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"Disparó contra los suyos, contra un grupo de cowboys"

Logotipo de El Mundo El Mundo 05/10/2017 PABLO SCARPELLINI

El espacio del homenaje a las víctimas es reducido, casi cómico. El dolor, palpable. El silencio, la constante. A lo lejos estremece ver con claridad la ventana rota desde donde disparó

Stephen Paddock

a las masas para cobrarse 59 vidas y dejar 527 heridos, inocentes que asistían a un concierto de country justo en frente del hotel en el que estaba hospedado el tirador, el Mandalay Bay.

Hay velas en cantidad, algunas flores y la omnipresente bandera americana para recordar a los caídos. Están colocadas en la mediana del Strip -la avenida principal de la ciudad-, en un punto donde nadie se pararía en circunstancias normales, entre las dos corrientes de tráfico. De momento, la Policía no deja acercarse más. El hotel, sin embargo, está abierto. La colmena de habitaciones en la distancia del Mandalay está iluminada. Dentro, la gente duerme o apuesta, como si nada hubiera pasado.

Pese a las estrecheces en el lugar dispuesto para la vigilia, Andrea Caffey, una profesora de preescolar de Las Vegas, reza en grupo junto a su marido y amigos. Lo contaron de milagro. Llegaron tarde al concierto, como a las 9.30 de la noche, y una hora más tarde Paddock les hizo salir corriendo de allí.

"Nosotros también pensamos que eran fuegos artificiales al principio, pero tardamos poco en darnos cuenta de que era algo mucho peor", explica Caffey, concentrada en reconstruir lo sucedido. "Los primeros tiros sobrevolaron nuestras cabezas. Quizá el tipo estaba todavía rompiendo los cristales, no lo sé. Después comenzaron los gritos y el pánico. Se marcharon los cantantes del escenario, se acabó la música y, de repente, se encendieron las luces. Ahí comenzó la masacre. Aprovechó para acribillar a la gente sin piedad. Parecía que no paraba nunca de disparar. Fueron al menos tres ráfagas. Paraba y volvía a disparar".

Caffey salió corriendo hacia la izquierda del escenario, en dirección contraria a la gran mayoría del público, que por instinto buscó la salida principal por el Strip, aún a tiro de Paddock. "Pasamos por encima de cuerpos, gente herida, pero lo pudimos contar. Hoy estamos aquí para reflexionar, para entender por qué tuvimos que pasar por esto. Fue horrible".

A su lado, dos jóvenes latinos lloran y se abrazan. Ellos no tuvieron tanta suerte. Uno de sus mejores amigos falleció en el concierto. Era un guardia de seguridad, Eric Silva, de 20 años de edad. Explican, visiblemente afectados, que no quieren hablar y cruzan la calle.

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Unos metros más atrás, Dean Guzmán narra lo que se vivió dentro del Excalibur, un casino situado a unos 300 metros del lugar de la tragedia. "Aunque estábamos lejos, parte de la estampida de la gente huyendo del concierto se refugió en el Excalibur. La gente se volvió loca. Empezaron a gritar: '¡tirador, tirador!' Algunos se lanzaban sobre las mesas. Muchos salieron corriendo. Fue un caos".

Justin Abelaye está más tranquilo. Su compañero de trabajo con el que coincidió en Las Vegas sobrevivió al tiroteo, estaba en la barra pidiendo algo de beber para su mujer. "Durante un rato se volvió loco porque no la veía. Se separaron, pero unos minutos después consiguió dar con ella. Fue algo espantoso", cuenta vestido con pantalón corto y chanclas. Confiesa además que nunca había visto tan apagado el ánimo de la ciudad. "El ambiente es bastante sombrío. No hay ganas de fiesta en absoluto".

Es una de las vigilias que se dieron durante todo el martes en la ciudad de los casinos. Algunos se acercaron a presentar su respeto a las víctimas y otros, parte de la masa de 22.000 personas que asistieron al Route 91, a hablar con la Policía para tratar de recuperar sus efectos personales y saber cuándo volverán a reabrir la zona al público.

"¡Hay tanta gente que se lo dejó todo por el camino!", suspira Caffey. "La gente lo dio todo por ayudar a salvar vidas y por salvar la suya propia. Nunca había visto un ejercicio de humanidad semejante y aún así, te preguntas por qué, y por qué eligió a esta gente, en la gran contradicción e ironía que supone que disparara contra su gente, contra estos cowboys, gente de la Asociación Nacional del Rifle. Es una locura la cultura de armas en la que vivimos. Espero que todo esto no se les olvide a la hora de votar".

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