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El atasco

EL PAÍS EL PAÍS 14/06/2014 Antonio Jiménez Barca
Un vendedor transita por el atasco. © ODD ANDERSEN Un vendedor transita por el atasco.

El jueves, día del partido entre Brasil y Croacia en São Paulo, un taxista feliz explicaba a un cliente que la mañana había amanecido perfecta: un sol de otoño, una brisa suave, un partido memorable dentro de unas horas…

Como además era fiesta (los días en que juega Brasil el Gobierno decreta no laborable para las ciudades que acogen el partido), el taxista señaló las avenidas despejadas, a unos corredores haciendo footing despreocupadamente en un carril-bici, a una madre paseando a su hijo pequeño en un carrito y exclamó, aún más sonriente, en una suerte de desahogo existencial:

—Hoy São Paulo es el paraíso.

Era verdad: ese día la ciudad presentaba una cara dulce que otras veces esconde.

Sin ir más lejos, dos días antes, la jornada huelga del metro, São Paulo registró un atasco enorme, inimaginable para quien no es de aquí. La palabra es la misma, pero créanme si les digo que no significa lo mismo un atasco en São Paulo que otro en Madrid o en París. En São Paulo hay siete millones de vehículos. En los últimos años se incentivó la compra de coches para la pujante clase media brasileña, pero la construcción de infraestructuras para absorberlos no ha ido en paralelo. Los muy ricos se desplazan en helicóptero en esta mega-ciudad de 11 millones de personas.

El martes, día del Gran Atasco De Este Mes, hubo quien empleó tres horas en llegar al trabajo y otras tres horas en volver a casa

El martes, día del Gran Atasco De Este Mes, hubo quien empleó tres horas en llegar al trabajo y otras tres horas en volver a casa. Una señora que hablaba de eso en un periódico brasileño exclamaba: “He tardado más tiempo en ir y venir que en trabajar”. Contemplar la ciudad ese día a las seis de la tarde, hora punta, desde las ventanillas de un coche tenía algo de apocalíptico: las calles parecían cimentadas con coches, batallones de coches surgían en cada calle, de cada avenida, de cada garaje. Todas las vías de la ciudad se encontraban bloqueadas, con murallas de vehículos detenidos. Había miles de coches bufando pero nadie pitaba, dando a entender que todos se han acostumbrado a esta fatalidad.

Hace unos meses, en un artículo sobre fútbol brasileño en The New Yorker, un habitante de São Paulo aseguraba que hay estudios que preconizan que de seguir a este ritmo, dentro de 20 años se producirá un atasco definitivo que dejará la ciudad paralizada para siempre. Sólo los muy ricos en sus helicópteros revolotearán de acá para allá esa tarde final.

Por eso no sorprende a nadie que hace un año el detonante de las protestas contra el Mundial que sacudieron al país fue una subida mínima en el insuficiente transporte público. Tampoco que la movilidad urbana será uno de los temas cruciales en las próximas elecciones de octubre. Cuando se vive un atasco de las dimensiones colosales que tuvo el del martes, se comprende que hay pocas cosas más importantes en la vida de uno que ver con impotencia la propia vida de uno escaparse dentro de un coche parado.

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