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El Barcelona vive del error ajeno

Logotipo de El Mundo El Mundo 27/09/2017 FRANCISCO CABEZAS
© Proporcionado por elmundo.es

No podía tenerlo sencillo el Barcelona en el José Alvalade de Lisboa. Ya no sólo porque cada vez que le toca alejarse del Camp Nou para recorrer Europa se le pone la cara de quien va con los pies por delante hacia la morgue (otro gol en propia puerta del rival le devolvió a la vida). Sino porque su rival esta vez, el Sporting de Portugal, pese a su infinidad de carencias técnicas, pese a tener los dedos con más nicotina que purpurina, compareció con la valentía propia de quien niega un destino imposible de burlar.

[0-1: Narración y estadística]

Algo así le ocurría a otro fumador empedernido como el escritor suburbial Lobo Antunes, hincha por cierto del Benfica, gran rival del Sporting. Entre paquetes de Marlboro y lingotazos de grapa, contaba en una entrevista que él, en realidad, no estaba preparado para morir, sino para vivir. La misma sensación que transmitían los 50.000 seguidores verdiblancos en su guarida, que se dejaban la garganta cada vez que Mathieu rebañaba un balón a Messi (hasta tres duelos le ganó al argentino), o que Battaglia, perfecta metáfora del superviviente, respondía con el agua al cuello. Todo parecía inútil, pero emocionaba al aficionado.

Quizá no esperaba el Barcelona semejante ímpetu de un Sporting que, pese a su último empate ante el Moreirense, había enhebrado seis triunfos ligueros que le colocaban a la altura de un pasado melancólico, el de la temporada 1993-94, con el fallecido Bobby Robson en el banco. Además, el equipo verdiblanco, que llegaba al partido invicto este curso, sumaba 12 partidos sin perder.

Dificultades para el Barça

Así, al Barcelona le costó poco enredarse ante el trabajado planteamiento táctico de Jorge Jesus, que durante largas fases del partido se atrevió a avanzar su defensa hasta límites insospechados. Quizá como homenaje a su admirado Johan Cruyff.

No había manera de que el Barcelona encontrara pasillos por donde desarrollar su juego. Encerrado en apenas 20 metros de campo, sólo las intervenciones de Sergi Roberto -tercera alternativa que prueba Valverde para suplir a Dembélé en el extremo tras Aleix y Deulofeu-, los arreones de Semedo y los esporádicos chispazos de Messi agitaban a los granas.

Pero por mucho que el Barça tratara de masticar el partido, aquello era de lo más gomoso. Busquets, Rakitic e Iniesta no se asociaban en el eje. Luis Suárez se desesperaba con sus propios errores. Y cuando ejecutó el desmarque al lugar correcto, tras asistencia de Sergi Roberto, se topó con la resistencia de Rui Patricio.

Coates en propia puerta

Aunque de nada podía servir al Sporting su buena estructura defensiva si descubría el drama cada vez que cruzaba el centro del campo. Gelson Martins naufragó ante Jordi Alba. Y Doumbia, su ariete titular, se lesionó cuando trataba de poner a Piqué en un aprieto. De su jugador franquicia, Bruno Fernandes, sólo hubo dos noticias: un martillazo demasiado alto y un duelo al sol en el que Ter Stegen salvó el empate ya en el segundo acto.

Con el partido prácticamente parado, y viendo que el Sporting comenzaba a estar más pendiente de un árbitro que le cargó a tarjetas que de su propia existencia, el Barcelona encontró el camino. Cómo no, gracias a un gol en propia puerta. El tercero consecutivo. Esta vez, después de que Messi, tras una falta forzada por Semedo, diera con Suárez en el área. El uruguayo puso todas las partes de su cuerpo para rematar el balón. Aunque fue Coates quien acabó la faena.

La racha del Barcelona, ciertamente, impone. Ya son ocho triunfos consecutivos desde su desastroso duelo de Supercopa. Otra cosa es su juego. En Lisboa acumuló pérdidas de balón, imprecisiones en el control y malas decisiones en el ataque estático. De belleza, ni rastro. De autoridad, menos aún, por mucho que Paulinho rondara la sentencia al anochecer. Pero ya lo dijo Valverde. Ganando, todo parece de color de rosa.

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