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El barrio del Cabanyal espera este mes la 'última sentencia'

El Mundo El Mundo 08/06/2014 DANIEL BORRÁS

«Y resisto como resisten en el barrio del Cabanyal;no es eterno, es un estado provisional», canta el grupo indie León Benavente. El tema usa esta alegoría para explicar que las relaciones de amor, a veces, se atascan. Y lo del Cabanyal, aunque suene solo a metáfora social, funciona a la perfección porque es una declaración de amor de manual: La de sus vecinos por un barrio marítimo que no se resiste a un destino que parecía fijado como mancha de acero.

Lo que ocurre en el barrio está por encima de la conveniencia o no de un plan de ampliación del que se ha debatido hasta el exceso. Será bueno o será peor, será legal o generará controversia... es un plan que, simplemente, los vecinos no pueden asociar con un barrio que está vivo. Un «ejemplo» de resistencia ciudadana, social, política, que analiza el doctor Lluís Cerveró en su reciente libro El Cabanyal, per exemple (ediciones Tres i quatre, 2014), donde repasa los 15 años, entre 1998 y 2013, que han pasado desde que se pusiera en marcha el proyecto municipal de prolongación de la avenida de Blasco Ibáñez hasta el mar.

Y lo hace en un momento importante. «Solo queda pendiente resolver un recurso presentado por el Ayuntamiento a la sentencia de la Audiencia Nacional, que refrendó la orden ministerial impulsada por la ex ministra Ángeles González Sinde», explica Cerveró. No hay nada más, judicialmente hablando, que resolver. «Y se espera que la solución llegue este mismo mes», avanza el autor. «Pero si me preguntas si esto significará el final el proceso... pues creo que no», matiza, «el Cabanyal vive en una suerte de estado de espera porque la Administración local hace caso omiso a las leyes y a los vecinos».

© Proporcionado por elmundo.es

El libro recoge, «con la mayor objetividad posible, con datos irrebatibles», 15 años de trabajo de la plataforma Salvem el Cabanyal. Y lo hace a través de una selección de artículos de prensa, incluyendo varios publicados por EL MUNDO, que son los que analizan la historia. «Salvem no es la única plataforma que se ha enfrentado a decisiones políticas, pero sí creo que es un buen ejemplo del proceso», cuenta Cerveró. Intentando resumir qué es lo que ha pasado y por qué, al autor le cuesta encontrar argumentos. «Es una historia de falta de recepción por parte de la Administración. No se entiende que no escuchen a los ciudadanos, a la justicia, a entidades internacionales... hay una frase de la alcaldesa Rita Barberá que lo define todo:'iré a la cárcel por el Cabanyal'... es increíble».

Desde el Ayuntamiento, por su parte, defienden el escaso valor patrimonial de las viviendas que se perderían con la ampliación (sí tienen un valor arquitectónico 'popular', pero más complejo de medir); lo positivo del plan para la recuperación del barrio, que abriría la playa al centro; y la tendencia en cuanto a los votos, favorables al Gobierno popular incluso en los poblados marítimos, que legitiman su decisión. Para Cerveró la lectura política tiene muchos matices, «porque se vota un programa global, unas elecciones no son un referéndum para decidir si se aprueba el plan de ampliación»;pero también, «porque los votos conseguidos no son la única razón democrática».

Lo cierto es que, atendiendo a los resultados de las últimas elecciones europeas (difíciles de extrapolar pero que suelen servir como punto de partida para hacer análisis de tipo local), los votos a los partidos que no son partidarios de la ampliación ya son mayoría. «De hecho, el PP solo tuvo mayoría absoluta en el Cabanyal en 2007, la única vez en seis comicios», recuerda el autor del libro.

Aunque la negativa, como apunta la propia publicación (ampliamente documentada), no es nueva ni se centra en ir contra un gobierno concreto. Existe un documento remitido a la Administración, con fecha de entrada del 14 de marzo de 1953 y firmado por Víctor Gosálvez, que ya se opone a una ampliación similar. «Valencia no es una ciudad tan sobrada de recursos que pueda permitirse lujos tan caros como el de esta avenida gigante», dice el texto que se presentó oficialmente. Y dice también que «las ciudades no crecen destruyendo y volviendo a construir. Crecen naturalmente y no se les puede forzar. El ritmo y la dirección las marcan ellas mismas y no se puede hacerse otra cosa que seguir sus pasos y crear las vías de comunicación necesarias».

¿Por qué existe una negativa histórica en el barrio, más allá de los partidos políticos que gobiernen en cada momento?. «Es muy sencillo. No hablamos de un problema urbanístico, de diseño. Esto no es como reformar un comedor. Aquí hay un pueblo vivo, con gente que tiene sus casas, sus comercios... no puedes cambiar eso por 133 metros de avenida». Cerveró lo explica un poco más: «Es que no es una cuestión de si la ampliación de Blasco Ibáñez quedará bonita o fea... el problema es construir una en un sitio que está habitado. ¿Queda bien una avenida grande, con árboles? Seguro que sí, en cualquier sitio donde la pongas, eso no lo niega nadie en el Cabanyal. Pero no es lo adecuado para un sitio que está vivo».

Lo cierto es que el libro reflexiona sobre cómo Salvem el Cabanyal ha ido haciendo frente, precisamente, a una negativa frontal a tratar cualquier posible alternativa. «No hablamos ni siquiera de intereses especulativos, que serían en todo caso suposiciones, hablamos de una clara falta de diálogo. Yo creo que esa ha sido la principal carencia del equipo de Gobierno local en estos casi 16 años de plataforma».

A la espera de la resolución judicial y de saber qué hará el Ayuntamiento en un futuro (con unas elecciones a menos de un año vista), Cerveró no encuentra soluciones intermedias. «Es que no hay», explica, «o se hace la avenida o no se hace, es así de sencillo». Otra cosa sería buscar alternativas. «Lo primero que necesitamos es una rehabilitación de la zona más degradada, meter dinero. Hay zonas que sí están por urbanizar, se puede trabajar ahí».

Mientras tanto, el Cabanyal, a juicio de Cerveró, «se va hundiendo, va pudriéndose, está abandonado», y parecen pesar más los argumentos políticos que las historias de vida. Un estado provisional, como la canción, que ya dura casi 16 años. Quizá demasiados.

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