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Determinación y seriedad de Felipe VI

Logotipo de El Mundo El Mundo 03/10/2017 FRANCISCO SOSA WARNER
© Proporcionado por elmundo.es

En estas horas tan tristes para España se echaba de menos la voz de Don Felipe pues no olvidemos que, según el artículo 56.1, «el Rey es el Jefe del Estado, símbolo de su unidad y permanencia, arbitra y modera el funcionamiento regular de las instituciones...».

Configurado pues como un Monarca moderno sujeto a la observancia de la Constitución, ha de limitarse a otorgar el respaldo final a las decisiones que adoptan los órganos constitucionales. Pero cuando surgen situaciones que afectan gravemente a las bases mismas de nuestro sistema político, que ponen en riesgo los fundamentos sobre los que se asienta la convivencia de los españoles y sus esferas de libertad, dignidad e igualdad, entonces su figura adquiere un realce especial, realce querido expresamente por la Constitución al subrayar su condición de símbolo de la unidad y permanencia del Estado.

Es obvio que las autoridades de Cataluña han tomado decisiones tan alejadas de la Constitución, bajo cuyo cobijo ejercen sus funciones, que las convierten en un genuino golpe de Estado que ahora toma la forma, no del decimonónico pronunciamiento de un general, sino de un parlamento del que se han excluido, en el colmo de la desvergüenza, todas las voces discrepantes. Y así, por este medio inaudito, han convenido los facciosos la independencia del territorio cuyo gobierno tienen encomendado, iniciar un período constituyente y proclamar una República dando por sentado que ésta es la forma de Estado mejor y que más conviene a los catalanes.

Se comprenderá que tales desatinos no podían dejar indiferente al Monarca precisamente porque es el garante de la unidad y permanencia del Estado del que es Jefe. Y ésta es la razón por la que anoche se dirigió a los españoles, que le echábamos de menos, y en un discurso impecable descalificó con las palabras adecuadas la actitud de los sediciosos catalanes, a quienes ha acusado de «deslealtad inadmisible», de «socavar la armonía y convivencia en la propia sociedad catalana llegando desgraciadamente a dividirla», de «menospreciar los afectos y los sentimientos de solidaridad que han unido y unirán al conjunto de los españoles», y de «situarse totalmente al margen del derecho y de la democracia», expresiones duras pero que describen ajustadamente el comportamiento de unos gobernantes que se han bajado de la peana de la autoridad legal para bajar al lodo de la bandería que practica el trabucaire.

Dispone además de otro título Don Felipe para tomar la palabra en esta hora difícil de la democracia española y es el que deriva de «arbitrar y moderar el funcionamiento regular de las instituciones». «Arbitrar» significa «idear o disponer los medios, medidas o recursos necesarios para un fin»; y «moderar» es «templar, ajustar o arreglar algo, evitando el exceso».

Pues bien, ¿no son excesos execrables los insultos y las vejaciones que están padeciendo las fuerzas de seguridad del Estado en el territorio catalán, los atropellos a los símbolos nacionales, la denigración de todo lo que en un imaginario enfermo se considera «español», la desobediencia sistemática de las decisiones de los jueces, de los fiscales, del Tribunal Constitucional y del Gobierno por parte de las mismísimas autoridades?

Las palabras del Rey, dichas con determinación, se agradecen. Como se agradece que haya omitido cualquier referencia a la blandenguería del diálogo que al parecer es preciso practicar con unos políticos que han estado gobernando en su región de forma ininterrumpida desde que se restauró la democracia y que, además y por si fuera poco, han estado condicionando la labor de todos los gobiernos españoles sin excepción desde la primera hora. Por eso, insisto, orillar esta meliflua referencia es un ingrediente más de la seriedad de su discurso.

No nos engañemos: está en juego la integridad territorial de España, pero está en juego el entero edificio democrático. Porque es muy difícil que resista erguido un sistema en el que casi 100 diputados o bien están alejados de los valores constitucionales o bien están a lo suyo, a sus intereses territoriales. La combinación de estos elementos más la infidelidad del Gobierno catalán son suficientes para hacer temblar cualquier régimen político. Por eso quienes lo defendemos hemos de estar muy unidos y por eso se agradece saber que contamos con el apoyo del Rey Felipe VI.

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