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El Delta del Ebro: la idiosincrasia

Logotipo de El Mundo El Mundo 01/10/2017 CARMEN RIGALT

El Delta del Ebro es uno de esos sitios que producen en el ánimo una extraña sensación de lejanía. Como estar en el Polo Norte, o más allá todavía, en Marte. El lugar es diáfano y aplastado; te pongas donde te pongas, nunca sabes dónde está el mar y dónde el río. Todo es cielo, planicie inacabable, campos de arroz, juncos, carrizales. Y viento.

Estoy en Deltebre, nombre postizo (síntesis de delta y Ebro) con el que fueron rebautizados dos pueblos antes unidos a Tortosa: Jesús y María y La Cava. Tras la fusión, su personalidad permanece intacta y contrasta con la de muchos pueblos catalanes, más silenciosos y ensimismados.

En el delta la gente es expresiva y gritona, hiperbólica y resuelta, amante de los toros (bous). Idiosincrasia, le dicen a eso. Los vecinos de Deltebre, además, tienen rasgos comunes a los de Cabo de Creus, Tarifa, Finisterre y esos sitios donde da la vuelta el aire.

Deltebre se asoma a la historia con la expulsión de los moriscos (1609) auspiciada por el duque de Lerma, valido de Felipe III, y la esposa de éste, que profesaba «odio santo» a los moros. Fue una expulsión escalonada. De muchos puertos de España salieron galeras llenas de gente. En el vecino puerto dels Alfacs embarcaron moriscos procedentes de todos los rincones de Aragón. Sin embargo, en el Delta del Ebro debieron de quedar algunos conversos y ahí siguieron. Los moriscos eran mucho más apañados para la agricultura que los cristianos viejos.

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Tras el éxodo, la decadencia. Pasado un siglo, la población del delta no superaba los 100 habitantes. El dato se conoce por el fogaje, un tributo medieval basado en el censo de fuegos (cada fuego u hogar era una unidad familiar). Hasta que, poco a poco, las tierras de la desembocadura empezaron a cobrar entidad. En el siglo XIX creció el cultivo del arroz y la pesca, y el comercio se afianzó (sal, sanguijuelas, etc). Hoy, algunos de sus productos compiten en los mercados. Hasta sus angulas se han hecho famosas.

En estas tierras tan dilatadas el viajero tiene la impresión de que el tiempo tarda más en pasar. Algo de eso hay. Aquí, por no haber, ni siquiera pasaron las guerras. No consta la Guerra de Sucesión, y en cuanto a la guerra del 36, las tropas republicanas cruzaron el Ebro por varios puntos anteriores a Amposta. Sin embargo, el Ebro trasladó en sus aguas los restos de algunos episodios dramáticos. Todo lo que pasaba en la Terra Alta se reflejaba en el río. La quema de iglesias, por ejemplo. Las aguas arrastraban imágenes, cristos, trozos de retablos, etc. El mar se lo tragó todo.

Hace unos años, con motivo de unas obras en el municipio de Deltebre, aparecieron unas trincheras. Según los expertos, eran dos fortificaciones defensivas construidas por el ejército republicano en 1938. Las hicieron pensando en controlar el avance de las tropas nacionales de la orilla derecha del Ebro. No hizo falta usarlas. Perdida la Batalla del Ebro, el grueso del ejército republicano se desbarató o siguió en dirección a la frontera para pasar a Francia.

Hoy, el Delta tiene un puente que parece el de San Francisco (antes había que cruzar el río en barcaza). Los cruceros fluviales surcan el Ebro arriba y abajo mostrando las hermosas vistas del humedal con sus flamencos de pata quebrada. Desde la llegada de la democracia, han aumentado las actividades recreativas y la mayoría de los visitantes son catalanes profesionalizados en el ocio. Unos hacen senderismo o bajan el río en kayac; otros van en bici o quads, o juegan al paddle surf. Cada día sale un deporte nuevo.

El Delta fue colonizado por los viejos catalanes de

CiU

, aquellos que se educaron en escuelas del tardofranquismo con libros donde no figuraba ninguna comarca catalana. Ahora, las cosas han cambiado y los descendientes de los prohombres de

Pujol

estudian con libros donde no se menciona una sola comarca que no sea catalana.

Todas las revoluciones tienen su épica. Como el procés es una revolución de bolsillo, a falta de épica suena la lírica: poemas de Martí i Pol, y canciones del nuevo mester de clerecía, pues las iglesias catalanas vienen llenas de curas separatistas. Los curas siempre están dispuestos a calzarse una revolución pendiente. Ellos son el último refugio de estas centurias nacionalpopulistas. Teniendo en cuenta que casi todos los intelectuales han quedado en el otro lado de la barricada, no se puede pedir más. Con lo último que deseo encontrarme es con aquello tan cursi que decía «amar no es mirarse el uno al otro sino mirar juntos en la misma dirección».

Estoy en Deltebre, un pueblo que tiene 8 kilómetros de casco urbano. Le he pedido asistencia a Domingo Bertomeu, que se convierte en mi brújula cada vez que pierdo el norte. Bertomeu es joven pero del pepé, o del pepé y sin embargo joven. Presidente local del

Partido Popular

, dice que en la zona siempre ha habido poco sentimiento independentista. «Nosotros, el pepé, hemos llegado a tener cuatro regidores en el Ayuntamiento. Ahora todo es distinto». Se refiere a que ahora hay muchos ayuntamientos del PDeCAT, un partido creado para no desperdigar los viejos votos de CiU. Y si los jefastros del PDeCAT son independentistas, sus alcaldes también. De ahí que muchos tuvieran que ir corriendo a los chinos para comprar metros de estelada.

Domingo es un defensor del Delta y sus cosas. Los bous, por ejemplo. «Nosotros no matamos a los toros, ni los picamos ni los banderilleamos»; y «los primeros que llegaron a estas tierras eran ricos de Barcelona y de Tortosa. Conquistaban como en el oeste. Allí donde ponían el pie, se quedaban». Ahora la finca más grande es del Estado, pero en tiempos perteneció a un torero. Se llamaba Mas Bombita.

A Bertomeu le preocupa la política que está a ras de suelo. La regresión del Delta, por ejemplo. El agua que no llega. El mar que se come la tierra. La subsistencia. Aquí Dios es el parque natural: «No nos deja hacer nada».

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