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De refugiado iraní a estrella tecnológica

Logotipo de EL PAÍS EL PAÍS 26/09/2017 Rosa Jiménez Cano
Dara Khosrowshahi, nuevo consejero delegado de Uber con su pareja © SCOTT OLSON Dara Khosrowshahi, nuevo consejero delegado de Uber con su pareja

Dara Khosrowshahi (Teherán, 1969) está en la cima de Silicon Valley. Su impecable trayectoria le ha convertido en el candidato final para asumir un lugar de privilegio con un reto inmenso. Tomar las riendas de Uber, la compañía de mayor crecimiento en menos tiempo. Nunca antes una empresa se había internacionalizado tan rápido. Y nunca había hecho tantos enemigos por el camino. Khosrowshahi, en cambio, es amigo de todo el mundo.

Uno de los perfiles mejores conectados del mundo tecnológico llegó a Estados Unidos como refugiado. Pasó de tener una infancia feliz, sin estrecheces, como miembro de una de las familias más emprendedoras de Irán, los fundadores del grupo Alborz, un conglomerado con ramas en el sector farmacéutico, de alimentación, distribución, químicos e inversiones. En 1978, con nueve años, llegó a Estados Unidos, después de que la revolución iraní se incautase de la empresa familiar. Con 13 años vio cómo su padre partía para ayudar a su abuelo enfermo. Las autoridades lo retuvieron durante seis años. Creció junto a su madre y dos hermanos en los suburbios de Nueva York.

Su pasión por la tecnología llegó por la influencia de su tío Hassan, afincado en Canadá, también exiliado. Fundó Future Shop, un almacén de componentes que vendió a Best Buy en 2001 por 420 millones de euros. La red de soporte familiar, con primos y tíos bien establecidos, permitieron el acceso a Hackley School, un colegio preparatorio que permite acceder a las universidades de la prestigiosa Ivy League. De allí salió como ingeniero electrónico, preparado para entrar en el mundo de las finanzas y después en la tecnología, donde está colocada gran parte del extenso árbol familiar. Desde su hermano Kaveh, director de Allen & Company, el banco de inversión que organiza la conferencia de Sun Valley, el equivalente a Davos en Estados Unidos, hasta varios primos ejecutivos en Google. O Amir, que llegó a Intel tras vender Nervana, una start-up de la que es fundador, pionera en inteligencia artificial. El fabricante del procesador desembolsó 400 millones de dólares en 2016 por su empresa.

Antecedentes familiares

En la anterior ola de redes sociales, sus primos gemelos, Ali y Hadi Partovi, vendieron su start-up a MySpace por 20 millones de dólares que se han dedicado a multiplicar con inversiones en los unicornios actuales: Airbnb, Dropbox, Facebook y Uber.

Como es casi norma en la Costa Oeste, es un firme activista contra el presidente Trump. Cuando en enero el primer decreto presidencial cerró las puertas del país norteamericano para los nacionales de siete países de mayoría musulmana (incluido Irán), fue él el que encabezó la respuesta de las grandes empresas tecnológicas hasta lograr que el Estado de Washington (donde tienen su sede Expedia, Amazon y Microsoft) denunciase el decreto ante la justicia para acabar tumbándolo.

Qué empresa se encuentra

Uber ingresa una montaña de dinero, pero su acelerado crecimiento le genera espectaculares pérdidas. En 2016, la facturación bruta de la start-up superó los 6.500 millones de dólares, una vez descontada la parte de los conductores. Sin embargo, la firma perdió 2.800 millones de dólares, ya descontado el ruinoso negocio chino, vendido a mediados de año. Además, la empresa tiene prohibido operar en países como Italia, Dinamarca, Finlandia o Hungría.

Tras cuatro años en IAC, llegó a ser consejero de Expedia en 2005. Con un catálogo de marcas que incluye HomeAway, Travelocity, Hotels.com, Orbitz y Trivago, la firma es hoy la mayor agencia de viajes de Estados Unidos. En los 12 años que ha estado al frente de la empresa, ésta ha conseguido un crecimiento constante, de unos ingresos de 2.100 millones de dólares a 8.700 en el último ejercicio.

Lo que terminó por abrir definitivamente las puertas de Uber no fue su discreción, aunque es un personaje al que apenas se conoce y poco dado a tomar la palabra en público. Tampoco fue su gusto por la vida sencilla, aunque los fines de semana lleva a sus cuatro hijos a sus partidos de fútbol. Lo que inclinó el fiel de la báscula fue la aprobación de su gestión por parte de los empleados de Expedia. En Glassdoor, la web dedicada a medir la satisfacción en el puesto de trabajo, tenía un 94% de votos positivos. Una rareza en tiempos de cotilleos en redes sociales.

La única rareza confesa es un fanatismo por las series y películas de ciencia-ficción que comparte con su segunda esposa, Sidney Shapiro. Ambos contrajeron matrimonio en Las Vegas con camisetas de la banda de heavy metal Slayer.

Su valor como consejero le ha llevado a formar parte de la directiva de varias empresas. Tras el cambio de Seattle a la calle Market en San Francisco, tomó una decisión que hizo pública para evitar suspicacias. Dejaba su puesto en el consejo de The New York Times por una cuestión de independencia e incompatibilidad, pero añadió que iba a echar mucho de menos los debates sobre el futuro de los medios.

La Bolsa como objetivo

La meta principal de Khosrowshahi es hacer que, de una vez por todas, Uber cotice en Wall Street. Los problemas legales en medio mundo son una traba para dar el paso. También los conflictos internos, así como la desesperanza por parte de algunos empleados con gran talento técnico. En Silicon Valley la costumbre es asegurarse de que los más brillantes y demandados por la competencia se quedarán al menos cuatro años con un plan de acciones como bonus: el propio Khosrowshahi recibió uno, de 91 millones de dólares, en su época en Expedia. En el argot lo denominan como estar “vested”, cubierto. Tan solo cuando se cumple ese plazo reciben la ejecución de las acciones como bonus. Lo dilatado del proceso para llegar al parqué ha hecho que muchos renuncien a este hipotético pellizco para dar con un lugar de trabajo con menos turbulencias.

Ahí está el primer desafío de Khosrowshahi, que tiene encima la presión del consejo, todavía con las cicatrices marcadas por la pelea para defenestrar a Travis Kalanick: dar con un director financiero que ponga a punto las cuentas y consiga hacer sonar la campana.

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