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Don Rafael Blasco, qué carajo

EL PAÍS EL PAÍS 11/06/2014 Justo Serna

Hablas, echas un vistazo a la prensa, miras de soslayo la televisión, escuchas rápidamente la radio, consultas alguna página en Internet, lees el periódico en papel al que estás suscrito.

La dieta noticiera que seguimos es tóxica por saturación. Es dañina por sobrealimentación. Es indigerible. Difícilmente puedes metabolizar tanto nutriente informativo. Gracias a que las noticias se repiten, mucho de lo que leemos es redundante y perfectamente olvidable. Gracias a que los medios coinciden, puedes aguantar el hartazgo, el empacho. Hay tantas observaciones que retener, tantos hechos relevantes, tantos escándalos que denunciar...

Esta semana se nos ha estropeado la televisión. Por supuesto hemos ido presurosamente a sustituirla. ¿Acaso por el Mundial que se avecina? No, rotundamente no. Hemos reemplazado el televisor para poder ver las series que legalmente tenemos y disfrutamos. Las series nos evitan tener que estar atiborrándonos con la programación…

Las series nos evitan tener que verles las caras a Rafael Blasco y a su señora esposa, cuyo cardado es digno de inmortalizar al peluquero. Que el antiguo consejero entre y salga del Tribunal Superior como señor honradísimo y con posibles, que pese sobre él una condena y que su simpática cónyuge abone la liviana fianza de doscientos mil euros, es una imagen obscena. ¿Obscena? Iban vestidos, por Dios: a partir de cierta edad, nuestras lorzas no podemos exhibirlas en público.

La entrada y salida de los Blasco es una imagen obscena porque el proceso judicial permitirá al político ya condenado sacar pecho y vivir con el cuento de la sentencia injusta o equivocada. La justicia no es igual para todos, me reitera mi esposa. Que un tipo condenado a ocho años de cárcel y a veinte de inhabilitación pueda salvarse temporal y milagrosamente de esa pena gracias a un desembolso millonario nos apesadumbra.

Cualquiera de nosotros, con los delitos probados y con la caradura confirmada del antiguo consejero estaríamos abochornados y, sin remedio, en la cárcel. Por otra parte, recurrir al Supremo implica el desembolso de unas tasas ciertamente discriminatorias. Blasco llamó sinvergüenza a quien osó afearle la conducta: a una oposición escandalizada que lo tenía enfilado.

Pero él se salió de la fila: primero recibió el apoyo cobarde y solidario de su grupo en las Cortes. Luego ha podido zafarse pagando un buen abogado, especializado en salvar a presuntos delincuentes de guante blanco. Debe de ser tan profesional el letrado que ha conseguido rebajar la pena de Blasco a pesar de la iniquidad de lo que se le acusa. Debe de ser tan espantoso su delito, que el acusado ha salido airoso y condenado a la vez: pagando un cantidad exorbitante y amenazando con volver.

Apagamos la tele, dejamos de sintonizar la radio, cerramos el periódico y, en fin, procuramos evitar esta conversación. La vergüenza que sentimos es inconmensurable y nuestra vida es corta. Alguna alegría debemos darnos. Vamos a ponernos el capítulo final de Los Soprano, aquel en que Tony se nos va, lo perdemos. O eso creemos. Tony tenía problemas: a parte de mafioso era padre y hombre de orden. Tenía un picor moral. Hay gente que carece de este prurito.

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