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El Athletic toca fondo ante el Zorya

Logotipo de EL PAÍS EL PAÍS 29/09/2017 Eduardo Rodrigálvarez
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Aduriz y Raúl García se lamentan durante el partido. © VINCENT WEST Aduriz y Raúl García se lamentan durante el partido.

Raro es que un partido de fútbol, un equipo de fútbol, lo gobierne Pablo Neruda. No pega y sin embargo el Athletic parece un fiel traductor futbolístico de los versos del poeta chileno cuando escribió (movido por el amor, no por el fútbol): “para que nada nos separe, que no nos una nada”. Una derrota por anticipado, una huida del sufrimiento. Y en eso anda el Athletic, descosido en el campo, con más hilos que un cajón de sastre después de una gripe, y ninguna madeja de la que tirar. Se mueve el Athletic entre el ¡uy! y el ¡ay! Sin puntada de por medio. El ¡uy! de Muniain, el sastrecillo valiente, el poeta del verso libre, y el ¡ay! de Kharatin cuando cabeceó un córner a la red con la defensa del Athletic sudando la gripe de verano. Nadie vio el centro, nadie le vio llegar, solo le vieron celebrar su lotería. A veces toca y le tocó. Habían pasado 26 minutos, uno de pasión cuando Muniain remató al travesaño y en el disparo subsiguiente de Williams lo rechazó el portero. Luego Muniain malgastó, por impaciente, (ya se sabe que el amor, aunque sea al gol, siempre es urgente) una ocasión de parar, templar y mandar. Y después de eso el Athletic se murió. Descorchado el champán, no era muy bueno y se lo bebieron sus escasas burbujas.

Porque el Zorya, séptimo en la Liga ucrania, exiliado por los conflictos prorrusos en su territorio, derrotado en la primera jornada de la Liga Europa en su domicilio alquilado por el séptimo de la Liga sueca, en cuanto vio la luz, se le iluminó la vista y pareció un equipo apañadito, nada que ver con esos futbolistas que llenaban por la mañana la tienda del Athletic en el Casco viejo llevándose souvenirs rojiblancos como quien visita una catedral sin saber cuando volverá. El orden, solo el orden, y su portero Lunin, sofocaron los incendios rojiblancos, puras pavesas de lo que un día fue una hoguera que ya no calienta. El Athletic es hoy por hoy lo que intenta Muniain y lo que corre Williams. El resto son sombras chinescas, futbolistas en blanco y negro en un fútbol multicolor, pero sin el gramaje de aquellas fotografías de la época. Beñat, llamado a ser un agente del orden, dejó el silbato más cerca de su portero que del contrario. Raúl García perseguía a su sombra sin saber que nunca la alcanzaría, ni por delante ni por detrás. La productividad de los laterales tiende al infinito, es decir, a ese lugar al que nadie ha ido y si ha ido no ha vuelto. Ni un solo centro razonable nació de sus costados, como si la lanza de Longinos, en vez de herir al Cristo le hubiera desgarrado los pies. Así el Athletic se vuelve inconcebible.

Y eso que el público, visto el desempeño del equipo, se empeñó en levitarlo a base de palmas y gritos, aunque solo Muniain, que para colmo se fue en camilla en el descuento, entre lágrimas, agarrándose la rodilla, parecía recibirlos, digerirlos, interpretarlos y licuarlos en busca de que el zumo se desparramase como en una mesa coja. Pero el Zorya había puesto calzas en las paras de la mesa y ni tembló. Y lo que fueron palmas, fueron pitos. Tiempo hacía que San Mamés no medía los silbidos a su equipo. Tan entregado al amor en los colores de repente se dio cuenta de que ese equipo solo le unía por los colores, pero le separaba todo su juego. O toda su falta de juego. Y tocó fondo. Y tocó el fango. Y estaba frio.

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