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El caminar cansado de los gigantes

Logotipo de El Mundo El Mundo 24/09/2017 LUIS MARTÍNEZ

Entre septiembre de 1710 y diciembre de 1715, el viajero Gulliver visitó el país de los Houyhnhnms. Antes había estado entre enanos, gigantes y encaramado a islas que flotaban. Allí, entre esa raza sublime de caballos parlanchines, el monstruo volvía a ser él. De hecho, ni siquiera era un ser humano. Se miraba en el espejo y sólo veía un yahoo, eso era, un ser ajeno a la civilización equina, fuera de norma (anormal, por tanto) y fundamentalmente extraño. San Sebastián dedicó el domingo a festejar a su manera el tamaño de lo monstruoso. Primero fue Handia, de Aitor Arregi y Jon Garaño, que no es más que la historia de un gigante y, luego, Agnès Varda, otro ser descomunal y casi mítico, que aunque presentaba Caras y lugares en realidad comparecía para recoger su Premio Donostia. Dos formas, por tanto, de yahoos, de monstruosidad iluminada.

Al monstruo, antes que nada, le define su visibilidad, su claridad, su presencia. Aparece una criatura extraña y ya no se puede ver nada más. Si hacemos caso a ese viejo precepto que dice que amar es antes que nada ver, reconocer; nada tan entrañable y querido como un monstruo. Odiar, en consecuencia, consistiría en lo contrario, en ocultar, en negar la existencia. De todo esto habla Handia, una película a la vez fantástica, alegórica y profundamente poética. Además de, a su manera, política.

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Situémonos, estamos en el fragor convulso del siglo XIX. Tras haber combatido con los carlistas, Martín (Joseba Usabiaga) regresa a su caserío familiar para ser testigo de un raro prodigio: su hermano Joaquín (Eneko Sagardoy) es todo un gigante, una criatura extraña que no ha parado de crecer y, por tanto, monstruosa. Lo que sigue es la historia, basada en el episodio a la vez real y legendario del gigante de Altzo, de un hombre entregado al esforzado ejercicio de ser reconocido. Primero será admirado, como la maravilla que es; luego quizá despreciado, como la amenaza que representa a eso que el tiempo ha dado en llamar decencia, normalidad tal vez.

Los directores (uno de ellos corresponsable de Loreak) confeccionan así una película itinerante que recorre Europa entera desde lo más profundo de un pueblo perdido. En realidad, la cinta pasea casi a tientas por un espacio misterioso, casi sagrado. Se habla de siglos pasados, pero se apela a la memoria colectiva de una leyenda forzosamente milenaria. Y compartida por todos. La cámara se limita a levantar acta de su propia extrañeza y lo hace de forma tan detallada y precisa como sonámbula. Brillante sin duda.

Si se quiere, la película tiene mucho de mitología de un pueblo entero. Las metáforas están para eso. No es difícil trazar líneas, tal vez demasiado obvias, entre la rareza descomunal de un hombre que habla una lengua necesariamente distinta y Euskadi entera. Pero eso sólo si se está por la labor y se tienen ganas. Lo que cuenta es lo otro. Y eso otro discurre precisamente por la piel de un relato que se sabe fábula. El gigante no sólo exhibe su tamaño inabarcable por las ferias del mundo, también hace visible su propia leyenda y, ya puestos, su deseo de ser aceptado, de ser reconocido, de ser, finalmente, amado. Y es ahí donde Handia crece ante la mirada del espectador como un cuento iluminado que es a la vez relato fiel de una historia del pasado y leyenda de todos los tiempos posibles.

Bien es cierto que la película, por momentos, cae enamorada de su propio ritmo sin tiempo, sin espacio ni lugar. Todo discurre de hecho en Handia lejos de cualquier atisbo de emotividad, demasiado pendiente de cada detalle y de su propio lirismo. Ensimismada, quizá cansada. Sea como sea, queda una historia de yahoos y monstruos; queda la puntual descripción de la necesidad más íntima de la mirada. Ver no tanto para creer sino para reconocer, para amar. Y, en medio, un monstruo.

Lo visible y lo invisible

Caras y lugares, de

Agnès Varda

y el artista y fotógrafo que firma JR, tiene algo de todo lo anterior. La película, que llega a San Sebastián tras haber sido presentada en Cannes y con la declarada intención de homenajear a su autora, habla también de la condición de lo visible o, mejor, de cómo enseñar lo oculto.

Se trata de un documental en el que sus directores son además protagonistas. Llegan a los pueblos de una Francia hundida en el silencio y allí fotografían a sus habitantes, que son trabajadores. Acto seguido, amplían los retratos y los extienden sobre las fachadas de los edificios. O sobre los trenes. O sobre los depósitos de agua. Lo que habitualmente no se ve, lo recluido en el interior de su propia cotidianidad, pasa de repente a ser lo único visible. Lo normal adquiere la virtud de lo monstruoso. Hemos llegado.

Más que una simple película, lo que ofrecen Varda y JR es un milagro. Se trata de registrar las caras de asombro, pero también de nombrar lo que no tiene nombre, de dar voz a lo mudo, de explicar el sentido de todo lo que merece ser contado, sentido, quizá amado. Con humor, con gravedad, con tristeza y con una alegría difícilmente controlable, la película discurre por la retina del espectador como un acto de liberación, como la mejor manera de rendir homenaje a, otra vez, un gigante. O una giganta.

Por lo demás, la sección oficial se completó con una nueva excentricidad. Si ayer fue un documental tan exótico que da en simple comedia (Ni juge, ni soumise), ahora le tocaba el turno a una comedia que de evidente acaba en disparate. Le sens de la fête, de Eric Toledano y Olivier Nakache, es básicamente una comedia popular francesa. Con todo lo que eso significa. Que no siendo mucho, sí es muy ruidoso.

Los directores del inabordable éxito Intocable (la cinta más taquillera en años) proponen ahora la aventura de un organizador de bodas en su laberinto. Pocas situaciones tan evidentemente delirantes. Lejos de cualquier atisbo de delicadeza, finura o sentido de la medida, los chistes (pues eso son) caen a plomo sobre el espectador. Sin piedad, sin pausa. Y sin remedio. Digamos que la idea es provocar la risa por acumulación. O por aplastamiento. Es muy raro que una película eminentemente comercial aparezca en la sección oficial. Tan extraño que, la verdad, se diría monstruoso. De nuevo.

Y así acabó un día definitivamente perdido en el país de los Houyhnhnms.

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