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De la madrileña que se marcha, a las tiendas que cierran y abren

Logotipo de El Mundo El Mundo 03/10/2017 ANA MARÍA ORTIZ

Está sentada en posición de yoga en el banco de una parada de autobús cerca de la Plaza Universidad, uno de los focos de las protestas por la actuación policial

el 1-O

. Me he acercado sólo para sondear cómo está el transporte público. Lleva 20 minutos esperando el 68 para ir a Sants. Chupa con ansiedad la boquilla de un cigarro que no es su marca y que una amiga le ha dado porque no encuentra ningún estanco abierto: «Esto no tira». Una pregunta inocente -¿de dónde eres?- y suelta que se dispone a hacer un viaje sin retorno.

© Proporcionado por elmundo.es

-Vivo aquí desde 2014, pero me voy el jueves. Aquí no me quedo.

-¿Te marchas?

-No me gusta lo que está pasando, quita la calma. Vuelvo a Madrid.

Tiene 27 años, estudia auxiliar de clínica y trabaja de dependienta en una tienda. Mientras charlamos su madre está conduciendo desde Madrid para ayudarla a hacer la mudanza y llevársela de regreso. «Yo soy de derechas y mi familia es toda de derechas; y abiertamente lo digo aquí siempre y no pasa nada, tengo amigos independentistas. Pero esto es demasiado para mí».

Dicen quienes tienen tomado el pulso a las calles catalanas que la movilización tiene pocos precedentes. Se grita contra el Gobierno y la Policía y se exhiben como trofeos las urnas del 1-O. Unas cuantas van delante de la porca, la cerda de tres metros, un amuleto del barrio de Sant Antoni, que protegió la entrada del Centro de Día usado como colegio electoral. Y por primera vez desde que se iniciaron las protestas, se ve alguna bandera constitucional española entre tanta estelada.

En las calles más comerciales del centro, las grandes firmas y los huelguistas juegan al gato y al ratón. Echan a los clientes y bajan el cierre si un grupo presiona en la puerta y lo vuelven a abrir cuando las esteladas tuercen por la esquina. A las 15.00 horas las entradas principales de El Corte Inglés de Plaza Catalunya están cerradas. No así una pequeña puerta lateral, una rendija por la que algunos turistas suplican poder entrar. Sólo se permite el paso a los empleados. En la tienda de cosméticos Kiko no cabe un alfiler, pero la clientela sale por la puerta semi entornada, en fila de a uno, en cuanto odea tras el escaparate una bandera roja que pone anti fascist action: «¡¡¡Ca-capi-capicapitalistas..!!!». Una señora trata de defender a los empleados: «Sólo son trabajadores...», dice. «Pues van a tener trabajo en un país ocupado...», le responde una de las estudiantes que llevan una semana vistiendo de estelada.

El conserje de un edificio cercano a la sede del Banco de España -en la entidad están operativos aunque con la puerta cerrada y un coche de los Mossos en la puerta- disimula cuando se le pregunta por qué no secunda la huelga: «Yo sólo estoy vigilando que nadie se quede atrapado en el ascensor». Un vecino sale con una funda alargada y negra.

-¿Dónde vas con el fluorescente?

-Voy con el fusil, -bromea el de la funda-. Al viejo conserje no parece hacerle gracia la chanza.

No me permite publicar su nombre ni el de su restaurante, que está abierto. La hostelería, donde los manifestantes consumen sin reparos, parece tener cierta bula para saltarse la huelga. La mujer anónima tiene 54 años, nació en Galicia, pero lleva 40 en Barcelona . No deja de pasar la balleta por la barra, aunque ésta brilla hace rato, mientras explica cómo se siente. En el televisor se suceden las imágenes de los piquetes que han cortado las entradas a Barcelona. «¿Dónde nos estamos metiendo?, ¿a dónde nos lleva esto?», dice preocupada. «¿No ha sido posible sentarse una parte y la otra y dialogar como personas civilizadas?».

César, 45 años, toma un café con el mono azul y reflectante puesto. «No estoy haciendo huelga porque tengo que reparar el coche y me cuesta 1.000 euros y no me puedo permitir perder el día. Pero estoy muy de acuerdo con la protesta y censuro la violencia», dice. El domingo votó «sí» en un colegio de Tarrasa. Su mujer, sin embargo, sí secunda la huelga. «Trabaja para una empresa que trabaja con la Generalitat y tiene la ventaja de que a los funcionarios no les descuentan el día».

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