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El arte de estar solo

Logotipo de El Mundo El Mundo 01/10/2017 FERNANDO ARAMBURU

En el tren. ¿Auriculares? No, gracias. Le gustaría a uno permanecer a solas con sus pensamientos, recrear de vez en cuando la mirada en las formas huidizas del paisaje y abismarse, a ratos, en la lectura del periódico o de un libro. Todas estas son actividades lentas, de muy baja densidad acústica. Se practican, además, dentro de una membrana invisible, con propiedades aislantes, llamada soledad. Dichas actividades resultan de costumbre incómodas, incluso desazonantes, para las personas que atraviesan la vida con un saco de desasosiego sobre la espalda, con mayor razón para aquellas que consideran aburrido lo que no se mueve, no suena, no emite resplandores cambiantes.

A los pocos minutos de iniciado el viaje, uno comprende el grave error que ha cometido al rechazar los auriculares. No bien empiezan a graznar aquí, ahí y allá los móviles, cae uno en la cuenta de que los auriculares sirven para algo más que para escuchar la música y los diálogos de la película de turno. Los auriculares pueden asimismo cumplir la función de tapones insonorizadores.

© Proporcionado por elmundo.es

En el asiento posterior, un viajero derrama su intimidad en voz alta. Quizá crea que su cháchara confidencial desaparece dentro de su teléfono móvil como por la rejilla de un desagüe, sin pasar por el filtro involuntario de otros tímpanos. Se equivoca. Todo el vagón podría enterarse de sus bagatelas privadas a excepción de los viajeros que, como él, están enfrascados asimismo en pláticas similares. Con una punta de malicia, me dedico a contarle las faltas gramaticales al señor, sus anacolutos y pleonasmos, sus frases truncas, sus muletillas y otros destrozos lingüísticos. El trato que les dispensa a las concordancias raya en la crueldad.

Bien pudiera suceder que estos congéneres circundantes, como esos otros que al llegar a sus casas se apresuran a conectar la radio, a encender el televisor, tratando de protegerse de la tortura del silencio, sean felices. En tal caso habría que dejarlos disfrutar en paz su sobredosis cotidiana de ruido y su necesidad incesante de comunicación y compañía. Aquí no viene uno a escribir en el periódico para amonestar a nadie por sus deseos colmados. Pues eso faltaba. No existe cosa más antipática que confeccionar un ramo de argumentos contra la satisfacción ajena. Lo cual no quita para constatar que a menudo la gente puede ser bastante invasiva y que perderla de vista, hasta donde esto sea posible en el mundo moderno, conduce con frecuencia al placer.

Francamente, no tiene uno estómago para ignorar que la soledad indeseada implica dolor. Hay estudios que la asocian con diversas enfermedades, no solamente mentales. Estar solo es una delicia a condición de disponer del gobierno pleno de la propia soledad, cuando esta consiste en el retiro ameno y temporal del que hablaba el poeta; en el sitio, a fin de cuentas, al que uno acude por su propio pie en procura de reposo, de reflexión, y a entablar coloquios con su conciencia.

Estar solo por imposición, en una celda de aislamiento, en el desierto vasto, en el desamor o en el exilio, no favorece la práctica de actividades conducentes a la mejora de la calidad humana; aunque, ojo, nunca se sabe. Tengo entendido que Antonio Escohotado aprovechó unas vacaciones carcelarias en la penitenciaría de Cuenca para escribir la Historia general de las drogas. No es raro que la dicha resulte del empeño intelectual y de una administración adecuada del tiempo.

Como se sabe, Franz Kafka acertó a sacarle provecho literario a la figura del individuo a quien le está vedada la soledad. En sus fábulas prefiguró los infiernos sociales del siglo XX, tanto los de naturaleza nacional-identitaria como los colectivistas, coincidentes unos y otros en su propósito de privar al hombre de creatividad y, por consiguiente, de señas singulares. Me refiero al hormiguero donde el individuo no cuenta por sí mismo, sino en función del dinamismo impersonal de la masa. Se fomentan entonces los desfiles, las concentraciones multitudinarias, los controles burocráticos, lo que sea con tal de abolir la intimidad, terreno propicio para el pensamiento incontrolable y, por tanto, para la disidencia.

Confieso que no me alcanza la imaginación para concebir al hombre culto que no domine el arte de la soledad voluntaria. La soledad bien puede consistir en un estado de ánimo, compatible con la presencia de otras personas en rededor. Que se lo pregunten, si no, a los escritores de café (a José Hierro, que componía poemas en un bar), capaces de aislarse de los ruidos ambientales y no distraerse con el murmullo de las conversaciones, menos molesto cuanto más general. A la manera de Antonio Escohotado, el hombre puede introducir una soledad tolerable y productiva en otra forzosa y yerma. Estar solo es algo más que estar sin nadie en las proximidades. Es, antes que nada, la capacidad de acogerse en cualesquiera circunstancias a un mundo interior propio.

Abrigo el convencimiento de que abunda entre la gente culta el hábito de reservarse un espacio sin interferencias ni tutelas, del cual luego el individuo sale para estar con los demás y, si las cosas vienen bien dadas, ofrecerles los frutos de su trabajo solitario. ¿Qué frutos? Pongo por caso el conocimiento nacido de la lectura, quizá la interpretación musical que un instrumentista ensayó durante muchas horas y acaso muchos días, o las probaturas que tal vez se coronen con una variante novedosa en el juego del ajedrez, la solución a un arduo problema matemático o, en fin, un descubrimiento beneficioso para la humanidad.

Claro que el hombre es un ser social; por eso le conviene estar de vez en cuando solo a fin de rendir tributo a la laboriosidad y al talento, que para algo se lo dio la naturaleza y se lo cinceló la educación, y para acudir a continuación al ágora con algo más que un mero bulto corporal. De la misma índole social eran Albert Einstein y el más tarugo de la comarca, aunque este último, movido de su índole gregaria, gustase de participar en manifestaciones y festejos.

Así que en esas estamos dentro del vagón del tren, determinados a arrebujarnos en una envoltura de grata soledad, en una especie de burbuja a la medida que ponga sordina a los ruidos cercanos. El tren contribuye al bienestar con su vaivén suave. La llanura entre amarilla y ocre, de vegetación escasa, que se observa por la ventanilla al caer de la tarde invita asimismo al recogimiento. Y por fortuna los viajeros guardan en este instante un maravilloso silencio, roto de manos a boca, ¡será posible!, por la musiquilla impertinente de un móvil. A la irritación sucede de inmediato el sobresalto entreverado de vergüenza, pues compruebo que es mi móvil, en el bolsillo interior de la chaqueta, el que está sonando. Diga. Ah, ¿eres tú? Estoy llegando a Zaragoza. Sí. No. Sí.

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