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Diez años después del estallido (IV)... Italia: el eterno enfermo de Europa "no es la oveja negra"

Logotipo de El Mundo El Mundo 04/10/2017 SORAYA MELGUIZO

Diez años después de la gran recesión, Italia permanece estancada. El PIB aumentó en el segundo trimestre de 2017 un 0,4%, sin embargo, el nivel sigue siendo inferior al registrado en el mismo periodo de 2010.

Italia

crece de manera continua desde principios de 2015, pero lo hace por debajo de la media europea.

La inestabilidad política

y la crisis del sector bancario están pasando factura. A pesar de ello, Bruselas estima un crecimiento del 1,1% para 2018, pero el desempleo -especialmente el paro juvenil que roza el 40%- pesan en la balanza final. ¿Qué ha hecho el país durante la última década?

© Proporcionado por elmundo.es

El inicio de la recesión coincidió en Italia con la llegada al poder, por tercera vez, de

Silvio Berlusconi

. Era 2008. Ese año la economía italiana se contrajo un 1% como consecuencia de la caída de las exportaciones y el consumo, mientras la deuda pública aumentó. Pero la prima de riesgo todavía era un concepto lejano en el lenguaje popular. Hasta que llegó 2010 y el diferencial entre el interés del bono italiano a 10 años y el bund alemán pasó de 75 a 185 puntos.

Nada grave, de momento, para el ejecutivo de Berlusconi. «Los italianos están bien, los restaurantes están llenos y los hoteles completos». El optimismo de Silvio Berlusconi durante la reunión del G20 en noviembre de 2011 tuvo los días contados. Pocas semanas más tarde, el entonces primer ministro italiano tuvo que dimitir de su cargo, arrastrado por sus escándalos sexuales y, sobre todo, por la crisis. ¿Crisis? ¿Qué crisis? El mantra del ex cavaliere no tuvo más remedio que enfrentarse con la realidad.

Los mercados financieros comenzaron a mirar con desconfianza al país transalpino en el verano de 2011. El gobierno de Silvio Berlusconi, desgastado por los innumerables escándalos que rodeaban al empresario, aprobó un plan de ajuste de hasta

79.000 millones de euros

. Para el Banco Central Europeo (BCE) no era suficiente y así se lo hizo saber a Roma en una polémica carta donde solicitó reformas estructurales «urgentes» para contener el déficit y la deuda pública.

Para entonces, la prima de riesgo italiana superaba por primera vez a la española y se situaba en los 400 puntos. Italia reacciona: aprueba más recortes y propone introducir el equilibrio presupuestario en la Constitución. Demasiado tarde. Un mes después, Berlusconi anuncia su dimisión como jefe del Ejecutivo y el presidente de la República, Giorgio Napolitano, nombra un nuevo gobierno técnico encabezado por el ex comisario europeo, Mario Monti. Bruselas intenta evitar a toda costa la caída de Roma porque el rescate de la tercera economía de la zona euro sería prácticamente inasumible.

Monti y su equipo de tecnócratas estuvieron al frente del Ejecutivo italiano sólo 13 meses. Los suficientes para recuperar la confianza de los inversores internacionales y conseguir tiempo extra para acometer las reformas, pero a costa de perder la confianza de los italianos. Monti aprobó un ambicioso plan de ajuste por valor de 30.000 millones de euros al que llamó Salva Italia, para que nadie olvidara la gravedad de la situación que atravesaba el país. Metió las tijeras en Sanidad, Educación y en la Administración Pública; dio luz verde a una polémica reforma laboral e introdujo cambios en el sistema de pensiones, que elevó la edad de jubilación a los 66 años. La palabra clave fue «sacrificio» y las lágrimas de la ministra de Trabajo, Elsa Fornero, durante el anuncio, fueron sólo un anticipo de lo que vendría después. En 2013 el desempleo alcanzó los tres millones, el doble que al inicio de la crisis.

Tras el breve paso de Enrico Letta (PD) al frente del Ejecutivo, su compañero de partido,

Matteo Renzi

, llega a Roma en 2014 con un objetivo: hacer frente a la política de austeridad impuesta desde las instituciones europeas, París y Berlín. Pero la crisis de las entidades financieras le explota nada más llegar. Renzi consigue aprobar una nueva reforma laboral con el voto en contra de parte de su partido y millones de italianos en las calles, pero prioriza las reformas políticas sobre las económicas. En diciembre de 2016 dimite, tras fracasar en su intento de reformar la Constitución. Mientras, la deuda pública no deja de aumentar y supera los dos billones de euros, el 130% del PIB. Su gestión de la crisis bancaria -rescate del Monte dei Paschi, entre otros- fue su gran lastre, según los analistas.

Según el informe Italia en cifras, elaborado por el Instituto de Estadística Italiano (ISTAT), Italia es hoy un país más pobre, donde existe mayor presión fiscal que hace 10 años y se ha multiplicado el número de parados. El consumo continúa estancado y los niveles de débito público y privado siguen siendo elevados. «La situación hoy es mucho peor que hace 10 años porque continuamos adoptando políticas de austeridad», dice Valerio Malvezzi, profesor de Economía en la Universidad del Piemonte Orientale y ex diputado de centro-derecha, a MERCADOS. «Aceptamos que nuestras entidades sean compradas por bancas extranjeras. Antes teníamos las finanzas al servicio de la economía ahora, al contrario». El actual primer ministro Paolo Gentiloni reconoció recientemente que Italia ha pagado caro la inestabilidad de sus gobiernos pero defendió que la crisis está superada. «Italia no es la oveja negra de Europa».

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