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Degas: los ojos bien abiertos

Logotipo de El Mundo El Mundo 03/10/2017 ALBA DÍAZ
© Proporcionado por elmundo.es

En un enero frío de 1862, un Edgar Degas de 27 años -cargado hasta arriba con sus bártulos- caminaba a través de uno de los pasillos del Museo del Louvre en busca de un taburete para ejecutar la copia del día a golpe de brochazos. En frente, la Infanta Margarita de Diego Velázquez. A su derecha, un joven con pintas de burgués que de vez en cuando levantaba la barbilla por encima del hombro de

su compañero

para contemplar la habilidad de éste sobre el lienzo. Era Édouard Manet.

Hilaire Germain Edgar De Gas (1834-1917) recibió el más tradicional de los entrenamientos de entre todos los pintores impresionistas. Admirador de Ingres, practicó dibujo en Italia con trabajos renacentistas, escenas históricas y mitológicas hasta que aquel burgués del Louvre le tiró al suelo la paleta de ocres para acabar consiguiendo que su colega se embarcara en los estudios de la pintura y el movimiento. Y Degas decidió comenzar a difuminar los pasteles sobre el lienzo.

Algunos de esos cuadros de destreza liberadora se pueden ver desde esta semana en las salas de la National Gallery gracias a la colección del magnate galés William Burrell. 23 obras, la mayoría al pastel, descubren a un pintor obsesionado con la construcción del espacio y el movimiento. Las carreras de caballos, los bailarines de ballet y las mujeres de clase trabajadora en su intimidad son las tres temáticas que presenta el museo para mostrarnos a un pintor cuyo objetivo en esa última etapa parece no residir en la búsqueda última de la excelencia, sino en la construcción de un puente hacia sus propias obsesiones.

Además de la amistad con Manet, lo que marcó la obra de Degas fue una pérdida de la visión progresiva e imparable, algo que moldeó su carácter y le enfrentó con sus colegas impresionistas. Fue uno de los miembros fundadores, pero también uno de los que no parecían estar del todo de acuerdo con lo que ellos mismos estipulaban. Pocas veces pintó a 'plein air'. Pocas veces utilizó la mancha impresionista. "Ningún arte fue menos espontáneo que el mío. Lo que hago es el resultado de la reflexión y del estudio de los grandes maestros. Inspiración, espontaneidad, temperamento. Yo no sé nada."

Mujer mirando a través de unos prismáticos (1875) custodia la exposición desde la primera sala para mostrarnos las intenciones del pintor; un artista que observa detenidamente sin llegar a ser observado. El perfecto voyeur que crea un mundo privado del que parece no formar parte. Obsesionado con la evolución de su propia técnica, Degas logró captar hasta el más infinito de los movimientos. Las bailarinas experimentan con el paso de los años una abstracción clara, quizás a causa de la ceguera. En estos últimos años las moldea a la manera de Gauguin en las formas, dándole más importancia ahora a la bandeja cromática. Él lo llamó "la orgía del color".

Edgar Degas fue un pintor conservador en las formas que prefería mantenerse alejado de los focos de las grandes exposiciones y toda la publicidad que el grupo hacía de sí mismo. Fue acusado de realizar cuadros provocativos, excesivos en su sexualidad. Esas discrepancias y las acusaciones de antisemita llevaron al pintor al aislamiento. La soledad perpetuada del artista en el estudio, ampliando las imágenes y aplicando tonalidades casi fluorescentes en cuadros que nos avisan ahora de una pérdida de visión que en su momento también sufrieron artistas como Claude Monet o Mary Cassatt. por, quizás, haber observado todo lo que se puede observar en medio de un mundo en constante ebullición.

En Drawn in color. Degas from the Burrell podemos ver a un artista convertido en un voyeur complicado y tentador; místico en la evolución de sus piezas junto a esa pérdida de vista que nos acerca más a sus personajes y a su propia intimidad. Un pintor centrado en la síntesis. En lo importante, en la memoria, en los recuerdos. Edgar Degas nunca se casó y pasó el final de su vida solo, casi ciego, rodeado de lienzos y quizás con la visión permanentemente anclada en aquellas mañanas cruzando los pasillos del Louvre.

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