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De repente, Enzo Pérez

EL PAÍS EL PAÍS 03/06/2014 Diego Torres
Enzo Pérez va al suelo en pugna por el balón con Di María. © Natacha Pisarenko Enzo Pérez va al suelo en pugna por el balón con Di María.

El seleccionador argentino, Alejandro Sabella, contaba con dos ochos para el Mundial.La primera opción, Fernando Gago, el jugador que pasó por Europa sin apenas dejar rastro, lleva dos meses y medio lesionado, sin jugar un partido oficial con Boca. La segunda opción, Éver Banega, el hombre que se hizo famoso por sus accidentes automovilísticos en Valencia, no había entusiasmado a nadie en los seis meses que militó cedido en Newell's, y su vida privada suscitaba las sospechas habituales. El 11 de mayo le sucedió algo inusual en un futbolista profesional: ingresó en una clínica de Rosario para, según dijo él, recuperarse de una neumonía.

No es extraño que el centro del campo sea la línea que más preocupa a Sabella. Tampoco sorprendió que al confeccionar la lista de 23, el lunes, el técnico dejara fuera a Banega para introducir a Enzo Pérez. Repentinamente. A pesar de que apenas había contado con él en el ciclo de clasificación. Pérez había jugado 15 minutos en Lima y Banega venía de disputar varios encuentros como titular.

Sabella incluyó a Gago considerando más su trayectoria que su presente, pero no le dio la gana de repetir el criterio histórico con Banega. Tampoco aplicó el criterio político. Sabella ha procurado ser cuidadoso a la hora de rodear a Messi de sus cómplices rosarinos, la Banda de Rosario, esos que nacieron o se formaron en los clubes de la ciudad santafecina: Di María, Mascherano, Lavezzi, Maxi Rodríguez y Banega. La caída de Banega, que acompañó a Messi en la conquista del oro olímpico en Pekín, causó desagrado en el núcleo duro. A Messi no le gustó que el jefe prescindiera de un hombre de su séquito.

Robó 141 balones y se convirtió en el jugador con más quite del Benfica campeón de la última Liga.

Ávidos de coincidencias históricas que justifiquen mágicamente la repetición del éxito de 1986, a los observadores argentinos la apuesta por Pérez recordó a la convocatoria in extremis de Héctor Enrique, El Negro, por parte de Bilardo antes del Mundial que ganó Maradona. Enrique, como Pérez, era un volante central de acompañamiento. Y, también, destacaba por su piel morena. Ahí se acaban las similitudes evidentes.

Sabella conocía a Pérez de su época en Estudiantes de la Plata. Le dirigió cuando el muchacho recién llegaba de Mendoza, de su lejana provincia occidental, de Maipú, del Tomba. Era un interior derecho potente que desbordaba por afuera. Un tipo discreto, laborioso y cumplidor que se destacó como auxilio de Verón en la Copa Libertadores que levantó con Estudiantes en 2009. En 2011 lo fichó el Benfica.

Le llevó un tiempo adaptarse a Portugal. Comenzaron a emplearle como medio centro. Esta temporada, con 27 años, hizo eclosión. En un alarde de garra, robó 141 balones y se convirtió en el jugador con más quite del Benfica campeón de Liga. La afición le idolatró. Se enamoraron de su abnegación, de sus salidas rabiosas y sus llegadas al área para dar el último pase o para rematar. Sabella también debió maravillarse: de pronto entrevió al hombre providencial, esa pieza aparentemente insignificante que podría cuadrarle la fórmula del equilibrio del mediocampo. Alguien que socorriese al solitario Mascherano a partir de octavos.

Jorge Mendes, el agente universal, se frota las manos. Peter Lim, el nuevo dueño del Valencia, ya tiene a Pérez en su agenda.

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