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Del divisionismo al...

Notodo Notodo 22/03/2016 Irene Galicia
Imagen principal del artículo "Del divisionismo al..." © La Fábrica 2014 @ Imagen principal del artículo "Del divisionismo al..."

Cuando a finales de 1886 los franceses inventaron el puntillismo a base de minúsculos toques de colores puros que solo se podían contemplar desde la distancia, los artistas de la recién unificada Italia crearon el divisionismo. Era la versión nacional del puntillismo y a su vez la raíz de los movimientos que explican su participación en la historia del arte del siglo XX a través del futurismo y la abstracción. No obstante, el divisionismo posee cualidades formales que lo separan del inocuo cromoluminismo francés, eso sin mencionar que los artistas que practican el divisionismo son inconformistas sociales, frecuentemente vinculados al anarcosindicalismo, mientras que los puntillistas carecen de intención social alguna.

Por otra parte, si nos fijamos en la técnica también encontraremos diferencias sustanciales: las pinceladas de los divisionistas son más largas y gestuales que los puntos empleados por los puntillistas, resultando unas composiciones más dinámicas que se acercan a los postulados de los futuristas; esta es precisamente la tesis de esta exposición: mostrar cómo desde el divisionismo los pintores italianos encuentran un camino que pasa por el simbolismo para desembocar en la idea marinettiana de que un automóvil es más bello que la Victoria de Samotracia. El futurismo es, pues, una costilla del divisionismo, no se trata de mirar a Italia, sino de ver cómo en Europa se recorre un camino compartido hacia el mundo moderno.

La muestra presenta a los principales protagonistas de este movimiento, entre los que se encuentran Giovanni Segantini, Giuseppe Pellizza da Volpedo o Angelo Morbelli; artistas que hicieron convivir ambas tendencias en un particular equilibrio de representación entre lo verdadero y lo simbólico. El divisionismo en realidad se trata de un impresionismo radical, en cierto modo disidente, que lleva a las últimas consecuencias las teorías científicas sobre el color y la luz de Chevreul. Con su nueva visión de la modernidad rompe con el academicismo, realizando obras pintadas al aire libre de vistas alpinas y praderas con ovejas pastando. Pero estas imágenes en las que reina la paz evolucionan radicalmente hacia los temas sociales que preocupaban entonces a la sociedad italiana con una influencia simbolista centrándose en los temas universales: los misterios del tiempo, de la vida, del amor y de la muerte.

La última parte de la exposición se centra en el nacimiento del futurismo, que con su hambre de ruptura con todas las iniciativas surgidas en vísperas de la Primera Guerra Mundial, supone un canto a la violencia y a la velocidad de las máquinas. El dinamismo es la esencia de esta nueva pintura: ya no se intenta captar un momento de la vida, sino una exasperada proyección hacia el futuro; uno de los aspectos más llamativos del futurismo es, en suma, lo veleidoso, que se enmascara de triunfalismo para rechazar el mito de la derrota propio de cierto romanticismo y del decadentismo. De todo ello deriva un lenguaje que pretende situar al espectador en el centro del cuadro, siguiendo con la técnica divisionista como medio fundamental para la elaboración de esta nueva visión. Ya lo dijo Giovanni Segantini: “Nosotros somos la última luz de un ocaso y seremos, tras una larga noche, el alba del porvenir”.

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