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Donde moraban los reyes

EL PAÍS EL PAÍS 08/06/2014 Rafael Fraguas

El Palacio Real se yergue altivo sobre la cornisa que cierne la ciudad hacia Poniente. Es el edificio más suntuoso de Madrid. En los atardeceres, se tiñe de un cegador cobre hirviente, como el cielo. Allí apostado, parece un silencioso vigía que oteara pensativo el horizonte. A vista de pájaro, la mirada percibe su gigantesca mole de granito y caliza. Pero si se afina más, se descubre con sorpresa que se trata de una enorme gema pétrea, un talismán, tallada con la exquisitez del mejor cincel barroco: un bosque de columnas, fustes y pilastras, segadas por alargadas impostas, confieren ritmo y vuelo a las cuatro fachadas de su planta cuadrada, con dos alas, sobre el imponente talud.

 Es inevitable percibir la incitante sensación de monumentalidad que desde el palacio brota: al norte, al oeste y al sur, se eleva sobre los Jardines de Sabatini, el Campo del Moro o la gran explanada de la Armería. Tan solo sujeta su vuelo la amarra que le ata a la bella plaza de Oriente.

El Palacio Real de Madrid está cargado de historia de España, Europa y América. Fue erigido sobre la primitiva planta que ocupó el viejo y medieval Alcázar de los Austrias de Madrid, que ardió por los cuatro costados durante siete días desde la noche de Navidad de 1734. Más de 300 pinturas de Velázquez, Rubens y numerosos otros artistas, así como 150 tapices de Flandes, amén de joyas, alfombras, cortinajes y vajillas, se perdieron. Cincuenta carromatos trasladaron a uña de caballo los ajuares que pudieron ser puestos a salvo. La primera piedra del edificio regio que sustituyó al Alcázar fue bendecida el 6 de abril de 1738 por el Obispo de Tiro y quedó enterrada a unos 40 pies de profundidad de la cota del suelo de la fachada de la Armería, donde aún permanece sepultada.

Fuentes: Comunidad de Madrid y elaboración propia.

Junto a la piedra primigenia, un estuche de plomo que contenía monedas de oro, plata y cobre acuñadas en las cecas de Madrid, Segovia, México y Lima, así como un pliego escrito en latín sobre el antiguo Alcázar, fueron depositados por el marqués de Villena en nombre del rey Felipe V, primer monarca de la dinastía de Borbón. Fue este monarca, nieto de Luis XIV, quien encomendó al turinés Felipe Juvarra el primer proyecto para la construcción del palacio nuevo, a partir de 1735.

El primer proyecto de Filipo Juvarra para el Palacio Real hoy abarcaría desde la plaza de España hasta la calle Mayor. Su carestía y ampulosidad determinó su reducción a las proporciones del precedente. Tras morir en 1738, aplicó y extendió sus ideas un discípulo suyo, Juan Bautista Sachetti, asistido por Ventura Rodríguez, autor de las fuentes de Neptuno y Cibeles. Miles de operarios, albañiles, canteros, marmolistas y carpinteros, contratados por destajistas, laboraron durante 17 años, entre 1738 y 1755.

Números abrumadores

Durante una década más, otros tantos ebanistas, orfebres, estuquistas, doradores, escultores y pintores —los Tiépolo, Giaquinto— se emplearon a fondo en la titánica tarea de ornamentarlo, tan profusa como delicadamente cada rincón visitable por el público durante la hora y media que dura el recorrido. Mas de un millón de personas lo visitaron el pasado año, según Patrimonio Nacional, organismo estatal que rige el palacio y otras 17 mansiones reales, de menor empaque, en la región madrileña, así como templos y conventos.

Los números en el Palacio Real son abrumadores: la superficie edificada se extiende 40.000 metros cuadrados y otro tanto la explanada de su principal fachada a la plaza de la Armería, más el patio llamado del Príncipe. El palacio de Madrid cuenta con más de 2.400 habitaciones, 44 escaleras suntuosas, centenares de otras de caracol, así como 870 ventanas y 240 balcones, que jalonan sus pétreos e ignífugos paramentos. El edificio se alza sobre un basamento exterior almohadillado a la italiana, llamado brugnato. Hoy trabajan en su interior unas 400 personas, si bien en el palacio, propiamente, no vive nadie. Una guardia permanente vigila su perímetro, incrustado en Madrid, como lo ha sido su historia y la de sus moradores permanentes: lacayos, servidores, fámulos y mayordomos de siete monarcas de la dinastía borbónica, desde Carlos III hasta Alfonso XIII, más el intruso José I Bonaparte, hermano de Napoleón, a quien el GranCorso, tras visitar casi de incógnito el Real Sitio madrileño, en su marcha militar sobre Madrid de diciembre de 1808, le espetó: “Hermano, ¡vaya palacio que te dejo!”.

Además de moradores permanentes, por palacio han pasado miles de egregios visitantes, desde el presidente mejicano Enrique Peña Prieto, que visita Madrid estos días hasta, años atrás, la Reina de Inglaterra; Mijail Gorbachov; Bill Clinton o Yassir Arafat. Igualmente lo hicieron visitantes de países exóticos como el rey de Siam, Chulanlongkorn I; el Sha de Persia, Reza Khan; el príncipe Chichibu de Japón o el legendario maharajá de Kapurtala, procedente de la Unión India, todos ellos en la década de 1920. Asimismo, la esplendorosa Sala de Columnas del palacio madrileño fue escenario de la firma del Tratado de Adhesión de España a las Comunidades Europeas, en 1985, así como de la Conferencia de Paz sobre Oriente Próximo, de 1990.

Es de destacar el hecho de que el presidente de la Segunda República española, Manuel Azaña, decidiera en 1936 disponer de una residencia en el interior del por él denominado Palacio Nacional —estancias en las que apenas despachó oficialmente unos meses—, para escenificar así el carácter de propiedad no real, sino estatal, del recinto, cuyo ajardinamiento, tras la demolición de un ala norte dedicada a caballerizas, Azaña encomendó a Francisco García Mercadal, autor de los jardines de Sabatini, hoy escenario de veladas artísticas.

En el ala oeste, el Campo del Moro, antiguo paraje donde se libraron torneos y justas medievales, presenta hoy sus magníficas praderas que alfombran sus perspectivas, ideadas por el arquitecto Nicolás Pascual i Colomer y realizadas en su día por Eduardo Boutelou y De l’Isle, entre otros renombrados jardineros. Dos fuentes soberbias, llamadas de los Tritones y de las Conchas, jalonan sus amenos paseos.

Primer morador

El 1 de diciembre de 1764 el primer morador del palacio fue el rey Carlos III, hijo de quien mandara edificarlo, Felipe V y de la reina Isabel de Farnesio, que decidió su decoración en clave italiana. La reina dispuso que 108 estatuas de otros tantos monarcas hispanos, desde los visigodos hasta las fechas de entonces, coronaroa, a la usanza romana, la imponente silueta de la cornisa palacial. Pero un, al parecer, pavoroso sueño premonitorio hizo a la reina apear casi todas las efigies, que hoy decoran pie a tierra la contigua plaza de Oriente y varias alamedas de ciudades españolas, como Burgos y Vitoria.

Ahora, la cornisa palaciega y la fachada sur mantienen apenas un puñado de aquellas estatuas, talladas en dura caliza de Colmenar de Oreja: destacan las de los hispanos que reinaron en Roma, Honorio, Adriano, Teodosio y Trajano, así como las de los emperadores indígenas americanos, Atahualpa y Moctezuma, éste tocado por su diadema de oro y plumas, Quetzalpanecayotl, decoran la fachada principal de palacio, rematada por un gran reloj, bajo el que se encuentra el acceso más importante, que desde un gran zaguán conduce a la escalera de tres cuerpos, ideada por Sachetti, que adentra al visitante a palacio con una progresión ritmada de escalones de una sola pieza.

Todo es esplendor en el interior visitable de palacio. Así, la magnificencia del Salón del Trono, muy recientemente acomodado a las nuevas exigencias lumínicas, a base de ledes, y las innovaciones sónicas, con nueva megafonía —en una actuación que permitía columbrar inminentes cambios de escenario— dialoga con la potencia visual de la Capilla Real. El Cuarto de la Reina, el de los Trucos, el de Armas, Gasparini, Porcelana, Alabarderos, Comedor de Gala, además del Archivo General de Palacio y la excelente Armería, son algunas de las estancias más apreciadas por los visitantes o estudiosos, que previa o posteriormente van a dar a la plaza de Oriente, que abre la monumentalidad de Palacio Real hacia Madrid.

Prodigio escultórico

La plaza de Oriente atesora un prodigio escultórico casi único en el mundo, la estatua ecuestre de Felipe IV, de cuatro toneladas de bronce, que perpetúa la gloria de su autor, el florentino Pietro Tacca. Se dice que un retrato del pintor Martínez Montañés, así como otros de Velázquez y de Rubens, inspiraron la pose del jinete y su caballo en corveta, suspendido prácticamente en el vacío con la única apoyatura de las patas traseras del bruto, gracias a los cálculos físico-matemáticos realizados para la ocasión por el sabio Galileo Galilei. La estatua, por cierto, estuvo años atrás a punto de venirse abajo ya que por el ano del corcel entraban palomas que, atrapadas en su interior y muertas luego, alteraron peligrosamente su peso.

La plaza de Oriente, que databa de 1817, fue remodelada por el arquitecto Miguel Oriol en 1997. La construcción de un estacionamiento subterráneo se llevó por delante los restos arqueológicos de la Casa del Tesoro, donde residiera el pintor Diego Velázquez. Jalona la plaza el Teatro Real.

En un enclave de la plaza situado bajo la fachada oriental del palacio, no lejos de la mansión de Manuel Godoy donde se alojaba el gobernador de Napoleón en Madrid Joachim Murat, duque de Berg, el histórico 2 de mayo de 1808, prendió la chispa de la revuelta popular, sangrientamente reprimida, contra la ocupación napoleónica. En la zona sur contigua al palacio, detrás de la catedral de la Almudena, se encuentran los restos de la muralla árabe de Madrid, que data del año 855 de nuestra era.

Futuro museo

En el confín oeste de la explanada acaban de culminar las obras destinadas a la construcción del Museo de Colecciones Reales. En él se expondrán los principales ajuares artísticos que el palacio atesora. Ahora se acomete la museografía que allí será exhibida en 2015.

El Palacio Real, que hoy es Bien de Interés Cultural con protección urbanística suprema, había sido declarado Monumento Nacional poco después del advenimiento de la Segunda República, en 1931. Previamente fue electrificado y dotado de calefacción por el arquitecto Juan Moya durante el reinado de Alfonso XIII. Los cimientos del edificio sorprenden por sus dimensiones: como muestra valga decir que los muros de la planta baja llegan a alcanzar cuatro metros de espesor. Las cocinas tienen hasta 120 metros cuadrados de espacio dedicado tan solo a los fogones. Se abastecía mediante el viaje de agua que procede de la Dehesa de la Villa, en cuyo parque aún cabe ver los capirotes de este recorrido subterráneo enladrillado de fábrica excelente, legado de hidráulicos árabes.

Bajo el Patio del Príncipe, donde se instaló la carpa contra la lluvia en la boda del Príncipe Felipe y la Princesa Leticia Ortiz, existe un gigantesco aljibe que, en su día, acopiaba las aguas de lluvia para los suministros palaciegos. Por otra parte, la regia mansión madrileña conserva uno de los ascensores más veteranos de Madrid, que se mantiene en funcionamiento desde 1916 y perfuma todavía a sus viajeros con el aroma del limoncillo con el que fue construida su caja. Desde sus áticos, se divisa una vista excelsa de Madrid y de las copas del arbolado del Campo del Moro y la Casa de Campo, pulmones que aseguran la pureza de los límpidos celajes de la ciudad. Allí arriba, junto a los pináculos que ocuparan las apeadas estatuas de los reyes, se contempla la grandiosa monumentalidad del Palacio Real, como un vigoroso bajel surcando libre el agua verde de los jardines y bosques que lo envuelven.

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