo quitaron todo en Cuiabá», recuerda María Pía, ya sin cámaras, ni iPad, ni ropa de refresco que valga. Todo sucedió por la noche, durante uno de los descansos en los multitudinarios campamentos improvisados que Schmidt y su mujer organizan con marcial disciplina. Gajes del camino. Una historia más que contar a los amigos que ya se amontonan a las puertas de Río, ansiosos por ver de cerca la sagrada pradera de Maracaná el próximo jueves ante España, la otra Roja. Y el liderato de grupo ya no parece a nadie ninguna quimera.

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La mayoría partieron de Santiago el pasado día 7, aunque otros se sumaron desde Antofagasta, Arica y demás rincones de Chile. Y claro, se respira optimismo desbordante tras el satisfactorio debut del pasado jueves. «Vamos a ganar el Mundial», suspira Pedro, natural de Copiapó, precisamente una de las sedes ya habituales del nuevo Dakar andino. Un poco más allá retumba el «Chi-chi-chi-le-le-le», el gran clásico de la hinchada. Aquí no se teme demasiado a España y el terror se reserva para Brasil, obstinado y cruel verdugo en las últimas décadas. Jamás ganó Chile a la verdeamarelha en un Mundial. «En 1998 caímos 4-1 en octavos y en Sudáfrica, hace cuatro años, 3-0 también en la misma instancia», recuerda Manuel, hincha fervoroso de ColoColo.

Aquí se sabe de fútbol, claro. Incluso hay algún invitado de excepción, como el hermano de Jorge Valdivia. «Me sorprendió cuando me dijo que también traería a mi sobrino», recuerda el mediapunta del Palmeiras. «Según me contó, el otro día no tuvo más remedio que dormir en el baño de una roulotte».

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