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El día a día en un campo de trabajo en Corea del Norte

Logotipo de La Vanguardia La Vanguardia 28/09/2017
Un punto militar norcoreano divisado desde la vecina del sur © Image LaVanguardia.com Un punto militar norcoreano divisado desde la vecina del sur

Para la familia Kang todo se torció con la muerte de Kim Il-sung -líder norcoreano entre el establecimiento del régimen en 1948 y hasta 1994. Hasta entonces bien posicionados en la administración, el ascenso de Kim Jong-il acabó con la familia en uno de los campos de trabajo más brutales de Corea del Norte: el Campamento 15, en Yodok, en una región montañosa a poco más de 100 kilómetros de Pyongyang.

Aquí se hizo mayor Kang Chol-hwan, que durante diez años sufrió las penurias de la funesta instalación, antes de poder escapar con su familia a Corea del Sur y explicar su despiadada experiencia en una entrevista al diario sudafricano IOL

De miembros de la administración a acusados de agentes infiltrados

Los abuelos de Kang Chol-hwan, según relata el mismo, tenían fervientes convicciones comunistas y no aceptaron que Kim Jong-il tomara el relevo de Kim Il-sung: “Fue la creación de una dinastía que provocó la crítica de mis abuelos, que creían que se alejaba de los principios comunistas”.

A partir de estas opiniones, la familia Kang fue tachada de agentes infiltrados japoneses y abuelos, hermanos, padre y tío -toda la familia a excepción de la madre -de noble consideración- fueron enviados al tortuoso campo de trabajo en Yodok.

“Mis primeros recuerdos del campo, cuando tenía diez años, fue ver a muchos niños corriendo con peor aspecto que los mendigos”, explica Kang Chol-hwan. “Eran todo piel y huesos, sin zapatos“, añade. 

Kang Chol-hwan en una conferencia en 2014 © Proporcionado por La Vanguardia Ediciones, S.L. Kang Chol-hwan en una conferencia en 2014

Castigos inhumanos

El trabajo diario de Kang Chol-hwan consistía en transportar grandes y pesadas montones de madera de los bosques al campamentos. “Si no cumplías con lo esperado, no eran los guardas los que te golpeaban. Ellos instruían a miembros de tu propio grupo para que te castigaran violentamente”.

A pesar de la crueldad, nadie se atrevía a desafiar las órdenes. De no hacerlo, Kang Chol-hwan explica que el castigo rozaba lo mortal, enviando a los detenidos a una celda de 1,2x1,2 metros durante seis meses: “La mayoría nunca sobrevivió a la experiencia y si sobrevivían, su carne estaba literalmente podrida”.

Con todo, Kang Chol-hwan relata que lo que más le traumatizó fue el día que vio un hombre ahorcado: “No fue el único, pero en su caso los guardas nos obligaron a tirarle rocas contra el cuerpo y lo dejaron colgado durante una semana mientras los pájaros le picaban hasta quedar irreconocible”.

Huir por China hacia Corea del Sur

Finalmente, la familia Kang fue liberada, aunque el propio Chol-hwan tardó años en ser consciente que existía un mundo tan diferente más allá de las fronteras de Corea del Norte. Finalmente, cinco años después de ser liberado del campo de concentración, pudo crear un plan de escape para que toda su familia escapara a China a través del río Yalu.

Ya instalado en Corea del Sur, Kang Cheol-hwan ha documentado sus experiencias en el libro Los acuarios de Pyongyang y, según cuenta al rotativo IOL, se dedica a difundir mensajes sobre el mundo exterior en Corea del Norte.

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