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Del siglo XIX al siglo XXI

EL PAÍS EL PAÍS 19/06/2014 Rosa Montero

Los dolores se olvidan. El instinto de supervivencia hace que se nos desdibujen en la memoria los dolores físicos, pero también los sociales. A veces, leyendo un periódico de los años de plomo del franquismo, me doy cuenta de que se me ha olvidado lo que fue. La inimaginable mediocridad en la que se vivía, la permanente, atosigante tutela de la dictadura. Era como tener un padre autoritario, maltratador e idiota amargándote la vida. Prohibiéndote leer libros, ver películas, darte un beso con alguien por la calle, expresar en voz alta tus ideas. De esa profunda miseria salíamos cuando Juan Carlos fue proclamado Rey.

Por entonces, en los primerísimos momentos de la Transición, había un país oficial y otro real y los ciudadanos nos las apañábamos como podíamos. Por ejemplo, no se vendían anticonceptivos libremente, pero en las grandes ciudades siempre había algún médico enrollado que te los recetaba “por salud”. Tampoco existía el divorcio, por supuesto, pero la gente con dinero y buenos abogados pagaba al tribunal eclesiástico de la Rota y conseguía nada más y nada menos que la anulación del matrimonio católico (prácticamente el único que existía). Yo fui testigo en un par de esos juicios: vivíamos en la apoteosis de la hipocresía. El aborto, claro, también estaba totalmente prohibido; las mujeres con dinero, como siempre, iban a Londres; las otras abortaban aquí con carniceros. Tuve que llevar al hospital a una amiga medio desangrada por esa causa. La salvaron, pero amenazaron con denunciarnos y, agonizante como estaba, le soltaron una pomposa perorata sobre su indecencia. Así se vivía y casi se moría en España cuando Juan Carlos subió al trono.

Hasta el 20 de mayo de 1975, es decir, hasta seis meses antes de la proclamación del Rey, las mujeres casadas no podían trabajar sin el permiso del marido, no podían sacarse el pasaporte, abrir una cuenta del banco, comprarse un coche sin el permiso del marido. Era una sociedad terriblemente machista. Y era también una sociedad asustada. Todos teníamos el miedo metido bajo la piel, una sensación permanente de indefensión. Acostumbrados a la total arbitrariedad de la dictadura, pasábamos con susto al lado de un policía o un militar, temiendo ser maltratados o detenidos, sintiéndonos poco menos que delincuentes. Ese es uno de los cambios más profundos y potentes de los 39 años transcurridos: ahora los ciudadanos conocen sus derechos, no están dispuestos a callarse ni a dejarse pisar. Y hoy la Guardia Civil, la Policía y las Fuerzas Armadas son las tres instituciones más valoradas por los españoles. Yo esto lo considero un formidable logro de la civilidad; para ello hace falta haber perdido el miedo, y saberse libres, y confiar en los mecanismos del Estado y en la Justicia, y estar razonablemente al mando de tu propia vida. Y en eso consiste, precisamente, la democracia. La España de hoy afronta problemas críticos, con dos millones y medio de nuevos hambrientos, una desconfianza feroz en los partidos y un Gobierno reaccionario que está pegando hachazos a los logros sociales. Pero es un país estructuralmente democrático, infinitamente menos sexista, más maduro, más libre, más moderno. Cuando subió al trono Juan Carlos vivíamos aislados de nuestro entorno y nuestro tiempo, éramos una anomalía, un país del siglo XIX; ahora, con Felipe, estamos en el siglo XXI y plenamente integrados en Europa. Claro que Europa está fatal, pero esa es otra historia.

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