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El búnker, el picadero de los jóvenes albaneses

El Correo El Correo 09/09/2015 Luis López

En Albania hay entre 750.000 y un millón de búnkeres medio enterrados en la tierra. © El Correo En Albania hay entre 750.000 y un millón de búnkeres medio enterrados en la tierra.

Los búnkeres de los que hablamos son mínimos. Pequeños. Como champiñones de hormigón y acero. Están medio enterrados y solo sobresale del terreno una cúpula gris. Se accede a ellos por una portezuela bajo el nivel del suelo ubicada en la parte trasera, y por delante disponen de una pequeña apertura horizontal para sacar la artillería. Pero nunca nadie sacó la artillería ahí. Al menos, no para hacer la guerra.

Albania, que durante décadas fue la Corea del Norte de Europa, el país más hermético del planeta, está sembrado de búnkeres. Hay entre 750.000 y un millón. Es decir, una media de 26 por kilómetro cuadrado. Casi uno por cada tres albaneses. El fenómeno, en sí mismo, ya es bastante peculiar. Pero aún lo es más el uso que se da a toda esa red defensiva. Como la invasión para la que fue diseñada nunca llegó, se ha convertido en el picadero de todo un país. La juventud albanesa lleva décadas desvirgándose en estos refugios.

El asunto tiene una bonita dimensión simbólica: cómo unas estructuras concebidas para hacer la guerra se reinventan para el amor. Pero la verdad es que esta evolución estuvo motivada por razones prácticas. Por pura necesidad. Porque la juventud necesitaba sitios donde desfogarse. Y en Albania, en los años 70 y 80, apenas había unas decenas de coches y, por lo tanto, tampoco había disponibles asientos de atrás. Ni tampoco hoteles. Además, el 'gran hermano' siempre vigilaba en la atmósfera opresiva tan propia de la guerra fría, que particularmente en Albania llenaba todos los rincones. Así que la chavalada se fijó en aquellos fantasmas de hormigón, aquellos refugios vacíos y panzudos, y comenzó a darles el uso pertinente. Nadie sabe cuántos albaneses se concibieron en sus sombras.

La tradición ha llegado hasta nuestros días pese a los grandes cambios que ha experimentado el país. Cuando se le plantea el asunto a los nativos sonríen de lado, en plan granujilla. "No hay lugar en el mundo donde puedas encontrar más intimidad", informa un joven taxista. Eso sí, echan de menos las macizas puertas metálicas que se cerraban por dentro con un cerrojo pesado y chirriante. En los últimos tiempos buena parte de ellas han sido arrancadas por depredadores que luego las venden como chatarra en el mercado negro.

¿Por qué se construyeron casi un millón de búnkeres en un pequeño país como este? Una ocurrencia tan excéntrica siempre tiene una base lógica: Enver Hoxha, el dictador comunista que reinó en Albania durante más de cuatro décadas, temía una invasión. Con el agravante de que el agresor podría ser la OTAN, pero también la URSS o incluso China. Porque el desquiciado Enver tenía el talento de llevarse mal con todo el mundo.

Tras la II Guerra Mundial se alió con los vecinos yugoslavos, pero el entendimiento no duró mucho y rompieron relaciones. Luego Albania selló una alianza con la URSS de Stalin, en cuya órbita permaneció hasta la muerte del dictador soviético. Porque cuando Khrushchev comenzó a poner en tela de juicio las masacres perpetradas por su antecesor, Hoxha percibió que la vieja Rusia se estaba ablandando. Dulcificando su postura, alejándose de la ortodoxia estalinista. Así que dio la espalda a Moscú y proclamó a la pequeña Albania como "reserva espiritual" del marxismo leninismo.

Los búnkeres están repartidos por todo el país. Literalmente. En la playa, en la ciudad, en el campo... © El Correo Los búnkeres están repartidos por todo el país. Literalmente. En la playa, en la ciudad, en el campo...

Un par de años después, en 1958, la China de Mao le tendió la mano. Era el momento en el que la potencia asiática había roto con la URSS iniciando una guerra fría paralela en el mismo seno del bloque comunista. Pero al final el nuevo socio también resultó ser un poco flojo a ojos del inflexible Enver. El idilio duró poco más de una década, hasta que los chinos comenzaron a hacer gestos de acercamiento a las potencias occidentales. 'Que os den a vosotros también', debió decir el cada vez más quijotesco dictador albanés.

Así que Albania se quedó sola como guardiana de las esencias, como bastión del marxismo más puro. Y, claro, había miedo. Porque el enemigo ya no solo era la OTAN capitalista, sino también los vecinos yugoslavos, la potente URSS y la lejana pero pujante China.

Con semejantes amenazas, Hoxha se embarcó en su implacable programa de 'bunkerización'. Distintos estudios cifran su coste durante las décadas de los años 70 y 80 en el 2% del PIB del país más pobre de Europa. Y hay quien dice que cada estructura de estas costaba lo mismo que un apartamento de dos habitaciones. Naturalmente, desde la cúpula militar algunos le hicieron notar al líder que semejante gasto podría ser más útil en otros campos. Y, naturalmente también, los críticos fueron pasados por el cuchillo.

Es cierto que había un precedente histórico que justificaba la 'bunkerización'. En Albania presumen de ser el único país que durante la II Guerra Mundial logró repeler a los nazis sin necesitar ayuda extranjera. Lo hicieron gracias a la guerra de guerrillas. Emboscándose. A Hoxha le pareció que si esa estrategia había servido contra los alemanes en los años 40, mejor funcionaría en sus tiempos potenciada con una imponente red de búnkers y con una población bien instruida militarmente –incluidos civiles, mujeres, niños...–.

Hay que tener en cuenta que estas estructuras defensivas no estaban ubicadas de manera aleatoria. Los refugios pequeños y más numerosos se construían en una estructura radial que partía de un gran búnker de mando desde el que todos ellos eran visibles. En caso de ataque, cada albanés debía coger su arma y acudir al refugio que tenía asignado.

Nunca se usaron

Cuando cayó el régimen comunista se pensó en desmantelar lo que se veía como un espectáculo ridículo que recordaba a los tiempos grises. Pero el coste era inasumible. Es cierto que en los últimos quince años han desaparecido muchos, destruidos a medida que dificultaban expansiones urbanísticas. Pero la gran mayoría sigue en pie. Vigilante. Los hay en los parques de las ciudades y en las gasolineras. En cualquier esquina. Junto a las carreteras y en las playas. También en los campos y en los pueblos. Y si desde la costa del Adriático uno se fija en las montañas próximas, entre la maleza se perciben claramente esos puntitos amenazantes.

Algunos se usan para guardar ganado, otros para almacenar aperos. En los que están las playas se dejan las sombrillas y las tumbonas. Los hay que hasta se han pintado de colores, como para darles un toque artístico y contradictorio. Sobre los que están cerca de la universidad de Tirana se sientan los estudiantes en grupos animados. Y aquellos que están en lugares más apartados y que todo el mundo sabe cuáles son reviven a horas intempestivas cuando, entre susurros, aparecen las parejas impacientes.

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