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Diario de campaña en Irak

EL PAÍS EL PAÍS 13/04/2014 Miguel González

El soldado Cazorla dio un respingo cuando vio el vídeo difundido en marzo del año pasado por EL PAÍS. Tres militares españoles patean a dos prisioneros tirados en el suelo de un cuartucho de paredes encaladas iluminado solo por la luz amarillenta de una bombilla. Desde la puerta, otros dos les observan y un sexto filma la escena. Nunca había visto esas imágenes, pero las reconoció de inmediato. No necesitaba identificar sus rostros difuminados ni distinguir sus insignias y galones para saber quiénes eran: sus compañeros.

Aquella tarde del invierno de 2003, dos iraquíes se habían acercado con un burro a la entrada de Base España, en Diwaniya. Muchos vecinos de la zona acudían al cuartel general de la Brigada Plus Ultra, de la que formaban parte 1.300 soldados españoles, para realizar pequeños trabajos o vender sus mercancías. Las que se suponía atiborraban los fardos que cargaba el animal con paso vacilante. Pero a la patrulla que en ese momento regresaba al cuartel y que venía justo detrás de ellos le resultó sospechoso que los iraquíes se fueran separando del burro a medida que se acercaban al control de entrada. “¡Cuidado!”, gritó uno de los soldados. Los centinelas se llevaron a los iraquíes para dentro. El animal se quedó solo, vigilado a prudente distancia por los militares. Los artificieros le pusieron un cebo. Horas después, aún podían encontrarse esparcidos por la zona pedazos ensangrentados de la desgraciada bestia.

La foto, tomada en Irak en 2004, pertenece al álbum personal del soldado Cazorla. La foto, tomada en Irak en 2004, pertenece al álbum personal del soldado Cazorla.

“Cuando vi el vídeo, me quedé impactado. ¿A qué vino esa paliza? No lo entiendo. La insurgencia no había herido ni matado a ninguno de nosotros; de la Legión, quiero decir. Pero es verdad que la gente estaba un poco quemada, por decirlo suave. Todos los marrones nos tocaban a los mismos: las guardias nocturnas, la Nochebuena, el Año Nuevo, aparte de las patrullas diarias. No lo justifico, pero si vienen a ponerte una bomba en tus narices...”.

Esa noche, el soldado Cazorla estaba de guardia en una de las garitas que jalonaban el perímetro de la base. La noticia se la dio un compañero: “¡A los que están ahí dentro les han dado una manta de hostias! Por lo visto, hay un vídeo y todo”. Al principio, no se lo creyó: “No puede ser, se han quedado contigo”. Pero cuando, horas después, se cruzó con el autor de la filmación, no pudo resistir la curiosidad: “Quillo, ¿es verdad eso?”. “¿Quién te lo ha dicho?”, le espetó el otro. “Nada, lo que se comenta entre los compañeros”. Diez años después, mueve la cabeza al recordarlo: “Era uno de mis mejores amigos. Nunca se había puesto tan serio conmigo”.

Ya de madrugada, Cazorla acudió al cuerpo de guardia, donde los soldados aprovechaban para descansar. Había nevera y cafetera. En el edificio contiguo estaban las celdas. Eran cuatro, pero dos estaban en condiciones tan penosas que no podían utilizarse. Se accedía al llamado centro de detención directamente desde la calle. Salió a fumar un cigarro y se puso a charlar con los soldados que lo custodiaban. No le costó demasiado convencerles de que le dejasen pasar. “Será un minuto, echar un vistazo”. No había llave, ni candado. Las celdas estaban cerradas por fuera con un pestillo. Cuando abrió la mirilla del primer calabozo, pudo distinguir en la penumbra a dos hombres tirados en el suelo, de unos 25 o 30 años, con barba. “Se acurrucaron contra la pared, estaban asustados como perrillos”. Fueron solo unos segundos. Luego se asomó a la otra celda. “El prisionero me miró fijamente, no parecía que lo hubieran tocado, pero tenía miedo, claro, había oído los gritos y los golpes en la habitación de al lado”. Cazorla entró con su arma cargada. Podría haberlos matado o golpeado. Cualquiera pudo hacerlo.

¿Quién sabía lo que pasó? “Todos los compañeros nos enteramos. El capitán, seguro que no, porque era muy estricto y no lo hubiera dejado pasar. Otros mandos no lo supieron o prefirieron mirar para otro lado”.

Al día siguiente, a mediodía, dos de los protagonistas del vídeo fueron a buscarlo. “¿Quién te lo contó? ¿Cómo lo sabes?”, le interrogaron. Cazorla se los quitó de encima. “Como se te vaya algo de la boca, te vamos a dar una que ni tú mismo te vas a conocer”, le amenazaron. “Yo sabía muy bien cómo pegaba uno de ellos. Y pegaba fuerte”, recuerda. “De mi boca no sale una sola palabra’, les dije. Hasta el día de hoy”.

“El comandante de la Guardia Civil Gonzalo Pérez García salió aquel 22 de enero a una misión de instrucción con la policía iraquí. A los soldados que le escoltaban les dijo que se volvieran, ya los agentes locales le protegerían. Todavía no habían llegado a la base cuando nos avisaron de que al comandante le habían pegado un tiro en la cabeza. El capitán nos ordenó salir a buscar a los que habían hecho eso. De inmediato partió la primera sección, pero la zona era demasiado grande. Hora y media después le siguió la segunda, y en 15 o 20 minutos, la tercera, que llevaba los morteros. En total, 90 legionarios por lo menos.

Montamos sobre la marcha un control de carretera, y un vehículo no se detuvo cuando le dimos el alto. Era un coche blanco y destartalado. Dos BMR [blindado medio sobre ruedas] salieron en su persecución. Empezaron a disparar con las armas ligeras y luego con la [ametralladora] Browning de 12 milímetros. Quedó hecho un colador. Nos hartamos de pegarle tiros, pero no se detenía. ¿Cómo se iba a parar? Si a mí me disparan, también salgo zumbando. Al final, yo creo que el conductor estaba muerto y el coche andaba por pura inercia, hasta que subió un escalón y fue a empotrarse con la valla de una casa. ¿Por qué sé que era el asesino? Porque en el coche hallaron pruebas: armas, explosivos, la pistola con la que mataron al comandante de la Guardia Civil... y un carné de la policía iraquí. Eso nos contaron”.

Una tarde de finales de enero, la compañía recibió la orden de disolver una concentración ante la sede de un partido religioso. Antes de salir hacia Irak, en su base de Ronda, los legionarios habían recibido instrucción específica sobre cómo actuar ante una concentración de masas. Aprendieron a usar escudos y porras como las unidades antidisturbios de la policía. Pero en Diwaniya no tenían ese material, solo armamento de guerra. Al llegar al lugar señalado se encontraron con unos 300 manifestantes; entre ellos, mujeres y niños, a los que usaban como escudos humanos. “Antes de que nos diéramos cuenta, bloquearon las salidas, pusieron francotiradores en los tejados y empezaron a disparar, Nos metimos dentro de los BMR y aguantamos la lluvia de tiros”, recuerda Cazorla.

“Por la escotilla pude ver cómo el cabo apuntaba a un iraquí y le gritaba que dejara el Kaláshnikov en el suelo. Afortunadamente, le obedeció. Pero en ese momento una granada RPG-7 pasó silbando entre los dos BMR y el capitán nos gritó que abriésemos fuego con todo lo que lleváramos. No sé cuánta gente murió. Aparecieron dos helicópteros Apache y uno de ellos echó un edificio abajo porque estaban disparando desde la terraza”.

“Un coche cruzado en la calle nos bloqueaba el paso, creímos distinguir a un hombre dentro. Nuestro conductor, muy nervioso, preguntó al sargento, y el sargento al capitán: ‘¿Qué hacemos?’. Y este contestó: ‘¡Pasa por encima! ¡Vámonos de aquí cagando leches!’. A toda pastilla arrollamos al vehículo. Una rueda del BMR se pinchó, pero era la única salida”.

El 14 de abril de 2004, el soldado Cazorla subió al convoy que le llevaba a Kuwait, primera escala de la vuelta a casa. Al llegar a España, se enteró de que el recién elegido presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, había anunciado la retirada de las tropas españolas. Pero para él la guerra ya había quedado definitivamente atrás.

Durante 10 años no ha pensado mucho en aquello. Solo conserva de entonces una medalla que daban a todos los soldados que habían servido en Irak y algunas gastadas fotografías. Hasta que el vídeo de EL PAÍS le hizo rememorar la pesadilla.

El soldado Cazorla (nombre supuesto) ya no está en la Legión. Un accidente en acto de servicio frustró la carrera militar en la que se dejó juventud y salud. Tampoco la mayoría de sus antiguos compañeros siguen en el Ejército. Muchos engrosaron la cola del paro y los más afortunados acabaron en la Guardia Civil. “¿A qué vino aquella paliza? Yo estuve allí y no lo entiendo. ¿Cómo va a entenderlo usted?”.

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