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El chico de la coleta

EL PAÍS EL PAÍS 04/06/2014 Susana Fortes

Al contrario de lo que mucha gente cree, la vida no pasa en un suspiro, ni la letra con sangre entra, ni todo el monte es orégano. A veces las cosas son un poco más complicadas. Quiero decir que las verdades del refranero no son una guía espiritual seria. Salvo algunos tipos que se creen infalibles, el resto de los mortales tendemos a dudar por encima de nuestras posibilidades. Al fin y al cabo, las certezas absolutas son de muy poca utilidad para las cosas de diario como comprar el pan, enamorarse o enviar un e-mail.

Personalmente no suelo fiarme de la gente que solo tiene razón más que nada porque el monoteísmo resulta muy aburrido. No me gustan las casillas ideológicas ni las verdades únicas e indivisibles. Una prefiere los tiempos sutiles y bohemios en los que se podía ser a la vez cristiana y sufragista sin ofender a nadie.

El problema es que a los pastores de ideas de uno y otro bando no les gusta que el rebaño se salga del redil. Por eso se empeñan clasificar las ovejas sin que se mezclen churras con merinas, que diría Marhuenda.

Algunos predicadores de audiencias están convencidos de que se puede separar el bien del mal, y de ese modo, suprimir los problemas de este mundo, eliminando no solo a los agentes provocadores, sino algunas categorías enteras como la basura, la hernia discal, Cataluña, la lucha de clases o el aparcar en doble fila. No saben que en el alma humana todo se da en estado de contradicción como en cualquier matrimonio feliz.

Existen ateos de toda la vida que creen a pies juntillas en el ángel de la guarda; anarquistas que respetan religiosamente los semáforos y gallegos que no suben ni bajan ninguna escalera. Incluso hay gente que se acuesta monárquica y se levanta republicana, como está ocurriendo estos días.

En política se nos ha intentado convencer que solo existen dos vías posibles de salvación. O aquí o allá. O conmigo o contra mí. O PP o PSOE. Y miren por donde, resulta que no. Resulta que hay personas de derechas que no comulgan con ruedas de molino por mucho que se empeñe Rita Barberá. Del mismo modo, hay socialistas que piensan que Rubalcaba haría bien largándose de vacaciones a Kuala Lumpur. Se puede ser conservador y condenar la dictadura de los mercados. Se puede ser de izquierdas y renunciar a tomar el Palacio de Invierno, salvo que sea un pub con música de The Doors.

Por poder, se puede hasta ser del Barça y rendir un homenaje al Atlético de Madrid con todo el Camp Nou aplaudiendo en pie. Me gusta ese estilo. Si algo se ha demostrado las urnas es que los compartimentos estancos ya no funcionan. Algunos políticos de la vieja guardia como Felipe González se han echado las manos a la cabeza ante semejante muestra de indisciplina electoral. Pero es que ese señor no ha debido de pisar la calle desde Quilapayún.

El fracaso del sistema bipartidista ha quedado sentenciado. Quizá sea una buena ocasión para aprender a discrepar de un modo más deportivo, silbando y con las manos en los bolsillos. No comparto algunas cosas con Pablo Iglesias, pero me alegro del triunfo electoral de Podemos. La gente ha roto filas, se ha salido del redil, se ha cansado de ir a votar lo consabido y eso significa que este país todavía sigue vivo. Celebrémoslo con una dosis de entusiasmo razonable. Más allá sería caer en el romanticismo y tampoco es eso.

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