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De Stephen King a R.R. Martin: los grandes escritores y su relación con los ordenadores

El Confidencial El Confidencial 14/08/2016 Marta Sofía Ruiz

La llegada de los procesadores de texto modificó los hábitos de muchos escritores que cambiaron el papel y el boli y la máquinas de escribir por un ordenador y un ‘software’ —manual complicado de por medio—. En cuestión de pocos años, muchos autores aprendieron a confiar en la tecnología para ahorrarse tiempo y esfuerzo y trasladaron su escritura a una pantalla de ordenador.

“Todos hablan de que el proceso se convirtió en algo mucho más fácil [...] Antes se hacían uno, dos o tres borradores, pero ya no había que pasar por todo eso. Todos creen que les hizo mejores escritores, porque podían pasar más tiempo revisando”, explica a Teknautas Matthew G. Kirschenbaum, autor de Track Changes, un libro sobre la historia de los procesadores de texto.

Durante una entrevista para la televisión, George R. R. Martin confesó que todavía utilizaba un ordenador sin conexión a internet con un procesador de texto antiguo llamado WordStar. Creía que esto era su “arma secreta”, e indicó que la falta de distracciones de la que disfrutaba gracias a esa tecnología era lo que le había permitido escribir historias tan largas. A pesar de que durante el programa habló de otras cosas, como la ausencia de dragones en el primer borrador de ‘Juego de Tronos’ o sus preferencias a la hora de matar personajes, lo que acaparó titulares fue su apego a su antiguo método de redacción, muestra de lo chocante que parece imaginar a un escritor trabajando con tecnología que, aunque pionera, ahora se concibe como anticuada.

Sin embargo, no ha pasado tanto desde la época en que ni siquiera WordStar era una herramienta habitual: solo tres décadas nos separan de la introducción de los procesadores de texto destinados a los hogares y del proceso —bastante rápido— de adaptación de los distintos autores. Y, si bien George R. R Martin no llegó tarde a la adopción, su nombre no aparece en el relato de los pioneros.

Ilustración de un manual de un Perfect Writer de 1982 (Fuente: Matthew G. Kirschenbaum) © Proporcionado por El Confidencial Ilustración de un manual de un Perfect Writer de 1982 (Fuente: Matthew G. Kirschenbaum)

Aunque la historia de estas aplicaciones informáticas comienza en las oficinas en la década de los 60, especialmente de la mano de IBM, serán los modelos más desarrollados de los años 70 —más parecidos a los que empleamos actualmente— los que empiecen a captar la atención de los escritores. Según Kirschenbaum, Gay Courter fue la primera escritora que redactó una novela en un procesador que, no obstante, todavía estaba diseñado para ser una herramienta de oficina. "Escribí cada palabra yo misma y creo que solo conseguí una novela comercial porque pude reescribir una y otra vez hasta que obtuve lo que quería", explicaba la pionera al autor de ‘Track Changes’.

La decisión de invertir 18.000 dólares –el precio de su IBM System 6, unos 63.000 euros actuales– puede parecer descabellada, pero fue consecuencia directa de su gestión de un negocio familiar en el que sería útil y de la necesidad de encontrar un método que le permitiera seguir escribiendo mientras cuidaba de sus hijos. Así, ‘The Midwife’, obra que entró en la lista de superventas de The New York Times y de la que se vendieron más de tres millones de copias, pudo ver la luz gracias a la adopción de esta nueva herramienta.

Después de esta primera escritora, otros nombres se sumaron a la lista de los pioneros que, antes de que los procesadores de texto y los ordenadores personales se convirtieran en habituales, ya abrieron su mente al mundo de posibilidades que les ofrecía este nuevo método de redacción. Jerry Pournelle, Larry Niven o Anne Rice serían solo algunos de ellos.

Jerry Pournelle con su procesador (Fuente: Matthew G. Kirschenbaum) © Proporcionado por El Confidencial Jerry Pournelle con su procesador (Fuente: Matthew G. Kirschenbaum)

Los inicios de los años 80 marcaron su popularización. En un artículo de 'The Economist' de 1891 se afirmaba que 500.000 personas ya estaban utilizando uno. 'Time Magazine' también publicó una pieza en la que se explicaba que “cada mes, más y más escritores están desechando sus lápices y sus máquinas de escribir por ‘procesadores de texto’, la jerga técnica que describe pequeños ordenadores con teclados y pantallas electrónicas para el escaneo y la manipulación de textos, unidades para almacenar la información e impresoras de alta velocidad”. Con tal nivel detalle había que explicar las cosas por aquel entonces.

“Los que usaban un procesador en 1977 eran pioneros, pero emplearlos en 1981 ya era ‘mainstream’”, explica Kirschenbaum. “La llegada de los ordenadores personales hizo que se popularizaran muy rápidamente”.

Un libro a dos manos

En 1981, Stephen King y Peter Straub firmaban sus contratos para ‘El Talismán’, la novela mundialmente esperada que ambos escribirían a dos manos. Consagrados en el panorama del terror, esta colaboración sería la que les sirviera de introducción en el mundo de los procesadores de texto. King vivía en Maine y Straub en Connecticut, a unas seis horas en coche, lo que suponía un problema para intercambiar trabajo y combinar sus energías creativas.

Por ello, ambos decidieron que la tecnología era la mejor opción para facilitar las cosas y se lanzaron a adquirir sendos procesadores. King compró un Wang System 5 y Straub un IBM Displaywriter 6580. “Estaban pensados para una oficina. Los adquirieron únicamente para poder trabajar juntos y poder mandarse los textos el uno al otro”, explica Kirschenbaum.

Solo tres años más tarde, en 1984, los ordenadores personales y el procesador de texto WordStar eran los reyes del sector. Este programa copaba más de una cuarta parte del mercado y autores como Michael Chabon, Arthur C. Clarke o Ralph Ellison pasaban sus palabras por este ‘software’.

Pionero en su momento, hoy todavía goza de cierto culto entre los escritores de ciencia ficción. George R.R Martin no es el único gran enamorado: otros como Frederick Pohl o Robert Sawyer también han confesado su apego por el viejo programa.

Sin embargo, y a pesar de que WordStar fuera el líder indiscutible, el mercado ofrecía decenas de alternativas. Una guía muy detallada que se publicó en un número de 1983 de Writer’s Digest comparaba tres docenas de programas diferentes y analizaba sus características, además de su precio y compatibilidad. Por supuesto, adoptar cualquiera de ellos no era tan intuitivo como ahora. Los escritores tenían que aprender los comandos que les permitirían borrar, copiar o reemplazar texto y debían leerse un manual para poder hacer uso de esta tecnología.

Stephen King con su Wang (Fuente: Matthew G. Kirschenbaum) © Proporcionado por El Confidencial Stephen King con su Wang (Fuente: Matthew G. Kirschenbaum)

“La curva de aprendizaje era mucho más larga”, explica Kirschenbaum. “Para adoptar un programa como WordStar tenías que estudiar un manual o tomar un curso”. No obstante, “una y otra vez los escritores se maravillaban por lo instantáneo de su nuevo procesador. Al presionar un tecla, el documento cambiaba ante sus ojos. Ya no se trataba solo de retroceder un espacio para corregir una errata, sino que podían borrar o mover trozos de texto o cambiar una palabra de forma repetida durante todo el manuscrito”.

“Si tenía que cambiar el nombre de un personaje –algo que me pasó en mis dos primeros libros– simplemente podía codificar el cambio en la máquina y automáticamente se modificaba en el disco”, explicaba Robyn Carr a Kirschenbaum, tratando de poner palabras a la fascinación que sentía en aquel momento.

Cuando Joan Didion comienza ‘El Año del Pensamiento Mágico’, su libro más famoso, lo hace relatando las propiedades de un archivo de Microsoft Word en el que escribió justo después de la muerte de su marido. Didion, para la que escribir en un procesador de texto era tan habitual que aparecía en su literatura cuando hablaba de sí misma, explicó lo que el cambio a este tipo de programas supuso para su trabajo. Su visión representa la de los cientos de escritores que vivieron a medio camino entre las máquinas de escribir, el bolígrafo y el papel y un ordenador:

“Antes de que empezara a usar un ordenador, escribir una pieza suponía trabajar en algo un día, almacenar el material y no estar seguro de dónde ibas a ir a continuación. Con un ordenador, dejó de ser como pintar y se convirtió en algo parecido a la escultura, donde empiezas con un bloque de algo y vas dándole forma”, relataba.

Rápido y masivo, el proceso de adaptación a los procesadores de texto supuso una gran innovación en el campo de la escritura. Tanto que, posiblemente, la capacidad de revisar los textos y el ahorro de tiempo hayan hecho que algún escritor, que de otra manera no hubiera sido capaz, haya conseguido firmar una buena (y larga) obra. Al menos para George R.R Martin es una de las claves de su creación.  

Gay Courter, la primera escritora que empleó un procesador de texto (Fuente: Philip Courter) © Externa Gay Courter, la primera escritora que empleó un procesador de texto (Fuente: Philip Courter)
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