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El ‘corbynismo’ se prepara para gobernar Reino Unido

Logotipo de EL PAÍS EL PAÍS 27/09/2017 Pablo Guimón
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El líder laborista, Jeremy Corbyn. © NEIL HALL El líder laborista, Jeremy Corbyn.

El año pasado, en Liverpool, el ambiente tirando a lúgubre en el congreso oficial contrastaba con la euforia que reinaba en el festival montado en paralelo por Momentum, la organización de base que sustenta el culto a Corbyn. Hoy, los dos eventos se retroalimentan y se complementan. Los ponentes circulan de uno a otro en la convicción de que ambos aparatos se necesitan y forman parte de un laborismo que muta, como le gusta decir a su líder, de partido a “movimiento”. “Join the party”, reza un enorme grafiti en la fachada de la vieja discoteca que acoge los debates de Momentum, jugando con la polisemia: “Únete al partido” o “únete a la fiesta”, que cada uno elija lo que es el laborismo hoy.

“Somos un Gobierno a la espera”, resumía el lunes por la noche entre vítores Len McCluskey, poderoso líder sindical, ante un abarrotado auditorio. El año pasado, en Liverpool, Momentum impartía talleres sobre cómo persuadir a los parroquianos en un pub de que Corbyn era una alternativa viable. El lunes por la noche, en Brighton, se debatían las estrategias para resistir la esperada embestida del establishment en los primeros cien días de Corbyn en Downing Street, un escenario que ya nadie descarta.

“El partido trata ahora de responder a la pregunta de qué pasará cuando vengan a por nosotros”, aseguraba John McDonnell, portavoz de economía en la oposición y fiel escudero del líder. Los planes en los que está trabajando el laborismo, explicó, incluyen “escenarios de juegos de guerra” ante un eventual ataque a la libra esterlina en los primeros días de Gobierno de Corbyn. “Lo que estamos haciendo es diseñar manuales de implementación sobre cada una de las promesas de nuestro programa electoral”, dijo. Se habla de establecer prioridades, de acometer el programa por fases.

Mucho ha llovido en la política británica entre el congreso de Liverpool y el de Brighton. Theresa May quedó tocada y casi hundida en las elecciones que convocó con la convicción de que reforzaría su mandato ante la debilidad de los laboristas. El Partido Conservador perdió su mayoría absoluta y los laboristas cosecharon su mejor resultado en 16 años. “Aquella elección cambió la política en este país”, defendía Corbyn en una entrevista en The Guardian antes de viajar a Brighton. “Ahora somos la corriente mayoritaria en la sociedad”.

Las últimas encuestas dan la razón al veterano diputado. Si hoy se celebraran elecciones, según una reciente encuesta de YouGov para The Times, los laboristas ganarían con un 42% del voto, un punto más que los conservadores, y dos por encima del resultado de Corbyn en las elecciones de junio.

“Todo lo que ha sucedido en la política británica en los últimos tiempos se explica en dos palabras: Jeremy Corbyn”. La frase no la ha lanzado un eufórico ponente desde un púlpito de Brighton. La pronunció hace un año, en conversación con EL PAÍS, Craig Oliver, exdirector de comunicación de David Cameron. Se refería, entre otras cosas, a la supuesta responsabilidad del líder laborista en la victoria del Brexit en el referéndum. Pero la afirmación adquiere hoy una renovada actualidad.

Theresa May no habría adelantado las elecciones -¿a qué líder en su sano juicio se le ocurriría hacerlo teniendo mayoría absoluta?- si no hubiera tenido enfrente a un contrincante que todos creían esencialmente inelegible. Y también hay quien defiende que Jeremy Corbyn, paradójicamente, puede estar sirviendo de freno a una rebelión en el Partido Conservador. La historia de la formación demuestra lo insólito que es que la primera ministra siga en su puesto, después del desastre electoral y en plena guerra abierta en su Gobierno sobre Europa. Pero el proverbial pragmatismo de los tories desaconseja hoy jugar con fuego. “Ningún tory rebelde querría que pesara sobre él la responsabilidad de haber entregado las llaves de Downing Street a Jeremy Corbyn”, explicaba en Brighton un diputado laborista.

La nueva situación ha llevado al Partido Laborista a una relectura de su historia reciente. Ahora el corbynismo no es el resultado, como se criticó cuando se hizo con las riendas del partido hace dos años, de un irresponsable cambio en el procedimiento para elegir al líder del partido. Se trata de una corriente latente que venía fraguándose desde los últimos años de Blair.

“Muchos miembros del partido habían tolerado el blairismo porque era exitoso electoralmente. Pero cuando los resultados empezaron a hundirse, el proyecto perdió su único atributo”, escribe George Eaton, director político de The New Statesman.

La guerra de Irak acabó con la legitimidad moral del Nuevo Laborismo y la gran crisis derribó el último pilar que los sustentaba: la credibilidad económica. El ala izquierda del partido salió ilesa porque no había dejado su huella en ninguno de los males sucedidos desde 1979.

Lo cierto es que el reciente éxito en las urnas, sumado a la destructiva guerra del Brexit en la que de nuevo se encuentran envueltos los tories, ha vuelto a colocar al Partido Laborista al alcance del poder. Los conservadores sufren para vender el capitalismo a una generación sin capital, golpeada por la crisis, primero, y por las políticas de austeridad y el Brexit después. Los problemas del laborismo siguen siendo grandes. Entre ellos, su incapacidad de consensuar una postura en el gran tema europeo. Pero al menos, como reclama estos días en Brighton, la izquierda británica se ha ganado su derecho a ser tomada en serio.

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