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El ímpetu de una sociedad

EL PAÍS EL PAÍS 24/04/2014 Javier Ocaña
El ímpetu de una sociedad © amanda edwards El ímpetu de una sociedad

“¡Madre mía de mi vida! (...), gracias a Venezuela por haber esperado con tantas ansias una película como esta”. Las palabras de Miguel Ferrari, director de Azul y no tan rosa,entre emocionado e incrédulo, al obtener el Goya a la mejor película iberoamericana de 2013, ya adelantaban, en el fondo y en la forma, exultante, que hay trabajos que trascienden su propia condición cinematográfica para abrazar un estatus políticosocial quizá más importante.

Y la parábola en favor de la igualdad de sexos, y de denuncia de la homofobia y de la violencia de género que conforma el relato de Ferrari, es una de ellas, a pesar de sus desajustes formales y narrativos, que los tiene, y muchos.

¿Puede un discurso de agradecimiento y, sobre todo, lo que hay detrás de esa emoción, imponerse a una crítica? Quizá, porque de hecho lo que sostiene, al menos mínimamente, a la película es ese ímpetu desbocado (con el que no es que se llegue al brochazo, es que se basa directamente en él), y su ilusión por cambiar las cosas en materia social, aunque sea de un modo grueso y explícito. Una sistemática con la que los personajes nunca adquieren verdadera entidad más allá del estereotipo que representan, y en la que el alegato reivindicativo, necesario pero carente de control, se lleva hasta la última secuencia: esa en la que la película de cine social acaba abrazando el cuento infantil de transformación, esta vez con la sociedad en su conjunto como antiguo patito feo, vía talk-show televisivo. Como contrapartida, el fenómeno al menos puede servir para que su éxito le abra en su país a públicos menos trascendentes y exquisitos, a los que puede que no llegara su obra hermana en cuanto a nacionalidad, temporalidad, temática y objetivos: Pelo malo, estrenada hace unas semanas, con más calidad artística, pero quizá sin el don de la popularidad.

Azul y no tan rosa, pedestre de luz, montaje, puesta en escena y narración, pero rabiosa e ilusionada, se impuso en los Goya a la argentina El médico alemán y, sobre todo, a la mexicana La jaula de oro y a la chilena Gloria. En la conciencia de los académicos españoles queda la decisión.

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