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Edward St. Aubyn

Notodo Notodo 25/02/2016 José Martínez Ros
Imagen principal del artículo "Edward St. Aubyn" © La Fábrica 2014 @ Imagen principal del artículo "Edward St. Aubyn"

Edward St. Aubyn no ha ganado nunca el Booker, el premio más prestigioso de la literatura en lengua inglesa. Ninguna de las novelas autobiográficas recopiladas en El Padre y La Madre (Random House) fue nominada, tal vez por lo escabroso de su trama. St. Aubyn es el vástago de una rancia y antigua familia de la nobleza británica. Y narra cómo su padre era un pederasta que abusó de él de los cinco a los ocho años. Que se volvió adicto a la heroína a los quince y, tras diez años de drogas y alcohol –y también incluyeron una estancia en la distinguida Universidad de Oxford-, se sometió a psicoterapia, se desintoxicó y empezó a escribir.

Lo más extraño es que, si por algo destacan sus novelas, protagonizadas por su alter-ego, Patrick Melrose, es que son atrozmente divertidas, gracias a la combinación de una prosa elegantísima, unos ingeniosos diálogos dignos de Wilde y un humor exquisito. Si Sin Palabras es su venganza por haber sido ignorado por el Booker, es una de las venganzas más refinadas y exitosas de literatura contemporánea. St. Aubyn nos presenta el Premio Elysian, financiado por una oscura y polémica multinacional que produce armas químicas y transgénicos. Por un lado nos lleva al jurado, dirigido por un antiguo mandarín del gobierno británico, una reliquia de la Guerra Fría, en el que forman parte, entre otros, una autora de novelas de espionaje que escribe sus obras con ayuda de un programa informático, un actor permanentemente ausente, un político escocés obsesionado con la multiculturalidad y la literatura comprometida, a pesar de su lujoso nivel de vida, y una prestigiosa profesora universitaria especialista en literatura marcada por el trastorno alimentario de su una hija. Las deliberaciones e intrigas entre los distintos miembros resultan sencillamente desternillantes, al tiempo que creíbles para cualquiera que haya tenido algún contacto, aunque sea lateral, con las turbiedades del mundillo literario.

Por otro lado, tenemos los candidatos y sus allegados: un príncipe indio enormemente ególatra, un académico francés palabrero e insoportable, una bella novelista que salta entre una multitud de amantes, Khaterine,entre los que se cuentan un editor desesperado y despedido, tras la compra de la editorial por un multimillonario ruso, y el personaje más simpático del libro, Sam, un novelista cuya nihilista visión de la humanidad se enfrenta al amor absoluto que experimenta con Khaterine.

St. Aubyn aprovecha su extenso elenco de personajes para reflexionar con una mezcla nada habitual -y de nuevo muy británica- de agudeza y ligereza acerca de los misterios de la creación artística, la depresión y el amor no correspondido, a la vez que se trama se va complicando en un ágil vodevil que mantiene atrapado a cualquier lector con un mínimo de sensibilidad. La verdad es que lo único que lamentamos es que el St. Aubyn no escriba novelas más extensas y se limite a  concisas novelas de menos de doscientas páginas.

Aunque Sin palabras no es una novela tan ambiciosa y perfecta como las del ciclo de Patrick Melrose, continúa poseyendo sus mejores características: su talento para el humor, la prosa precisa , inteligentey sutil, una visión desprejuiciada de la sociedad, que le hace disparar su sátira en distintas direcciones. Hace poco leí una reseña inglesa de esta novela cuyo autor sugería malignamente que St. Aubyn debería ser elegido para presidir el jurado del próximo Premio Booker. A mí me parece una gran idea.

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