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Delante y detrás de la cámara

La Vanguardia La Vanguardia 02/06/2014 Pere Solà Gimferrer

Hay comedias que no se distinguen de aquello que se emitía en los años noventa y, sin embargo, las hay que son obras totalmente transgresoras. Los veinte minutos del formato norteamericano pueden servir para buscar de forma histérica las carcajadas del público o pueden ser un vehículo para contar algo más, un punto de vista personal. Por ejemplo, ¿quién conocía a Louis C.K., aparte de los habituales que acudían a sus monólogos en Estados Unidos? Pues este señor calvo con sobrepeso y actitud gris es el hombre de moda gracias a Louie, la comedia que él mismo escribe, dirige, produce, monta y protagoniza. Esta es la nueva moda de la televisión: si tienes una voz que brilla por encima de las demás, exprésate delante de las cámaras.

La descripción física de Louis C.K. puede sonar un tanto superficial, pero él se describe así. Es consciente de su físico, de los eufemismos que se emplean en sociedad y él lo aprovecha para ser ácido y certero. Es un padre de familia decente, es un fiel onanista y tiene predilección por las mujeres excéntricas. Probablemente antes no le quedaba otra opción, como explica en su serie, pero cada vez debe de tenerlo más fácil. Los hombres de carreras triunfales suelen tener donde elegir y él colecciona Emmy, es un improbable chico de portada y sorprendió a la industria cuando se gestionó la venta doméstica de un monólogo grabado y ganó un millón de dólares en doce días. Hasta Woody Allen le reservó un papel en Blue Jasmine y David O. Russell en La gran estafa americana, a pesar de que en Louie se ría de su falta de talento como actor.

En su vehículo, sin embargo, está bien porque es su obra y se interpreta a sí mismo. Utiliza e inventa anécdotas que podrían parecer absurdas hasta que llega el momento de claridad. Es humor antropológico. Puede analizar el papel de la mujer obesa en sociedad, tener una conversación imaginaria con Osama bin Laden, contar lo que significa ser padre soltero, invertir papeles sexuales con Melissa Leo (y que prácticamente le viole) y entrar en el mismo terreno pantanoso del Funny games de Michael Haneke. Puede que esto no suene muy cómico, pero Louis coge sus minutos, elabora cápsulas conceptuales y se deja llevar.

Esta mentalidad no es única. La tan criticada como reputada Lena Dunham se enfrenta al mismo escrutinio cada vez que prueba algo distinto en Girls. A Louis C.K. le admiran por censurar los prejuicios hacia las mujeres obesas y a Dunham la vapulean por mostrarse desnuda en casi todos los episodios, como si no sacase a la luz la percepción social de los kilos de más. Pero, más allá de sus curvas, habla de un modelo de mujer, las chicas cosmopolitas. En su caso, habla de las de Manhattan pero también podrían ser de Barcelona. Por todas partes hay chicas a las que educaron para estudiar, sin tener en cuenta que quizá cuando saliesen de la universidad el mercado laboral no sería el de sus padres, y las juzga en la misma medida que las comprende.

Hannah, la protagonista que interpreta Dunham, es caprichosa, esnob y eternamente insatisfecha. Confundir vida y obra, cuando esa persona es la única responsable, es un arma de doble filo. Es el problema (según sus detractores) y la virtud (para los defensores) de abordar el discurso con una perspectiva tan realista. No se cura en salud como Ilana Glazer y Abbi Jacobson, las creadoras y actrices de Broad city, que comparten el mismo acento neoyorquino pero tienen la ventaja de tratar este mismo perfil desde la parodia. Ellas tienen mucho morro y venden la idea de que el universo les debe una buena vida en una de las ciudades más caras del mundo. Mismo punto de vista, otro tono.

Esta autoconciencia es clave para estos autores televisivos. Mindy Kaling, por ejemplo, se ha erigido como una Bridget Jones indioamericana en The Mindy project, tanto por su constitución ancha como por su desesperación a la hora de encontrar marido cueste lo que cueste. Y esta perversión entre vida y obra alcanza otro nivel con las británicas Emily Mortimer (The newsroom) y Dolly Wells, que han explorado su amistad en Doll & Em, imaginando una realidad donde Wells trabaja como asistente personal de Mortimer, que tiene una fructífera carrera como actriz. Un experimento tan cómico como tenso por su precisión a la hora de enfocar los celos entre amigas (¿realidad o ficción?) y que contó con la participación de rostros conocidos como Bradley Cooper y Susan Sarandon para poder ambientarla mejor en Hollywood.

Esta convivencia con obras más longevas como Curb your enthusiasm, del neurótico Larry David, y Colgados en Filadelfia, donde Charlie Day, Glenn Howerton y Rob McElhenney comparten planos y mesa en la sala de guionistas, invitan a contemplar la comedia televisiva con otros ojos. Ya no es el género de las risas, también es introspectivo y las barreras (ya sean conceptuales, temáticas y formales) sólo están para derribarlas en veinte minutos.

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