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Draghi recurre a los penúltimos cartuchos ante la deflación

La Vanguardia La Vanguardia 08/06/2014 Manuel Estapé Tous

Es lo que tienen los medios de comunicación de masas. Exageran. El jueves, las radios y las televisiones, y el viernes la prensa escrita eran unánimes. Mario Draghi, encarnación humana del Banco Central Europeo (BCE), acababa de impulsar un paquete "histórico" de medidas de expansión monetaria para inmunizar a la unión monetaria contra el riesgo venenoso de la deflación, cuando caen los precios, los ingresos, la producción y el empleo, en una espiral muy difícil de invertir. Y si no que se lo pregunten a los japoneses que suman veinte años coqueteando con la deflación, después del pinchazo de una de las mayores burbujas financieras e inmobiliarias de la historia del capitalismo moderno.

Los medios exageran sin necesidad de inventarse nada. El jueves, los máximos responsables de la zona euro que reúne -más que une- a dieciocho países europeos tomaron la histórica decisión de reducir del 0% al menos 0,1%, el tipo de interés de los depósitos que las entidades financieras aparcan en el BCE. La medida busca penalizar la tenencia del euro y obligar a las entidades privadas a canalizar la liquidez aparcada en el BCE hacia la economía real en forma de préstamos, principalmente a las pequeñas y medianas empresas, responsables de más del 80% del empleo en la zona euro. En otro quiebro histórico, la institución monetaria europea olvida sus dogmas constituyentes y reconoce que el tipo de cambio del euro, y más concretamente, su depreciación, se ha convertido en uno de los objetivos de su política monetaria. ¡La criatura del Bundesbank proclamando que el euro tiene que perder valor para que suba la inflación!

En este sentido, cabe hablar de revolución monetaria y convertir, otra vez, a Mario Draghi, en salvador de la zona euro. Pero como siempre, por debajo del ruido que emiten los medios de comunicación, están los detalles. Y como es bien sabido, el diablo está en los detalles. Y nadie mejor que el Financial Times para poner las cosas en su sitio. ¿Incidencia del tipo negativo del 0,1% para los excesos de liquidez que la banca deposita en el BCE?. No mucho, la verdad, porque la cantidad aparcada no supera los 120.000 millones de euros. Así que la penalización que sufrirán las entidades financieras de la unión monetaria europea no superará los 120 millones de euros (cantidad insignificante si se la compara con las fichas anuales de jugadores de fútbol como Messi o Ronaldo). En cualquier caso, a la banca no le gusta perder dinero y así tendrá un (pequeño) incentivo para concentrarse en su negocio, prestar a empresas y particulares. Por otro lado, 120.000 millones al cero por ciento parece una cantidad obscena para los países sometidos a los dictados de la troika y para los que, como España, los aplican para que no se los dicten los tres cruzados de la austeridad, el BCE, la Comisión Europea y el Fondo Monetario Internacional.

Pero una vez más la aprobada el jueves es una medida de las que le gustan a Draghi: simbólica pero con escasa repercusión real. El principal tipo de interés al que presta el BCE a los bancos bajará del 0,25% al 0,15%. Los bancos lo notarán y apreciarán este (reducido) abaratamiento de su materia prima -el dinero- pero ninguno de ustedes percibirá mañana lunes que los préstamos que le ofrecen son 0,10 puntos porcentuales más baratos. Más aún, al margen de la euforia mediática y bursátil, en la economía real conseguir un préstamo bancario seguirá costando Dios y ayuda.

Basta con revisar la oferta de créditos existente ahora mismo en internet, y a la que puede acceder un asalariado medio con contrato fijo para constatar que la oferta de créditos de hasta 12.000 euros se encuentra a tipos de interés de entre el 9% y el 12%. Un interés que está a mucha distancia del precio que pagan las entidades financieras para captar esos mismos recursos.

Cuando se afea a los banqueros la tremenda restricción del crédito que sufrimos, suelen responder que no hay demanda. ¿Cómo podría haberla cuando el crecimiento nominal de la economía no llega al 1% y el capital tiene un coste diez veces superior?. El problema de demanda se ve acrecentado por las exigencias regulatorias para que los bancos aumenten el peso de su capital y recursos propios sobre el volumen total de créditos. En resumen, las entidades financieras tienen que reducir su balance y por tanto no les interesa conceder más préstamos. Es una espiral de la que resulta difícil y, sobre todo, prolongado salir. Sin reestructurar la deuda o recurrir a una tasa elevada de inflación, el proceso de desendeudamiento es doloroso y largo como muestra Japón.

Cuando estalló la crisis financiera global después de la quiebra de Lehman Brothers el 15 de septiembre del 2008, los políticos y los responsables de la economía mundial coincidieron en alarmar al personal acerca de la "peor crisis desde la Gran Depresión" (1929-1939). Fue una muestra tremenda del etnocentrismo de las élites occidentales, una amnesia inquietante no exenta de la voluntad de instilar miedo en la población para mentalizarla acerca de los sacrificios que se preparaban... Desde las páginas de este suplemento, se pudo glosar, ya en enero del 2009, el libro de Richard C. Koo, economista jefe de Nomura, The Holy Grail of macroeconomics: lessons from the great recession (2008) en el que diseccionaba las claves de una recesión por desendeudamiento, la japonesa, iniciada en 1992. Koo citaba a Carlos Ghosn, como ejemplo de que las empresas no siempre buscan maximizar sus beneficios sino que, en ocasiones, se centran en reducir su deuda. "Cuando llegué a Nissan desde Renault, me sorprendió el tamaño de la deuda. Nada en mi educación o experiencia me había preparado para la posibilidad de devolver mis deudas a un tipo de interés cero, pero al final me vi forzado. Sencillamente, era incapaz de dormirme sabiendo cuánta deuda arrastrábamos".

La referencia a la Gran Depresión resultaba grotesca porque en aquel entonces no existían ni pensiones, ni seguro de paro o enfermedad. No existían los "estabilizadores automáticos" para evitar el colapso total de la demanda y el descenso a los infiernos. Pero los errores magistrales de política económica de los años treinta se trasladaron de forma aparentemente incomprensible a la "moderna" zona euro, donde sus dirigentes, espoleados por el mismo BCE que hoy acude a salvar la unión monetaria, programaron un austericidio que nos llevó a la segunda recesión, algo que no ha ocurrido ni en EE.UU. ni en el Reino Unido ni en Japón.

Para completar el "significativo paquete" de expansión monetaria, el BCE está dispuesto a inyectar 400.000 millones (el 4% del PIB de la zona) al 0,25% y a un plazo de cuatro años para que la banca privada preste a las empresas, excluyendo la compra de deuda soberana y las hipotecas. Al margen de la euforia bursátil, en los mercados de divisas, el euro se mantiene en 1,36 euros. Para conseguir depreciarlo haría falta crear dinero -esto es, comprar deuda- para que la oferta de euros supere la demanda. Sería el último cartucho.

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