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El ataque ultra, la ovación a los mossos y las urnas que llegan tarde

Logotipo de EL PAÍS EL PAÍS 02/10/2017 Nacho Carretero
Roger Salmerón, junto al local atacado por ultras y donde se celebró la votación del 1-O. © JUAN BARBOSA Roger Salmerón, junto al local atacado por ultras y donde se celebró la votación del 1-O.

Roger Salmerón llega a las 5 de la mañana al Centro Cívico de El Putxet, una de las sedes decretadas por la Generalitat para votar en Barcelona. Llega sin dormir, después de pasarse la tarde anterior -sábado- organizando el local para el referéndum y la noche en casa enganchado a internet. Y llega con un susto aguardándole: cuatro ultras han atacado el centro durante la noche.

“Estábamos durmiendo -relata un vecino que estaba en el interior del local cuando tuvo lugar el ataque- y se acercó un joven con una estelada a la espalda. Nos dijo que si queríamos un pastel y le dije que no. Entonces intentó abrir la puerta y pegó un grito. Aparecieron otros tres chicos encapuchados e intentaron entrar. Los que estaban dentro se despertaron y me ayudaron a cerrar la puerta. En la disputa nos arrojaron orín y huevos. Después le pegaron una pedrada al cristal y se fueron gritando viva España”.

Roger escucha el relato con rostro serio y después contempla el estropicio en el cristal. Hace unas semanas se apuntó como voluntario en la web facilitada por la Generalitat para organizar el espacio en el que tendrá lugar la votación. “No soy vocal, ni interventor, ni nada. Solo un voluntario para organizar un poco todo en el centro cívico y echar una mano a los vecinos”, dice. “No sé cuándo ni quién traerá las urnas ni dónde están las papeletas”.

"Los fachas nos han hecho un favor: con la puerta rota ya no nos pueden precintar”

Todavía es de noche, pero ya hay un centenar de vecinos concentrados a la entrada del centro cívico. Roger se sube a unas escaleras y pide silencio: “Necesitamos tres mesas y dos ordenadores. Después bromea: los fachas nos han hecho un favor, con la puerta rota ya no nos pueden precintar”. Los vecinos aplauden. En menos de dos minutos ya hay dos voluntarios que, a sabiendas de que pueden ser confiscados, ofrecen sus ordenadores.

Veinte minutos antes de las 6 de la mañana, Roger y otros dos vecinos retiran la red de la mesa de pingpong y la convierten en una electoral. Roger nació hace 37 años en Barcelona, hijo de padres andaluces y psicólogo mediador de profesión. Creció en El Putxet, barrio de clase media, tranquilo y con unas maravillosas vistas sobre Barcelona. “Nunca fui independentista”, explica. “Siempre voté izquierda y federalismo. Hasta que el Estado se cargó el Estatut obviando el referéndum que habíamos celebrado. Fue tal la decepción que no vi alternativa. Y de verdad me da pena, pero es que me demostraron que no nos quieren. Me cerraron todas las puertas”.

Tiene Roger los brazos en jarra y, desde la entrada del centro cívico, mira a la calle. Son las 6 en punto y las urnas no llegan. “¿Las habrán confiscado?”, le pregunta un vecino. “No creo”, dice Roger. Tiene la voz tranquila. “¿Qué sientes ahora mismo?”. “Adrenalina”, dice. Empieza a llover.

A las 6:30 los rumores se multiplican. Ya son unas doscientas las personas que se han reunido a las puertas del centro cívico. Hay galletas, pan y leche. Hay mayores, jóvenes y bebés. Por momentos se hace el silencio: todas las cabezas se muestran agachadas mirando y tecleando frenéticamente los móviles.

El amanecer trae a dos mossos d’Esquadra. Llegan en un coche patrulla que los deja a la puerta del centro cívico. Los vecinos rompen a aplaudir cuando se acercan. Roger se sitúa en primera fila. Uno de los agentes toma la palabra: “Solo venimos a identificar a una persona, levantar acta y ya está. Todo pacíficamente”. Roger responde: “Vale, muy bien. Me identificáis a mí”. Los tres se abren paso entre los vecinos, ya más de 300 y acceden al interior del local. Firman el acta rodeados de vecinos. Luego le preguntan a Roger: “¿Qué vais a hacer aquí?”. “Charlar”. Con dos claveles de regalo los aplausos vuelven a despedir a los agentes. Uno de ellos sale del centro cívico con la piel de gallina estampada en sus brazos.

Con dos claveles de regalo, los aplausos vuelven a despedir a los mossos. Uno de ellos sale del centro cívico con la piel de gallina estampada en sus brazos

“Estoy intentando disfrutar este momento histórico, pero me cuesta. Nunca tomo café y ahora mismo estoy pum, pum, pum”. Roger hace el gesto de golpearse el pecho. ¿No preferirías que esto fuera un referéndum pactado? “Claro, pero siempre hemos vivido esto, todo medio clandestino. Estamos acostumbrados al acoso del Estado. Así que intento disfrutar los pequeños logros que vamos alcanzando mientras avanza la mañana”. Amanece en Barcelona.

Los dos agentes se han instalado en la calle, a la entrada del centro cívico. “Estaremos aquí hasta las seis de la tarde”. Son las 7:25 de la mañana. Los vecinos le ofrecen un café a los mossos y, muchos de ellos, se sitúan en la entrada para hacer bulto. Veinte minutos después, como por arte de magia, las urnas están ya sobre las mesas en el interior del local. Las han metido sin que nadie se haya dado cuenta. Tampoco los agentes.

Siguen llegando vecinos. También han llegado ya apoderados e interventores. Preparan las mesas mientras varios voluntarios vigilan la puerta de la sala donde se votará. A las 8:30 los mossos vuelven a acceder al centro. Preguntan por un responsable. Esta vez la respuesta es colectiva: “Todos”, gritan los vecinos. Los agentes vuelven a salir envueltos en una ovación. “Están afectados”, dice Roger. “Se les nota. Hostia, es que este no es su trabajo…”.

Son las 9 de la mañana y los rumores, vídeos y fotos rebotan por internet con desenfreno. Roger revisa su móvil. Su rostro ha cambiado. Está serio, pensativo. Ha visto un par de imágenes en las que la Policía Nacional carga contra vecinos en dos colegios de la ciudad. “¿Qué crees que va a pasar aquí?”. “Que van a venir y van a hacer daño a la gente”. “¿Estás preocupado?”. “No… No. Si nos pegan van a quedar deslegitimados. ¿Nos pegan y luego qué? ¿Nos ofrecen un nuevo acuerdo económico? ¿Nos ofrecen diálogo? ¿Te meto una paliza y luego te ofrezco dinero? Han perdido la legitimidad”.

Interrumpe a Roger una interventora de ERC que pide silencio a los presentes. “Si viene la Policía Nacional, que van a venir, hacemos un cordón y, pacíficamente, no les dejamos entrar. Y, si entran, no les dejamos salir”. Otra vez aplausos. Roger sigue con su reflexión: “Quieren crear un problema de orden público. ¿Qué sentido tienen que hagan cargas? Si es que no tiene explicación. Nos zurran y luego, ¿qué? Así se pierde un país”.

La cola se alarga más de cien metros. Una mujer sale tras depositar su papeleta y rompe a llorar

Son las 10 y las mesas siguen sin abrirse. Hay problemas informáticos. Se cae el wifi, se especula con un ciberataque a gran escala. “Como Erdogan”, dice un vecino. Crece el nerviosismo. Más vecinos se acercan a Roger, preocupados por una posible llegada de la Policía. “Tranquilos, vais a votar”.

Los aplausos avisan a las 10:13 horas de que se puede votar por fin. De nuevo la interventora de ERC toma la palabra. “Por favor, la gente que vaya votando, que se quede. Hay que bloquear un posible paso”. Vuelven las sonrisas.

Roger propone dar una vuelta en su coche por el barrio, para ver cómo está el ambiente en otros colegios electorales. A pocas calles está otro centro cívico. A ellos les han pegado con silicona la puerta de entrada. La votación va con retraso porque han tardado un buen rato en abrirla. Peor todavía pinta la situación en la Escola Projecte, el principal centro de votación del barrio. Doce furgonetas de la Policía Nacional están apostadas en la entrada. Ha habido cargas minutos antes. “Mira eso”, dice Roger resoplando al volante. Después chasquea la lengua con gesto triste.

A mediodía el cansancio asoma. Ya son ocho horas en pie, bañados en tensión. A esta hora la votación fluye en El Putxet. La cola se alarga más de cien metros. Una mujer sale tras depositar su papeleta y rompe a llorar. Secándose las lágrimas dice: “Hostia, yo no tenía ni idea de que iba a llorar”. Un hombre se acerca a Roger y con voz tensa le cuenta de que su hija, de 20 años, ha sido agredida por la Policía Nacional. “La han agarrado del pelo y la han arrastrado”, dice nervioso. “Ella se ha quejado y le han dicho: ¡pues haber cumplido la ley! En castellano se lo ha dicho, claro”. Roger niega con la cabeza. Después propone ir a comer algo.

Bocata en mano, a punto de llegar a la una de la tarde, Roger habla sobre su labor como psicólogo mediador. “La mediación solo es posible si las dos partes quieren solucionar el conflicto. Si no, es imposible”. Después añade: “Casi siempre es un problema de incapacidad para comunicarse. La mediación lo que trata es de modular esa comunicación. Y tener en cuenta que en un conflicto no hay ganadores ni perdedores, solo víctimas”. De fondo, en la televisión de la cafetería, las noticias muestran cargas policiales.

“Por favor, la gente que vaya votando, que se quede. Hay que bloquear un posible paso"

Pasadas las dos de la tarde el miedo a que aparezca la Policía Nacional se diluye y llegan familias con hijos para votar. La cola avanza a toda velocidad. Un apoderado explica: “Como han anunciado censo universal, pues lo que estamos haciendo es tomar los datos de todos los que votan. Y listo”.

Por la tarde el clima se relaja. La cola va menguando y la única ovación que rompe la tranquilidad llega cuando un vecino anuncia que se ha suspendido el partido del Barça. En realidad se acabará jugando a puerta cerrada.

A las seis y media de la tarde, una hora y media antes del horario previsto, el colegio echa el cierre. “No sé por qué”, dice Roger. “Lo que sé es que ya no había más vecinos para votar”. En Barcelona empieza a atardecer y un helicóptero sobrevuela El Putxet. Dentro los apoderados proceden al recuento. “Hoy hemos creado algo nuevo”, concluye Roger. “Dijo Gandhi que un esfuerzo total es una victoria completa. Pues eso”.

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