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Discográficas, músicos y YouTube: un triángulo de amor y celos

ABC ABC 26/09/2016 NACHO SERRANO
Imagen de un concierto de Lady Gaga tomada por un fan © YouTube Imagen de un concierto de Lady Gaga tomada por un fan

El pasado mes de junio, un millar de artistas (entre ellos Lady Gaga, Paul McCartney, Plácido Domingo, Alejandro Sanz o Joaquín Sabina) firmaron y enviaron una carta a la Comisión Europea reclamando una revisión «sostenible y justa» del uso que hacen plataformas como YouTube de su trabajo. «En un momento crucial de la música en el que el consumo está disparado», dice la carta, «nuestro trabajo está en peligro por el déficit de valor (value gap) provocado por servicios de alojamiento de contenidos como YouTube, que no nos remuneran con equidad».

Tras meses de deliberaciones y conversaciones con los diferentes grupos de presión, la Comisión Europea acaba de dar la razón a los artistas con una directiva que propone la creación de una nueva ley de propiedad intelectual que asegure una remuneración justa. De ser aprobada, esta ley obligaría a YouTube a fortalecer las medidas de protección de derechos, ya sea filtrando contenidos que tengan derechos de autor o pagando por su uso. Pero la cuestión es que eso ya se está haciendo.

El portal ha invertido 9 años de trabajo y 60 millones de dólares en el desarrollo del sistema YouTube Content ID, que gestiona el 98 por ciento de las reclamaciones por derechos de autor de manera efectiva. Cuando alguien sube un vídeo con música que no le pertenece, esta herramienta avisa inmediatamente al propietario dándole tres opciones: bloquear el vídeo, monetizarlo o simplemente monitorizar su actividad. Según datos de YouTube, la industria musical tiende a monetizar más del 95 por ciento de sus reclamaciones (menos del 4,5 por ciento de ellas presentan una política de bloqueo).

En el caso del contenido de audio, el sistema muestra una precisión superior al 99,7 por ciento. Detecta incluso las versiones caseras grabadas con una guitarra frente a la webcam, así como distorsiones del original en tempo, tono, volumen e incluso cambios de fase entre el canal derecho e izquierdo y viceversa. De esta forma, los propietarios de los derechos pueden generar ingresos sin hacer nada gracias a los audios subidos por los fans (incluidos samples, remixes o grabaciones actuaciones en directo). Además, estos contenidos son un potencial catalizador de la exposición de los artistas, y por tanto de las ventas de sus canciones.

Reacciones a la directiva de la CE

La industria musical ha reaccionado favorablemente al anuncio de la Comisión Europea, concluyendo que su propuesta «confirma que el usuario que sube contenido no debería ser capaz de operar por fuera de las normas de licencias». Son palabras de Frances Moore, director ejecutivo de la Federación Internacional de la Industria Fonográfica (IFPI), una organización internacional que representa a más de 1.300 compañías musicales y que estuvo haciendo presión hasta el día anterior de la publicación de la directiva, cuando emitió un informe que acusaba a YouTube de ampararse «en una legislación que no fue diseñada para regular este tipo de servicio».

Por el contrario, la vicepresidenta de Google (propietaria de YouTube) Caroline Atkinson asegura que «esto podría convertir Internet en un lugar en el que todo lo que se suba deba ser aprobado por abogados antes de que pueda encontrar una audiencia», lo cual repercutiría en un repunte de la piratería con toda probabilidad. YouTube incluso cuenta con el apoyo de la organización European Digital Rights, un grupo que defiende las libertades digitales: «La propuesta consiente a un pequeño número de intereses de grupos de presión, y esto podría obligaría a filtrar todos los contenidos que se suban desde Europa a Internet».

La posición de YouTube respecto a la directiva es clara, pero hay un detalle interesante: el consenso de Atkinson en torno a una de sus puntualizaciones. «Agradecemos que la Comisión demande más transparencia y una mayor compartición de datos entre artistas y propietarios de derechos, un paso importante para crear un mercado de derechos de autor más justo y efectivo».

Desde su lanzamiento en 2005, YouTube ha pagado unos 3.000 millones de dólares a los dueños de derechos de autor. Esto es, discográficas y editoriales en su mayoría. Pero, ¿cómo reparten éstas dichos ingresos entre sus artistas? ¿Están bien informados los músicos al respecto? ¿Han podido ser meros peones de una lucha que deberían haber librado únicamente los sellos, y no espontáneos movimientos de acción colectiva como la reclamación a la Comisión Europea liderada por Lady Gaga (o Taylor Swift, en el caso de la misma petición enviada al Congreso)? ¿Deberían reclamar a sus compañías, y no a YouTube? ¿Pretenden las discográficas recuperar el mercado perdido arañando al portal de vídeos?

Preguntamos a varios músicos sobre el asunto, y aunque el muestreo no sea muy amplio sí puede resultar algo revelador. Julián Hernández, de Siniestro Total, reconoce que «es un tema que tiene miga y que puede que tenga algo de cierto, porque desde que las discográficas no venden discos como churros tratan de coger pasta de otros sitios. Por ejemplo, si ahora quieres firmar con un sello te obligan a que les des un porcentaje de los conciertos». También comenta que «muchos grupos llevamos ese tipo de asuntos nosotros mismos, pero al final eso no repercute en más ingresos porque no tenemos la capacidad logística de estar al tanto de tantos detalles técnicos. Además, la velocidad con la que cambia el sarao es brutal». Ariel Rot asegura que el problema está en que muchos contratos discográficos son antiguos: «A mí, cuando me hablaron de los derechos digitales al firmar mi último contrato me importaba un pimiento, era como hablar de la conquista de Marte»; y Depedro confiesa que no sabe «qué opinar» del tema porque le presta «muy poca atención». La razón, «que las cifras son ínfimas, nada relevantes para mí». También consultamos a Juan Aguirre, que publica los discos de Amaral con su propio sello, Antártida, y la respuesta es muy similar: «No tengo ni idea del tema, ni sé cuánto ganamos con YouTube. Creo que es un mal atávico que tenemos los músicos, el de estar pendientes de nuestras canciones, de nuestro sonido, y no de ese tipo de cosas».

El «click» es lo que importa

Al final, lo que a los músicos debería interesarles es el dinero que genera cada «clic». Y los pocos que se han molestado en compararlo con Spotify, por ejemplo, ven que éste les reporta más beneficios. «Se confunden dos servicios diferentes: las suscripciones a servicios musicales que cuestan diez euros al mes frente a los vídeos musicales apoyados por anuncios, y eso como comparar lo que gana un taxista con lo que obtiene con la publicidad del taxi», alega Christophe Muller, Director de YouTube International Music Partnerships. «A pesar de los miles de millones de vistas que genera la música, el usuario medio de YouTube solo dedica una hora al mes a ver música a través de YouTube. Eso lo debemos comparar con las 55 horas al mes que consume un abonado medio de Spotify», señala Muller. «Además al igual que la radio, YouTube genera la mayoría de sus ingresos a través de la publicidad. Pero, sin embargo, al contrario de la radio, abonamos al sector musical la mayoría de los ingresos publicitarios que obtenemos a través de la música. El argumento mantenido durante décadas por la radio para no pagar a los artistas se basa en que la radio es una herramienta promocional que incrementa el conocimiento de los artistas para que ellos generen ingresos de otras maneras. Pero YouTube también ofrece promoción, una promoción que paga».

Mientras las discográficas dejan que sus músicos lideren la guerra contra el todopoderoso portal de vídeos, en YouTube aseguran estar decepcionados por cómo está evolucionando este espinoso asunto. «La música importa. Los músicos y los autores importan. Todos ellos se merecen recibir una compensación justa. Pensamos a fondo en ello y nos hemos asociado con el sector de la música durante años para garantizar que esto se realiza en nuestra plataforma», concluye Muller. «Por eso resulta sorprendente ver las discográficas y a los artistas sugerir que hemos permitido la existencia de una gran cantidad de música no autorizada, privando a los artistas de ingresos. Ninguna otra plataforma proporciona tantos fondos a los creadores, grandes o pequeños, en cualquier tipo de contenido».

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