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El Barcelona silencia el Camp Nou frente a Las Palmas

Logotipo de EL PAÍS EL PAÍS 02/10/2017 Ramon Besa
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Messi, frente a Tana y Borja Herrera, en un Camp Nou vacío. © Alex Caparros Messi, frente a Tana y Borja Herrera, en un Camp Nou vacío.

El Camp Nou nunca había sido un estadio mudo, que se sepa jamás se quejó desde el silencio, sino que fue un escenario vitalista, mayormente rebelde, colorista y sensible con el sentir de Cataluña, una manera de ser no siempre bien vista y entendida por los aficionados que le siguen en el mundo y especialmente en España. Las esteladas y los cánticos de independencia han resonado muy fuerte últimamente en el campo del FC Barcelona.

No es fácil gobernar el club cuando el país está encendido y la directiva es reactiva y tibia, como pasa con la de Bartomeu, superado por los acontecimientos, atrapado entre la espada y la pared, en medio de la ley administrativa que le exigía disputar el partido y de la presión social que clamaba por su aplazamiento el día del 1-O. Quiso suspender el encuentro Bartomeu y no se atrevió por miedo a la sanción de la Liga y la Federación.

Y puede que también porque no estaban muy conformes algunos futbolistas del propio Barça. La cuestión es que la junta no encontró cómplices para no jugar y se inventó una solución salomónica que no contentó a nadie e indignó a la hinchada más nacionalista, que sintió que se manchaba el Camp Nou al disputar el partido a puerta cerrada, por más justificaciones que diera Bartomeu, sometido en su estadio y solidario con Cataluña.

No pudieron ver el partido los aficionados que acudieron al campo y no lo quisieron ver los seguidores enfadados por su celebración ni los que abogaban por la cancelación de cualquier espectáculo en Barcelona. El Camp Nou fue una Galia callada y desnuda en una ciudad sin ocio por el Referéndum. Aunque evitó el castigo deportivo, Bartomeu afronta ahora una crisis de dimensiones incalculables, hoy ya personalizada en la dimisión del vicepresidente Carles Villarrubi y del directivo Jordi Monés.

A los futbolistas azulgrana les llevó mucho tiempo demostrar que pretendían jugar el partido contra Las Palmas, equipo que se bordó la bandera de España en la camiseta amarilla para expresar también su posición ante el 1-O, sabedor el club que ha sido protagonista de jornadas célebres en el Camp Nou como la primera narración en catalán de Puyal (1976) y la visita del presidente Tarradellas a su regreso del exilio en octubre 1977.

No había nadie en el palco y en la cancha solo jugaba la Unión Deportiva. Tocaban, pío- pío los canarios y Calleri remató al palo de Ter Stegen. Incluso Valverde no dio con la alineación y se tuvo que corregir en el descanso para acabar con la sensación de vacío que presidía el partido, el sinsentido que suponía seguir un balón sin nadie que aplaudiera o pitara, la defensa inanimada de la condición de invicto y el liderato ganado a pulso en la Liga.

Tuvieron que salir Iniesta y Rakitic para que el equipo barcelonista pusiera al menos un gol a la salida de un córner botado por Messi y rematado por Busquets. Al 10 le da igual las condiciones de juego, incluso que saltara un espontáneo con una camiseta amarilla y el lema de independencia en mitad de un partido a puerta cerrada, una señal más del despropósito de la tarde; el 10 volvió a marcar las diferencias con dos tantos que ya suman 11 en siete partidos de Liga.

Los pases interiores de Denis Suárez y Rakitic dejaron a Messi mano a mano con Chichizola y acabaron con el interés por puntuar del Las Palmas. A falta de fútbol, quieto y espectador como estuvo a menudo el equipo de Valverde, se impusieron las jugadas y los goles, suficientes a efectos de clasificación para la Liga.

La imagen del estadio

Los focos del Camp Nou, sin embargo, se centrarán en las gradas vacías, como pretendía Bartomeu, firmante, por otra parte, de la adhesión del club al Pacto por el Referéndum y permisivo en 2013 para que la Vía Catalana pasara por el Camp Nou.

Una vez llegado el partido, el presidente prefirió salvar la competición, obediente con el reglamento y sordo ante los seguidores que le pedían que se plantara, el camino opuesto al que ha seguido el presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont. La decisión del mandatario azulgrana pesó más durante el encuentro que las gambetas de Messi, las molestias de Iniesta —se retiró antes de que pitara el final el árbitro Munuera Montero— y los toques de Piqué, el futbolista azulgrana que precisamente más sintonía había demostrado con quienes ocupaban las calles para votar muy cerca del apagado Camp Nou. Piqué, en calidad de ciudadano, había pasado por el colegio electoral antes de llegar a las instalaciones del FC Barcelona.

El partido no tuvo historia, presa de la tristeza, tal que fuera un acontecimiento furtivo en un día en que no se hablaba de nada más que del 1-O. A los directivos les costará defender su postura ante muchos aficionados, indignados por las cargas policiales, mientras los futbolistas se remitirán al marcador y al comunicado consensuado del club. Nadie entendió a fin de cuentas porqué no se cambió el partido al sábado como pasó con el baloncesto en el Palau. La séptima victoria consecutiva será considerada anecdótica por el marco en que se logró: a puerta cerrada, silenciado el Camp Nou, más lejos que nunca de lo que sucedía en Cataluña. Más que un club, el Barça fue solo y sobre todo un equipo de fútbol.

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