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Defensa

EL PAÍS EL PAÍS 07/06/2014 Josele Santiago

En 1972, John Boorman rodó la maravillosa Deliverance. El planteamiento es sencillo: cuatro amigos quedan para pasar un fin de semana en las montañas y realizar un último descenso en canoa por las bravas aguas del río Cahulawassee, cuyo espectacular valle está próximo a desaparecer bajo un embalse artificial.

Sus motivaciones son bien distintas. El gordito se siente solo y la mera idea de ser aceptado en la aventura parece colmar sus expectativas, aunque no se haya subido a una piragua en la vida. Otro de ellos (Jon Voight) controla un poco más del tema y sólo quiere huir de la rutina, hacer un poco de ejercicio y respirar aire puro. Un tercer amigo tiene más madera de antropólogo que de deportista, y parece interesarse por los hillbillies nativos. Lleva consigo su guitarra y establece una inquietante relación con un joven tañedor de banjo, visiblemente discapacitado. La escena en la que improvisan juntos es sencillamente memorable, y la desdeñosa manera en que el pequeño montañés se despide (o más exactamente rehúsa despedirse) no hace sino anticipar el desastre: la animadversión entre los montañeses y los habitantes de la ciudad está por encima de ritmos, melodías y armonías. Evolutivamente casi podría hablarse de dos especies bien diferenciadas.

El cuarto tipo está magistralmente interpretado por Burt Reynolds, y es claramente el líder natural del grupo. Rehúye el contacto con los nativos y es todo un experto en remo y supervivencia.

La película cuenta con un guion ejemplar (de James Dickey, también autor de la novela en la que se basa), se recrea con una fotografía primorosa en unos exteriores de ensueño (a cargo de Vimos Zsigmond), la categoría de las interpretaciones es estratosférica (Ned Beatty y Ronny Cox completan el reparto), y contiene más escenas memorables de las que pueda recordar en los últimos diez estrenos que he visto. Pero, de un tiempo a esta parte, se me ha incrustado en el cerebro un breve diálogo que el personaje de Reynolds mantiene con uno de los lugareños. Al hombre no le cabe en la cabeza que se pueda desafiar por capricho a tan poderoso río, así que le pregunta reiteradamente al bueno de Burt por sus motivos. Ante su insistencia, nuestro boina verde termina por perder los estribos y le espeta un significativo:

—"¡Porque está ahí!”.

Las canciones también tienen la desgracia de estar ahí. Lo mismo que el río. Los de la ciudad vienen con sus canoas y se dedican a asustar a los peces a golpe de remo. Han traído excavadoras y ya se han cargado un buen pedazo de orilla. Te tratan como si fueras gilipollas ("¡hey, me he bajado tu disco!") y actúan como si el río fuera suyo. Acabarán anegando el valle y entonces sí que no quedará nada. Ni salmones, ni canciones, ni nada.

Yo, por mi parte, me siento más hillbily cada día que pasa y, bueno, no me importaría desayunarme una ardilla frita. Debería ir acostumbrándome, pero resulta que tampoco quedan. Se las han cargado todas. Estaban ahí.

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