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Danny y Roberta

Notodo Notodo 29/02/2016 Miguel Gabaldón
Imagen principal del artículo "Danny y Roberta" © La Fábrica 2014 @ Imagen principal del artículo "Danny y Roberta"

Dos seres heridos. Un hombre y una mujer que se sienten solos casi desde el momento de su nacimiento se encuentran en un bar. Y tras superar una primera y aparentemente infranqueable barrera pasan una noche imaginando cómo podría ser su vida, cómo el sueño de dormir bien aunque sea por una vez podría hacerse realidad. Mientras, una falsa luna ilumina sus historias de perdedores.

Esta es la base de Danny y Roberta, el texto de Robert Patrick Shanley dirigido por Mariano de Paco Serrano que se puede ver estos días en la Sala Mirador. El director, que ya había puesto en pie otra celebrada puesta en escena del mismo título, vuelve a acercarse a esta historia (una historia de corte Frankie & Johnnie, aunque mucho más amarga) de soledades encontradas de manera sencilla y sin efectismos. Un par de mesas de bar y una cama son prácticamente los únicos elementos en un escenario desnudo, por el que danzan estos personajes (además de una intérprete musical que acompaña con hermosa voz sus desventuras). Escenario desnudo para miserias al desnudo.

Porque Danny y Roberta es una de esas historias amargas de personajes sin futuro. Pero que súbitamente deciden agarrarse a un clavo ardiendo para intentar alcanzar un pedazo de felicidad. Armando del Río y Laia Alemany se enfrentan a un trabajo difícil con estos personajes que tienen tatuadas sus miserias en el alma. Y es que el texto es muy complicado (aparte del hecho evidente de encontrarse sólo dos intérpretes en escena) y demanda una muy delicada labor de equilibrismo, para conjugar la tremenda dureza externa de estos personajes con su necesidad de cariño interior. Cierto es que a la función le cuesta algo arrancar, con un primer acto en el que los actores parece que necesitan marcar en exceso el tono agresivo (tal vez la amplitud de La Mirador tampoco ayuda en esta puesta en escena en particular).

Para contrastar, en el segundo acto, con un cambio de personalidad súbito pero que acaba por funcionar. Y es que es aquí donde Danny y Roberta coge de las orejitas al espectador y uno no puede sino caer sin remedio en el juego de falsas esperanzas. De esa felicidad de una noche. De las bodas imaginarias. De un cuento en el que dos marginados por la sociedad avistan, aunque sea sólo durante las horas de noche, ese foco con temporizador. La falsa luna eléctrica que ilumina su falsa felicidad. Una luna para dos desdichados, que podría decir Eugene O´Neill si viera esta función.





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