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Devolver la ilusión en Alemania y reforzar la Unión Europea

Logotipo de El Mundo El Mundo 25/09/2017 PABLO R. SUANZES

El 17 de julio de 2014, la canciller alemana,

Angela Merkel

, celebró una fiesta por su 60 cumpleaños con cientos de invitados. Un evento sobrio, con comida norteña y pocos sobresaltos. Lo que la mayoría recuerda de aquella velada es el discurso que dio el orador invitado, Jürgen Osterhammel, historiador de la Universidad de Constanza y autor de la monumental obra 'La transformación del mundo. Una historia global del siglo XIX". Merkel leyó el libro, más de 1.500 páginas, el invierno anterior tras sufrir un pequeño accidente de esquí. Y le marcó profundamente.

Una década antes, cuando cumplió 50, el encargado del discurso en su fiesta fue el neurofisiólogo Wolf Singer. Muchos en Bruselas y Berlín han querido ver una evolución, una pequeña ampliación de miras, un paso desde la racionalización de la política y el orden hacia la globalización, la interconexión y el peso de la Historia. El libro de Osterhammel, un ambiciosísimo proyecto que mezcla a Braudel con Bayly y la sociología histórica, presenta un siglo amplio, rico, poco sujeto a la cronología. Del que nacieron "tradiciones como el liberalismo, el pacifismo, la noción de los sindicatos o del socialismo democrático que desde 1945 no hacían caducado ni caído en desgracia por completo".

Merkel abrazó una idea del tiempo y el espacio más amplia, multidisciplinar, nada determinista. La idea de que "Europa no se puede representar o comprender desde sí misma", sino desde la comparación. Y que viendo el resto del mundo, en el inicio del siglo XXI no nos va nada mal, y eso es gracias a la paz, la unidad y la cooperación.

En los últimos tres lustros, nada se ha hecho en Europa sin el apoyo, la aprobación o el consentimiento de Angela Merkel. La UE es más alemana que nunca desde su fundación. No se hace todo lo que ella quiere, pero poco se hace sin pasar por su oficina. Las grandes crisis se han resuelto en un despacho del Justus Lipsius, el edificio del Consejo, en Bruselas, con Merkel y tres o cuatro personas más. La canciller ha sido la figura decisiva. La que ha asumido la responsabilidad final y la que ha cargado con buena parte de las acusaciones y desprecios. La de egoísta, cortoplacista, demasiado intransigente o de pensar siempre y demasiado en el interés alemán, fueran cuales fueran las consecuencias para el resto.

© Proporcionado por elmundo.es

En Bruselas, las elecciones alemanas se han visto estos meses con mucha tranquilidad. A diferencia de lo ocurrido en Austria, Holanda o incluso Francia, no había un enorme peligro. O seguía Merkel o ganaba

Martin Schulz

, ex presidente del Parlamento Europeo y todavía más en sintonía con el proyecto comunitario. Ambos entienden el continente y son europeístas, pero uno de corazón y la otra, más bien, de cabeza.

Alemania es el único país de la UE que tiene una idea de Europa muy clara, una hoja de ruta y un ejército de funcionarios, diplomáticos y políticos consagrados a lograrla. A su ritmo, a su modo, pragmática, sin florituras o una narrativa época y emocional. Escarmentada por los errores económicos (como la entrada en el euro de economías no preparadas), dispuesto a no tolerar más integración hasta garantizar que los riesgos han desaparecido o disminuido. Nadie más (salvo Francia, pero una escala mucho menor) tiene o busca algo parecido. Cada país tiene muy claro su lugar, lo que mejor les conviene, pero no un plan para el resto. Perfilan su encaje, no el marco.

Para la próxima legislatura germana Bruselas tenía grandes planes. Los últimos seis meses han sido de 'impasse'. Todo estaba parado hasta ver por cuánto ganaba Merkel y qué Gobierno lograba. Su defensa pública del

nuevo eje franco-alemán

, las pequeñas concesiones sobre una reforma de la gobernanza de la Eurozona, el reconocimiento de que era necesario algún tipo de paso al frente tras el

Brexit

estaban hipotecados al resultado del 24 de septiembre. Y éste no ha sido nada bueno para las aspiraciones comunitarias.

El recuento de ayer deja varias consecuencias directas para la UE. La primera, que la formación de una coalición (jamaicana o no) va a llevar más de lo que se preveía, y es probable que no haya Gobierno hasta finales de año. Por lo que cualquier reforma de calado en la Unión Europea tendrá que esperar. No habrá empuje y el gran plan para la UE que

Emmanuel Macron

propondrá el martes, en la Sorbona, se arriesga a nacer muerto.

El segundo elemento es que en esa coalición no va a estar la SPD (con una visión proeuropea muy definida y más en línea con la de las instituciones de Bruselas), y probablemente sí los liberales del FPD, muy críticos con la Comisión, opuestos a un Fondo Monetario Europeo y partidarios de la ortodoxia fiscal y de una contundencia total como países como Grecia, para los que considerar que la salida del euro sigue siendo la mejor opción.

El tercero, que esa distribución de fuerzas puede costarle el puesto a ministros clave. Los Verdes deberían exigir cargos como el de Exteriores, y todo apunta a que los liberales van a pedir el que durante estos años ha ostentado el todopoderoso Wolfgang Schäuble. El ministro de Finanzas, que acaba de cumplir 75 años, quiere seguir y completar su plan de Gobierno del euro, pero la posición es demasiado jugosa.

"Hemos dejado abierto el flanco derecho"

La cuarta es que la primera lectura de los analistas fue la que hizo el ministro presidente bávaro, Horst Seehofer: "Hemos dejado abierto el flanco derecho y lo han aprovechado nuestros rivales". Merkel ha defendido a capa y espada su política migratoria, la acogida de cientos de

miles de refugiados

, y le ha costado caro a su partido. Las acciones generan reacciones, y con los socialdemócratas machacados en las urnas, la tentación conservadora será evidente. En casa y en lo que respeta a Europa se refiere. Estos años su vida parlamentaria ha sido muy plácida. Ahora tendrá que hacer frente a un SPD en reconversión y a la extrema derecha, encantada en su debut en el Bundestag. "Bravo por nuestros aliados por un resultado histórico. Un nuevo símbolo de la rebelión de los pueblos europeos", festejó

Marine Le Pen

, evocando la cumbre de Coblenza de hace unos meses con todas las fuerza euroescépticas y de derecha.

La quinta lectura es que el dinero no es suficiente. Alemania es la economía más fuerte de Europa. No tiene apenas desempleo, crece envidiablemente, goza de un superávit descomunal, un liderazgo estable, pocos escándalos y marca el paso. Y aun así, un porcentaje preocupantemente alto de ciudadanos se han decantado por

Alternativa por Alemania (AfD)

. Merkel sobrevivió a la crisis, prácticamente la única primera ministra o presidenta en toda Europa, en los tiempos más duros. Ha vuelto a ganar, es la política más popular y la 'Kohls Mädchen' ha igualado a su mentor, pero también ha perdido parte de la capacidad de ilusionar y de convencer a los suyos. Y eso reduce su crédito político para grandes apuestas a nivel continental, sobre todo cuando la preocupación por el islam y la inmigración aumenta en las encuestas.

Desde Bruselas lamentan que ella siempre hace lo correcto, tras intentar primero todo lo demás. En la crisis económica, apretó hasta asfixiar, a Grecia, Portugal o España antes de ayudar. En la crisis de refugiados, tras vacilar, dio una lección de valor y perspectiva, pero tras sembrar el caos y provocar problemas gigantescos a la mayoría de sus vecinos. Max Weber, hace un siglo identificaba tres cualidades en el político ideal: pasión por su casa, una ética de la responsabilidad y mesura o sentido de la medida (Augenmass). Merkel, como el padre de la sociología, ve en el temple la clave para el Gobierno de Europa, no entendida como "una virtud intelectual, sino como el hábito de saber guardar las distancias, sin perder la tranquilidad a pesar de las múltiples presiones de la realidad y de los hombres", en las palabras de Manuel Toscano.

La presión sobre Merkel, a la que algunos quieren coronar como "líder del mundo libre", es fuerte. El

Brexit

, las dudas sobre el vínculo transatlántico y la crisis de refugiados han dejado muchas heridas y dudas. Hay amenazas para el proyecto comunitario desde Polonia y Hungría, desde el populismo y el protofascismo, desde los enemigos del euro a los intoxicadores de Moscú. Algunos temen y muchos quieren su fracaso. Su deber, su legado de la canciller, es el de devolver la ilusión y reforzar la unión. Ser un líder no es otra cosa que gestionar esperanzas. Y como decía precisamente Weber, "en política todo lo que no es posible, es falso".

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