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El Alcalde de Zalamea

Notodo Notodo 03/03/2016 Miguel Gabaldón
Imagen principal del artículo "El Alcalde de Zalamea" © La Fábrica 2014 @ Imagen principal del artículo "El Alcalde de Zalamea"

"Yo, señor, siempre respondo
en el tono y en la letra,
que me hablan. Ayer vos
así hablabais, y era fuerza
que fuera de un mismo tono
la pregunta y la respuesta.
Demás de que yo he tomado
por política discreta,
jurar con aquel que jura,
rezar con aquel que reza."
Pues bien, Helena Pimenta (a la cabeza del CNTC) y Álvaro Tato (miembro de Ron Lalá), directora y adaptador respectivamente, se han puesto a responder en el mismo tono y letra, a jurar y rezar para inaugurar la temporada de la Compañía Nacional de Teatro Clásico en el remozado Teatro de la Comedia (cerrado desde hace más de 13 años) con un esperado montaje: El Alcalde de Zalamea, del insigne Don Pedro Calderón de la Barca. Un montaje que tras pasar por aquel espacio, ahora aterriza en la capital catalana en el Teatre Lliure de Montjuïc, reforzando el retorno a las tablas de Carmelo Gómez (desaparecido desde Elling). Y después además de comunicar éste su intención de abandonar per secula seculorum el mundo del celuloide.

El Alcalde de Zalamea trata alguno de los temas predilectos del Siglo de Oro español: el honor, la justicia, el amor... Todo regado con los sonoros versos de Calderón y un sentido del humor que potencian detalles de la adaptación de Tato, miembro fundador de esa compañía tan estupenda y renovadora de la clasicidad más hispano-barroca que es Ron Lalá. La historia: Un grupo de soldados camino de Portugal recalan en Zalamea. Allí el capitán se hospeda en la casa de un rico villano, Don Pedro Crespo, a cuya hija Isabel esconde para evitar problemas, puesto que tonto no es. Pero, ay, el capitán se las ingenia para llegar al escondite de la muchacha, obsesionándose hasta límites que llegar a traspasar las barreras de la honra, la integridad y cualquier tipo de respeto. Una escenografía terrosa, único escenario sobre el cual se suceden unos afortunados cambios de iluminación y la inclusión de determinados e impactantes momentos musicales ayudan a revestir esta sólida y acertada propuesta clásica.

Don Pedro Crespo es un personja fascinante, sólido, profundamente coherente y por él y otros muchos méritos este texto es uno de los fundamentales de nuestro Siglo de Oro. Y en el montaje de Pimenta lo que sobresale es precisamente este personaje protagonista, en manos de un momumental Carmelo Gómez que consigue algo tan complicado como hacer suyo el verso, recitarlo con una naturalidad asombrosa y que fluya desde su boca como si nunca hubiera emitido una frase en prosa. No se puede imaginar mejor alcalde de Zalamea y la suya será una interpretación de las que dejan huella en un papel. Ya sólo por su interpretación merecería la pena la función entera. El resto del reparto mantiene el tipo y el verso sin problema, aunque destacan la trágica Isabel de Nuria Gallardo y el Don Lope de Joaquín Notario. Las escenas que comparte éste con Carmelo Gómez son auténticas clases magistrales.

Este Alcalde de Zalamea es una función muy sólida (como ese frontón que preside la escena) y, aunque no llegue a las cotas de emoción y perfección de otros montajes que hemos podido ver de la CNTC, resulta un ejemplo perfecto de cómo afrontar un texto mítico de nuestra literatura y hacerlo accesible manteniendo intacto su espíritu. Porque, efectivamente: "¿Y qué importa errar lo menos quien acertó lo demás?", como diría su protagonista.

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