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Diego López contra la leyenda

EL PAÍS EL PAÍS 12/04/2014 Diego Torres

Paradela es un villorrio confundido entre montes de castaños, robles y acebos al norte de la sierra de Careón, en Lugo. Los folletines turísticos de Galicia advierten que el paraje vivió su época de esplendor en torno al periodo menos documentado de los últimos 2.000 años, en el siglo IX, al amparo de un par de monasterios “cuyos monjes se regían por las reglas de san Fructuoso”.

El núcleo urbano, habitado por unas 300 personas, experimenta un lento declive demográfico. La vida social de los parroquianos se concentra en establecimientos como el bar Xesma, sede de la peña Diego López, y, consecuentemente, reducto diegolopista por excelencia. Es lo natural. Diego López, además de portero del Real Madrid, es el ciudadano más destacado de Paradela desde el abad Pradomao.

Hace unos días sonó el teléfono en el bar y una señora de voz enérgica se puso al aparato. La llamaba este periódico para pedirle que describiera la clase de actividades que desempeñaba la asociación para seguir al ídolo.

—Si es para darle caña, no hablaré —dijo.

—¿Quién le da caña?

—¡La prensa! Quieren destruirle. ¡Ni que fuera Bin Laden! Su familia y sus amigos estamos sufriendo muchísimo.

—¿Usted cómo se llama?

—No diré nada. ¡No quiero echar más leña al fuego!

Paradela es un pueblo angustiado por un portero angustiado. Pero Diego López nunca se habría encontrado en esta situación si el entrenador que le promocionó no le hubiese utilizado para destruir a su compañero, Iker Casillas.

Casillas es el hombre que levantó la Copa del Mundo en 2010. Estaba llamado a ocupar el santuario que en el imaginario colectivo de las aficiones integran monumentos como Moore, Maradona, Zoff, Beckenbauer o Pelé, fundadores todos ellos de una mitología nacional. En España, sin embargo, Casillas se convirtió en algo parecido a un maldito. Enfrentado a José Mourinho, el entrenador más poderoso y déspota que ha pasado por Chamartín, el portero fue víctima del sofisticado aparato de propaganda de sus jefes. Le acusaron de traidor, de conspirador, de filtrador. Los socios que creyeron el relato abrazaron a Diego López como a un salvador.

“Nadie se explica cómo pude salir de un pueblo escondido de Lugo y llegar adonde estoy”, dijo Diego López en La Voz de Galicia, coincidiendo con su etapa más brillante, cuando jugaba para el Villarreal, en 2009.

Los años dorados del Villarreal habían pasado y López languidecía en el banquillo del Sevilla en enero de 2013, cuando lo llamó Mourinho para cumplir una doble misión: ser portero del Madrid y relevar a Casillas, aprovechando que se había roto una mano. López hizo un trabajo correcto. Sin embargo, la temporada se cerró con uno de los fracasos más sonados de la historia del club. Sin títulos y a la gresca. La marcha de Mourinho en el verano pasado dejó una herencia de división en el vestuario y en la masa social cuyo símbolo fueron los porteros.

El presidente, Florentino Pérez, manifestó a algunos medios de comunicación —siempre fuera de micrófonos— que él consideraba que debía jugar Casillas porque era el mejor. No faltan colaboradores presidenciales, sin embargo, que apuntan a una maniobra en la sombra para promover un relevo discreto, sin coste político, en un puesto que hasta entonces había pertenecido a una leyenda. Según estos testimonios, Ancelotti, el sucesor de Mourinho, no es más que un eslabón en la larga cadena de decisiones. A ningún empleado del club se le escapa que Casillas nunca gozó del aprecio personal de Pérez. Si los méritos de López hubieran estado tan claros, la hinchada no se habría dividido como lo hizo: la mitad del Bernabéu apoyó a Casillas mientras los extremistas del fondo sur le insultaban. Nunca en la historia del Madrid hubo un enfrentamiento más acusado entre hinchas. Se pitaban y se reprobaban, cada uno desde su bandería. De un lado, los casillistas, o los antimourinhistas, o los seudomadridistas, y del otro, los diegolopistas o los mourinhistas.

Los porteros Diego López e Iker Casillas durante un entrenamiento la semana pasada en la ciudad deportiva del Real Madrid. © EFE Los porteros Diego López e Iker Casillas durante un entrenamiento la semana pasada en la ciudad deportiva del Real Madrid.

Casillas fue objeto de manifestaciones de ultras que acudieron a increparle a las puertas del Bernabéu y de los hoteles donde se concentraba. Alarmado ante la escalada de difamaciones contra su capitán, el seleccionador español, Vicente del Bosque, salió a escena para defender públicamente a Casillas en mayo del año pasado. “Iker es uno de los nuestros”, dijo.

Las palabras de Del Bosque parecían prudentes y solidarias. Pero entonces saltaron a escena los políticos. José Manuel Mato Díaz, el alcalde de Paradela, del PP, se sintió agraviado y envió una carta al seleccionador acusándole de faltar al respeto a Diego López por razones que no acabó de especificar. La larga misiva, que se publicó en el diario Marca, comenzaba así: “Ilustrísimo Sr. Marqués (…): Tiempo atrás dijo: ‘Iker Casillas es uno de los nuestros’. Una vez más cometía una falta de respeto hacia Diego López al no nombrarlo. ¿No era nadie? ¿Quiénes, cuántos y por qué son ‘el grupo’? ¿Son etnia, familia, secta, tribu, banda, pandilla o clan…?”.

Como tantos diegolopistas, Mato afirma que su ídolo debería ser el portero titular de España. Pero el sentimiento de discriminación parece infundado. Casillas conquistó dos Champions, cuatro Ligas, una Copa del Rey, una Copa Intercontinental, dos Eurocopas y un Mundial, mientras que López no tiene trofeos. Solo su abnegada dedicación a un oficio que practica con pulcritud.

El correr de los últimos meses ha enfrentado a los porteros a una realidad tan irregular como sus condiciones. Cada vez que le han permitido jugar, Casillas, el genio natural, se ha engrandecido, salvando al Madrid en las situaciones críticas, como si además de su poder mental y técnico lo amparase la buena fortuna. López, por el contrario, en los momentos decisivos ha dado síntomas de vulnerabilidad. Sin poder frenar la rueda del karma, el vecino de Paradela es un hombre común enfrentado a un destino descomunal. Con el mourinhismo en regresión, el público del Bernabéu ha acabado vigilándole con celo: cada vez que falla, le pitan como a un reo.

Florentino Pérez ha ofrecido todo su respaldo a López. El portero sabe que cuenta con el apoyo institucional. Manuel García Quilón, su agente, suele decir que nunca vio a un futbolista mejor dotado para el equilibrio psíquico. En público, López se muestra insondable. En privado manifiesta que siente que la opinión pública no reconoce sus valores con la vehemencia que celebra los de Casillas. No comprende la pasión que desencadena su contraparte. Los peñistas de Paradela tampoco entienden la irracionalidad cuando es ajena.

La histeria colectiva parece generalizada. No se libran ni las instituciones. Mato Díaz, que hace años nombró a López hijo predilecto de Paradela, declina la propuesta de participar en un reportaje que explique al futbolista y su circunstancia. Su secretaria, gentil, remite entonces al bar Xesma, en donde siempre hay, al parecer, gente dispuesta a ensalzar al hombre. Pero ahí, en el seno de la peña, se han atrincherado.

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