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De algún tiempo a...

Notodo Notodo 25/02/2016 Miguel Gabaldón
Imagen principal del artículo "De algún tiempo a..." © La Fábrica 2014 @ Imagen principal del artículo "De algún tiempo a..."

"Si no hubiese recuerdos, ¿para qué se viviría?", dice Emma, protagonista del monólogo De un tiempo a esta parte, de Max Aub. Un texto no demasiado visto en los circuitos teatrales (al parecer nunca ha sido puesto en pie por compañías profesionales) estrenado ahora en la Sala Margarita Xirgu del Teatro Español de Madrid. "Estoy sola, Adolfo. ¡Sola! En las horribles historias de la guerra que contabas, siempre tenías compañeros. Para mí los otros soy yo, yo sola. Y los muertos. Tú estás muerto. Samuel está muerto. Yo estoy viva. Y para qué." La aniquilación de la identidad austríaca que supuso el Anschluss, la anexión de Austria producida en marzo de 1938, se convierte en una metáfora de la usurpación de la identidad personal de Emma. Su doloroso vínculo con la Guerra Civil Española por la muerte de su hijo y la depuración de su marido en la Viena ocupada suponen dos heridas sangrantes de una mujer que recorre como un fantasma sus propios recuerdos, obligada a ser la criada de su propia casa y de su propia vida. Y Carmen Conesa pone voz y piel a esta mujer devastada por las guerras de una forma estremecedora, en esta especie de correspondencia unidireccional con su marido muerto.

Conesa realiza el que es tal vez el mejor trabajo de su carrera, superando un verdadero reto y recomponiendo ante el espectador el rompecabezas del dolor, las dudas y la soledad de esta mujer, una auténtica superviviente que Max Aub dibuja con maestría en un ir y venir de imágenes. La actriz transita por todos los caminos de este personaje (ya sólo el primer cambio que sufre, de mujer de la alta sociedad, recuerdo de lo que una vez fue, a un ser desahuciado entre las sombras es, sencillamente, alucinante) de una manera natural, entregada, elegante (que una cosa no quita la otra y si su personaje tuvo, también retuvo) y apasionada, en un viaje teatral inolvidable. Brava.

Ignacio García dirige, además, el espectáculo con brillantez, jugando con un espléndido y atmosférico diseño de iluminación repleto de claroscuros (obra del omnipresente Juanjo Llorens), un espacio sonoro lleno de sensaciones, una surrealista e impactante escenografía (aunque algo excesiva, también es cierto) con un boquete enorme en el techo y un pedazo circular de suelo desplomado con una lámpara de araña, y el vestuario de Lorenzo Caprile que le sienta a Conesa como un guante. García utiliza todos los elementos a su disposición con riqueza y conformando un espectáculo en el que el espectador es parte activa de la reconstrucción de la historia y no cojea en ningún momento.

De algún tiempo a esta parte es una espectáculo duro, dramático pero también bello sobre el horror de la(s) guerra(s), el dolor, la duda (de hecho el mayor tormento de la protagonista es no saber si su hijo fue un traidor) y los recuerdos. Y una esperanza que parece casi perdida. Pero, como Max Aub dice por boca de Emma, "un día vendrá la libertad..."

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