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El destino de Puigdemont

Logotipo de El Mundo El Mundo 05/10/2017 JAVIER REDONDO

Un periodista inquiere a un joven a paso ligero. El joven supremacista le replica airado: «¿Es que no entiendes? ¿Eres de Jaén o qué?». Así se expresa el pueblo que no quiere «renunciar a la diversidad» ni «prescindir de la pluralidad», a pesar de que una de las primeras medidas de la inmersión lingüística fue colocar inspectores a los profesores. Un destacado catedrático de Universidad se vio obligado al exilio cuando enseñaba en un instituto porque «aspiraba las eses».

Barcelona pone los estudios para la revolución. Hay una máxima que no cambia aunque ahora las revoluciones se calculen y retransmitan en directo: tomada la Bastilla y proclamada la Convención, quebrada la ley, todo lo que no es terror es Termidor. Barcelona despierta y se acuesta como una ciudad tranquila y cívica. Apenas algunos chavales encapados con la estelada y una cacerolada para cenar. Decoración y coreografía perfectamente dispuestas para engalanar la ciudad, como algunos balcones. «Esto va de democracia». El turista percibe un nacionalismo festivo, republicano, pacífico y fraternal. Las escenas de la tragedia se le ocultan al visitante ocasional: apartheid y hostigamiento por circuito cerrado para reforzar la moral de la tropa.

Puigdemont, en su inagotable representación se dirigió a turistas y leales para replicar al Rey. Le habló a la burbuja feliz. Un discurso simétrico al de Felipe VI. Intrigante, Puigdemont envolvió el desafío con el celofán de la concordia y un párrafo en castellano. Cataluña no se «desviará ni un milímetro de compromiso de paz». En toda revolución se da una relación simbiótica entre promesa y amenaza. Propone una mediación. Parece la única novedad. No lo es. Primero porque implícitamente la considera entre jefes de Estado; y luego porque la anula al comprometerse a «ofrecer la mejor cara» del «país cuando aplique los resultados del referéndum».

«Lo que hemos hecho, estamos haciendo y haremos, otros pueblos ya lo han hecho y lo harán». La revolución es una búsqueda de purificación y contiene elevadas dosis de profecía. Puigdemont guía a su pueblo, un solo pueblo en pos de su destino. Se cree Thomas Paine: la revolución es una oportunidad para un comienzo. Edmund Burke le advirtió de que toda ruptura provoca colapso; y todo colapso abre un periodo de concentración de poder y arbitrariedad. Las revoluciones subvierten el orden pero no recuperan la libertad.

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En El gran debate, de Yuval Levin, Burke y Paine se cartean. El primero considera que los acuerdos se construyen lentamente, con reservas de confianza y moderación; Paine se muestra excitado y jubiloso: llama a Jorge III «bruto real» y exige la independencia de las colonias de Norteamérica. Sentido común fue un bestseller de la época. Consideraba obsoleta la Constitución de Inglaterra. La prudencia era un estorbo y los británicos no estaban interesados en la «reconciliación». Burke abandonó la política y Paine, eufórico, viajó después a Francia, donde arrastrado por la Convención, acabó entre rejas. No lo encarceló ningún rey, sino la turba.

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